DADAÍSMO

Dadá nació en Zurich hacia el año 1916 de un grupo formado por Tristan Tzara (nacido en 1896), Hans Arp, Hugo Ball y Richard Huelsenbeck. En 1917 apareció la revista con el título “Dadá” y al año siguiente, en el tercer número, el pri­mer manifiesto del movimiento.

Hans Arp en un artículo aparecido en 1921 explica que la palabra “Dadá” fue hallada el 8 de febrero de 1916 a las seis horas de la tarde por Tristan Tzara en el “Café Terrasse” de Zurich.

El mismo Tzara confesará haber en­contrado el vocablo “Dadá” hojeando casualmente un diccionario, y Georges Ribemont-Dessaignes precisará que el hallazgo fue debido a un cortapapeles puesto al azar sobre las páginas del “Larousse”.

Sobre la paternidad de “Dadá” han surgido algunas dudas, dudas que die­ron lugar a la polémica Breton-Tzara acerca de Comedia. Bretón, en efecto, afirma que la originalidad del primer manifiesto se debía a Val Serner, pro­fesor de filosofía, autor de manifiestos redactados con perfecto espíritu dadaísta antes de 1918 y aparecidos en alemán. Con todo, la polémica no consiguió es­tablecer nada definitivo y hoy Tzara es reconocido unánimemente como funda­dor del movimiento. Por otra parte, en aquel período las hojas de inspiración anarquista, antiliteraria, antirracional, negadora de la vieja estética y de la mo­ral burguesa eran sumamente abundan­tes. Basta recordar el 241 dirigido por Marul Duchamp en Nueva York y el 391 editado en Barcelona por Francis Picabia. Estamos en 1917. También Guillaume Apollinaire junto con Paul Reverdy y Max Jacob fundan Nord-Sud, que pro­porcionará tantas premisas a los surrea­listas; Pierre Albert Birot, ya un año an­tes, por su parte, había publicado junto con Paul Dermée y con Gino Severini Sic, que acogió entre sus colaboradores al mismo Tristan Tzara. De inspiración dadaísta era también Proverbe, revista mensual dirigida por Paul Eluard.

Se puede afirmar que en aquel mo­mento la protesta de los artistas contra el mundo burgués, contra aquel mundo que entrañaba un destino trágico bajo un aparente bienestar, fue general. Pero tal rebelión moral y artística había comen­zado ya algunos años antes de la guerra y en Alemania había revestido formas ricas de dramatismo y cargadas de pro­testa. El Expresionismo (v.) había sido y era todavía un clima difuso y des­esperanzado con el cual el dadaísmo se conciliaba llevando hasta las últimas consecuencias la repugnancia por una civilización que había traicionado a los hombres en nombre de los símbolos va­cíos y decadentes. El Dadaísmo tiene sus raíces en esta exasperación que lo lleva a rehusar todo aquello que antes existía. Dadá no tiene tradición, no tiene histo­ria, no tiene método, es una negación absoluta. Única ley, una forma de anar­quía sentimental e intelectual, esencia de todo sistema. El Dadaísmo es un ata­que a fondo contra los dogmas de la ra­zón, un ataque radical que llega a los juegos más absurdos, a los recortes de periódico que se agitan en el sombre­ro para componer la poesía, a la invita­ción grotesca a los visitantes de una ex­posición dadaísta a empuñar las picas y las hachas dispuestas a la entrada para destrozar las obras expuestas.

Había en estos hombres una imposibili­dad de condescendencia. Eran y querían ser irreductibles. Cada uno de sus ges­tos y cada uno de sus resultados reves­tían este carácter de encendida polémi­ca, de crítica mordaz, de inconformismo. Querían ofender la sociedad en que vi­vían, querían subvertirla porque no la podían aceptar; por otra parte, los dadaístas se abstenían de formular un mo­do para modificarla en un plano concre­to. Así el Dadaísmo se aniquilaba en la esterilidad y a fuerza de sinceridad se convertía en una actitud histérica que les dejaba en una sima intelectual que poco a poco se transformaba en moda o snobismo. A fines de 1919 Tzara llegó a París, donde fue acogido por aquellos que poco después habían de convertirse en surrealistas como una especie de mesías negro; pero pronto en este hetero­géneo grupo francés nació la discordia, de suerte que una borrascosa reunión en la “Closerie des Lilas” señaló, en 1921, el fin de Dadá. Poco después Breton es­cribía su “Lâchez tout” (“Les pas perdús”), en el que entre otras cosas decía: “Le Dadaisme n’a été pour certains qu’une manière de s’asseoir… Je ne puis que vous assurer que je me moque de tout cela et vous répéter: Lâchez tout. Lâchez Dada…”

El Dadaísmo queda como un ejemplo de revolución psicológica sin igual. A pesar de que en su degeneración mundana había llegado a los salones, con todo, tenía una fuerte justificación his­tórica. Era completamente imposible aceptar el mundo con confianza después de la experiencia trágica de la guerra, era imposible, sobre todo, seguir pensan­do u operando con aquellos principios que habían ocasionado tal catástrofe. Y de ahí que levantara la ira y la nega­ción de Dadá. No tenía todavía la fuer­za y la claridad para oponer algo positi­vo al mundo y a la civilización de los que renegaban, pero algo podía hacer ya, podía decir no a todo y a todos, podía protestar, hacer actos subversivos, inci­viles, contra todo convencionalismo bur­gués, podía reír en los funerales y llorar en las bodas, podía trastrocar todas las reglas de las conveniencias.
Dadá ha servido para esto, para pre­cipitar una crisis, para madurar nuestra insatisfacción. Esto es lo que podemos recabar de Dadá. No deja ninguna obra que resista en el terreno estricto del ar­te, no hay ningún cuadro ni escultura que presente cualidades cromáticas y plásticas definitivas, no hay ninguna poe­sía en términos absolutos. Dadá no ha dejado a sus herederos ningún patrimo­nio para ser custodiado. Ha dejado so­lamente un espíritu agrio y trepidante, un excitado sentido de inquietud, y, so­bre todo, una advertencia para no volver atrás.

Mario De Micheli