Willehalm, Wolfram von Eschenbach

Poema narrativo en nueve libros (13.988 versos, pareados) de Wolfram von Eschenbach (alrededor de 1170-1220), el más grande poeta épico medieval de Alemania, autor del Parzival (v. Perceval) y del Titurel (v.). Esta obra, comenzada en torno a 1215, quedó sin terminar, quizá por muerte de su autor.

A diferencia de los dos primeros poemas, los cuales se inspiran en el ciclo artúrico y en la leyenda del Santo Graal, el Willehalm desarrolla un argumento del ciclo carolingio, elaborando a la manera de los poemas franceses la épica gesta del Cantar de Guillermo (v.) y de Aliscans (v.). El protagonista, el conde Guillermo de Aquitanía, encarna en su dolorosa y victoriosa milicia el ideal religioso y cortesano del príncipe, caballero y espo­so perfecto, como el poeta lo imaginaba y lo proponía a los contemporáneos, con la autoridad que venía del magisterio del arte y de la profundidad de su concepción de la vida y del mundo, en el momento en que, apaciguado aparentemente el conflicto entre el Imperio y el Papado, Federico II, al subir al trono, pregonaba la Cruzada. El conde Guillermo, hecho prisionero por los infieles, conquista el amor de Gyburg, hija del rey Terramer (Deramé-Abderrahman), la cual huye con él, abandonando a su marido, el rey árabe Tybalt, y a su hijo, y se hace cristiana.

Terramer, des­pués de reunir un inmenso ejército, invade Pro venza y vence a los cristianos en una terrible batalla, en la cual de veinte mil hombres solamente sobreviven catorce, y la flor más pura de los caballeros franceses, el joven Vivianz (v. Voto de Vivien), so­brino del conde, es herido de muerte. El propio Guillermo, después de haber reci­bido la última confesión del héroe mártir y haber enterrado sus despojos, se ve obli­gado a huir y llega disfrazado a su propia ciudad de Orange, donde es acogido y con­solado por su esposa, que le aconseja pedir socorro al emperador Ludovico Pío, su cu­ñado, a quien en un tiempo había defen­dido contra sus vasallos rebeldes, asegu­rándole el trono. Pero el desagradecido soberano, insensible a su dolor, le niega todo socorro, y sólo por la violencia con­sigue el conde obtener un ejército, al cual se unen también su anciano padre, Enri­que de Narbona, sus cinco hermanos y los parientes con sus vasallos.

Los acompaña, además, un joven prisionero sarraceno, Rennewart (Rainoart), de singular prestan­cia y fuerza hercúlea, armado de una pe­sadísima maza, con la cual en la batalla causará estragos entre sus connacionales y aun entre sus parientes, a quienes él odia a muerte porque no lo han rescatado- de su prisión. Cuando llegan a Orange, que mientras tanto Gyburg había defendido con invicto valor contra los sarracenos, los cris­tianos combaten con sus enemigos en la llanura de Aliscans y los ponen en fuga. Reunido el ejército cristiano después dela persecución, no se encuentra ya a Rennewart, por lo que el conde llora desconso­lado su muerte. Pero su hermano Bernardo le advierte que tal vez haya caído en poder de los enemigos, y en tal caso será fácil ob­tener un cambio de cautivos. El conde, des­pués de reunir a los prisioneros, manda a uno de ellos, junto con los despojos de los reyes sarracenos caídos en la batalla, con el encargo de proponer la paz a Terramer. En este punto se interrumpe el poema.

El último libro, el décimo, había de contener probablemente la solución feliz del conflic­to: Rennewart es liberado y vuelve a Pro- venza. Reconocido por hijo de Terramer y hermano de Gyburg, se convierte al cristianismo y se casa con Alice, la hija del rey Ludovico; después parte con su esposa para Oriente, donde funda el primer reino cristiano. Así se habría terminado la lucha entre el mundo cristiano y el mundo paga­no, que Wolfram deplora como una trágica fatalidad, por cuanto paganos y cristianos son todos hijos del mismo padre que está en los cielos, y unos y otros pertenecen al mismo mundo humano de la cortesía, que abarca, más allá de las patrias individuales y las religiones, todos los corazones nobles y gentiles. La fuerte heroína de ese mundo superior e ideal es Gyburg, la «Santa», como la llama el poeta, una Elena cristiana que siente toda la tragedia, pero al mismo tiem­po también la sublime elevación de su des­tino, y que en el concilio de los príncipes cristianos toma la palabra para aconsejarles que tengan piedad con los vencidos paganos, que también son criaturas de Dios, «obra de sus manos» («gotes hantgetát»).

Esta última obra de Wolfram llevó de este modo a Ale­mania, que se hallaba en abierta y estridente oposición con el fanatismo religioso que ca­racteriza su origen francés, el mensaje pau­lino y franciscano de la «Charitas», y al Cántico de las criaturas (v.) hace eco en el proemio de Willehalm la férvida invoca­ción a Aquel en cuya mano giran en ver­tiginosa carrera los siete planetas, el Uno y Trino, cuyo eterno valor está difundido tanto en la naturaleza elemental como en las criaturas vivientes.

G. Graziosi