El Ciclope, Eurípides

Drama satíri­co de Eurípides (480-406 antes de Cristo). Antes del descubrimiento de los de Sófocles (v. Sátiros cazadores), era el único ejemplo del género que había llega­do hasta nosotros. La fecha de su repre­sentación es desconocida; es probable que sea bastante tardía, y algunos críticos la atribuyen a los últimos años de la vida del poeta. El drama pone en escena el episo­dio célebre de la Odisea (v.) en el cual Ulises (v.) ciega al cíclope Polifemo (v.) y con­sigue escapar de él. La adaptación escénica y la naturaleza del género han hecho, natu­ralmente, necesaria alguna modificación. Pa­ra hallar manera de añadir a la acción el coro de sátiros guiados por su padre Sileno, el poeta ha imaginado que éstos, mientras iban en busca de Dioniso, raptado por los piratas, eran arrojados por una tempestad a las costas de Sicilia (que es para Eurípides, aunque no para Homero, la residencia de los cíclopes), y allí, hechos prisioneros por Polifemo, se convirtieron en sus esclavos. Además, el poeta ha concentrado y hecho más rápida la acción del episodio homérico, eliminando de él algunos elementos que no se prestaban a la dramatización. Sileno, en prólogo, explica su presencia junto al Cíclope y habla de los servicios que él y sus hijos están obligados a hacerle: él mantiene en orden el antro y los sátiros llevan a pa­cer el rebaño del Cíclope. Y aquí tenemos, para cantar el canto del comienzo, al coro de los sátiros que vuelve del campo. En su vivaz y fresco canto el coro entreteje mo­tivos agrestes, que hacen presentir los tonos de la poesía bucólica, con el lamento por su estado de esclavitud, lejos de Dioniso. Sileno impone silencio al coro, porque ve dirigirse hacia el antro un grupo de extran­jeros, navegantes sin duda, que vienen en busca de víveres. «Los desgraciados», dice, «no conocen al Cíclope.»

Ulises llega ante los sátiros y dice su nombre. Sileno le in­forma de quién es su amo y de sus cos­tumbres feroces. Ulises pide víveres y ofre­ce en compensación un dulce vino que ha traído consigo y que da a probar a Sileno. El vino, visto, olido, probado, hace perder la cabeza a Sileno; el loco deseo que tiene de beber le hace olvidarse de su amo. Así, se hace el pacto y Ulises entrega los odres a Sileno a cambio de corderos y quesos. Pero he aquí que se presenta el Cíclope. Sileno, que lo ve de lejos, dice a Ulises que huya en seguida. Ulises se niega a huir y se queda para hacer frente al monstruo. El Cíclope, que de momento no ve a Ulises y a los suyos, reprende a los sátiros, confusos y temblorosos, por el desorden que obser­va, y ordena que se apresuren a prepararle la cena. Después advierte la presencia de los extranjeros cargados con todo aquello que es suyo, y pide explicaciones a Sileno, amenazándole con pegarle una paliza. Éste se defiende como puede, dando desde luego toda la culpa a Ulises, quien, según dice, lo ha amenazado de muerte. Y el Cíclope se dispone a devorar al héroe y a sus compa­ñeros y no quiere creerles cuando Ulises in­tenta decirle la pura verdad, esto es, que lo que pertenecía al Cíclope le ha sido vendido. A sus preguntas Ulises responde, sin decir su nombre, que regresa con sus com­pañeros de la expedición contra Troya e intenta vencer la hostilidad brutal que el Cíclope le demuestra con un bello discurso — procedimiento en que sobresale y que siempre le da tan buen resultado —, en el cual le ruega que respete a sus huéspedes, sagrados para Zeus. Pero para el Cíclope no hay dioses, y el hombrecillo pierde el tiem­po en irle con cuentos. El único dios para él es su panza, y a él sacrificará al extranje­ro y a sus camaradas.

Polifemo entra en la gruta y hace entrar en ella a Ulises; queda en la orquesta el coro, y en el estásimo mal­dice la ferocidad de Polifemo y deplora la muerte del héroe y de los suyos. Ulises pue­de escaparse y cuenta al coro que Polifemo se ha comido a dos de sus compañeros y se ha bebido después vasos y más vasos de vino que a él, por inspiración divina, se le ha ocurrido ofrecerle. Ahora está borracho. El héroe expone su plan a los sátiros. Cegará al Cíclope con un tronco de olivo candente. Si los sátiros le ayudan, después huirán con él. Los sátiros, por el momento, no ven otra cosa sino la perspectiva de la libertad y aceptan con entusiasmo. Pero en cuanto se quedan solos otra vez se apodera de ellos el miedo. Se oye en el interior de la cueva al Cíclope que canta canciones de borracho; helo aquí que sale sin dejar de cantar y Ulises le sigue, ofreciéndole más vino. Po­lifemo querría ir a divertirse con los otros cíclopes, pero Ulises, ayudado por Sileno, le induce a quedarse tranquilo en su casa. Polifemo pregunta ahora al extranjero cómo se llama. Éste le dice que se llama Nadie. Aumenta más todavía la embriaguez del Cíclope; disputa con Sileno que, sirviéndole de copero, intenta beber también a escondi­das alguna copa de vino; después acometen a aquel animalote fantasías amorosas: ve el cielo y a todos los dioses, y a las Gracias que le tientan. Pero él no las quiere; como Zeus amó a Ganimedes, él ahora prefiere a Sileno, y entra con éste, que gime cómica­mente en la gruta. Ulises hace nuevas re­comendaciones al coro para que tenga ener­gía y prontitud y después de una plegaria al Fuego y al Sueño entra también en la cueva para poner en práctica su plan. Los sátiros que se han quedado solos se exaltan, en un breve canto, al pensar la suerte que espera al Cíclope y en su próxima libertad.

Sale Ulises y ordena silencio. El Cíclope está durmiendo y la acción es inminente. El coro, tan valiente hace un momento, ahora vuelve a ser presa del miedo; uno dice que le duelen las piernas; aquél dice que no tie­ne la vista bien. Ulises renuncia a la ayuda del coro; le bastará con que ellos le animen con sus gritos. Y así lo hace muy contento el coro, acompañando con su canto a la acción que se desenvuelve dentro. Se oyen los gritos salvajes del Cíclope cegado. Pide socorro, gritando que Nadie le está matando. El cambio de nombre aquí no tiene más efecto que su comicidad, puesto que aquí no se hace mención, como en la Odisea, de los demás cíclopes. Ulises, dispuesto a par­tir, revela su nombre y Polifemo intenta en vano alcanzarle arrojándole peñascos. Junto con sus compañeros y los sátiros, el héroe se pone a salvo. Eurípides, partiendo del espíritu de la narración épica, ha to­mado y destacado especialmente alguno de sus elementos, hasta transformarla genial­mente en una creación completamente nue­va y orgánica. La ferocidad del estúpido monstruo, que en la Odisea es trágica y som­bría, en él se tiñe de comicidad, y aquí y allá, pero con discreción, de tonos franca­mente bufonescos, como en su reflexión ma­terialista acerca de los dioses, las canciones cantadas en medio de la embriaguez y las extravagantes fantasías amorosas. Los tonos realistas, que a menudo desconciertan en Eurípides, aquí se funden bien con el colo­rido fabuloso del conjunto, porque lo real­zan con un contraste de buen sabor humo­rístico. Llena de jocundidad, de humoris­mo ligero, está toda la parte confiada a Sileno y a los sátiros, que son en Eurípides sensuales, golosos, embusteros y cobardes, más como criados de comedia que como los raros demonios casi bestiales que la fan­tasía popular había creado antiguamente.

Todo este festivo aligeramiento del mito, Eurípides lo ha obtenido sin incurrir en gro­seros tonos de parodia, hasta el punto de que la figura de Ulises mantiene, sin que se turbe la unidad del conjunto, sus rasgos tradicionales de nobleza. [Trad. de Eduardo Mier y Barbery, en Obras dramáticas, to­mo III (Madrid, 1910) y de Antonio Tovar (Buenos Aires, 1944).]

A. Setti

*   La poesía griega recordó muchas veces la figura y las vicisitudes de Polifemo. Teócrito le dedicó uno de sus Idilios (v.), y Ti­moteo de Mileto, músico y poeta que vivió entre los siglos V y VI, innovador de la lírica coral, compuso también un ditirambo titulado El Cíclope.

*   Con el mismo argumento Metastasio es­cribió el texto para una cantata, Ciclope, musicada por Bonifazio Asioli (1769-1832) y representada en Nápoles en 1787. Música de escena para el Cíclope de Eurípides fue compuesta por diversos músicos, entre ellos Willem Pijper (n. 1894), en 1925, y Giuseppe Mulé (n. 1885), en 1927.