Sinfonías de Bruckner

Son nueve, de las cuales la última está incompleta. Fueron escritas por Antón Bruckner (1824-1896) en diversos períodos. La primera, en «do me­nor», compuesta en 1865 y estrenada en Linz en 1868, revisada y completada en 1891; la segunda, en «do menor» (1873); la tercera, en «re menor», dedicada a Wagner (1877); la cuarta, en «mi bemol mayor», denominada Sinfonía romántica (1881); la quinta, en «si bemol mayor» (1894); la sexta, en «la mayor» (iniciada en 1883, com­pletada y dirigida por Gustav Mahler en 1899); la séptima, en «mi mayor» (1884), dirigida por Artur Nikisch y que se consi­dera la obra maestra de Bruckner; la octa­va, en «do menor», dedicada a Francisco José (1882); de la novena solamente se conservaron tres tiempos. Existe, asimismo, una décima sinfonía, inédita, compuesta en Linz el año 1869, que fue sacada del olvido y revisada en 1913 por Cirilo Kynais, dis­cípulo de Bruckner, al cual el maestro se la había donado. Las Sinfonías de Bruckner están construidas sobre el esquema de la forma-sonata; pero las proporciones supe­ran con mucho los modelos tradicionales. Sus adagios contienen páginas de profunda inspiración: bastará recordar el «Adagio» de la Séptima sinfonía, que escribió en par­te con el presentimiento de la muerte de Wagner, y en parte poco después del triste acontecimiento; y el «Adagio» de la Nove­na, tan religiosamente profundo que bien puede servir de remate a dicha composición, que carece de final y para complemento de la cual Bruckner sugirió que se ejecutase ,su Te Deum (v.). Los finales son los tiem­pos más originales y más claramente en consonancia con el espíritu de Bruckner. El que cierra la Quinta sinfonía revela una de las características más genuinas del autor, es decir, su naturaleza esencialmente reli­giosa, fruto de una íntima necesidad y de la actividad desarrollada como organista, primeramente en el convento de San Florián y después en Linz.

Pero, en general, en las Sinfonías del músico austríaco, que tienen complejidad de construcciones mastodónticas, se aprecia una gran maestría en la instrumentación y una gran riqueza de combinaciones armónicas, mientras la vena inventiva es más bien tenue. Bruckner ado­lece de numerosas influencias, de Mozart a Beethoven, pero ante todo de Wagner, y no siempre alcanza a contener su naturaleza típicamente misticorromántica y a liberarse de ciertos elementos excesivamente conven­cionales y académicos. Este juicio ha sido en parte corregido después de la publica­ción, iniciada en 1932, de las partituras de las Sinfonías en su forma original, que se guardan en la Biblioteca Nacional de Viena. Con ello ha sido posible comprobar que las modificaciones y cortes sugeridos a Bruckner por los directores de orquesta no favo­recieron su obra y que el pensamiento origi­nal del autor halla en la primera forma su expresión más pura, lógica y característica.

L. Fuá

Sois el mayor sinfonista que ha surgido después de Beethoven. (Brahms)

Bruckner llamó «romántica» a su Cuarta Sinfonía. El romanticismo, como él lo en­tiende, es el de la selva… Su mente se re­monta a aquellos antiguos tiempos en que nosotros, los alemanes, éramos todavía un pueblo selvático, y el bosque representaba el más espléndido templo, la bellísima ca­tedral que el Señor del mundo se había erigido a sí mismo… La Quinta Sinfonía es una obra de arte cordial que en cuatro grandes cuadros, ideados y realizados con soltura, aborda el motivo del primer con­traste entre la fuerza jocunda y la medi­tación. (Kretzschmar)

En su Séptima Sinfonía las voces del su­frimiento, de la ternura y de la exaltación hablan con un tono de elegía noble y apa­sionada y con elocuencia y belleza, a la vez… Son páginas caladas por una dulzura meditativa y consoladora, con un toque de aquella nobleza de estilo que a veces en­contramos en los isabelinos cuando hablan de la muerte. (L. Gilman)