Poesías, Alejandro Pushkin

Alejandro Pushkin (Aleksandr Sergeevič Puskin, 1799-1837) respiró, desde la época de estudiante, una atmósfera propicia al fervor poético y, como la mayoría de sus condiscípulos, escribió desde muy joven multitud de versos, pero tocados ya por el ala del genio.

Sin duda encontraremos en ellos numerosas influen­cias y, en principio, las procedentes del si­glo XVIII francés a través de La Fontaine, Voltaire y, sobre todo, Parny, que no dejará de atraer a Pushkin ya directamente o por intermedio de Batiushkov. También se ins­pira el joven poeta en Jukovski («El can­tor»). Estando todavía en el Liceo, publica, en 1814, sus primeras obras en el «Mensa­jero de Europa». Los «Recuerdos de Tsazskoie-Selo», donde se contienen sugestivas evocaciones de la noche, desencadenan, en 1815, el entusiasmo de Derjavin, y su autor se ve estimulado por el aliento de los escri­tores rusos más destacados.

Con su salida del Liceo se abre la primera gran época del arte de Pushkin, la de San Petersburgo, entre los años 1817 y 1820; época romántica, llena de fiebre y agitación, de vibrante en­tusiasmo por todos los placeres y formas de vida, en el curso de la cual compone una obra maestra: Ruslan y Ludmila (v.), que provoca justa e inmensa sensación. A partir de entonces, Pushkin se afianza como el primer poeta ruso. A pesar de per­manecer todavía bajo la influencia fran­cesa, abordando en numerosas poesías los temas de Parny — la amistad, el amor y sus infidelidades, invocaciones a la musa, la tristeza y la soledad —, se erige no obs­tante como el joven jefe romántico y el poeta por excelencia.

Sus canciones políti­cas y revolucionarias se difunden amplia­mente y atraen la atención general por su violencia. En «La aldea», por ejemplo, Push­kin hace el proceso de la servidumbre y no teme enfrentarse con el propio Zar in­vocando a plena voz «la bella aurora de la libertad». Esta oda tan agresiva llega a manos del gobernador de San Petersburgo y el poeta es condenado al exilio en Kichenev. Su permanencia en el Sur, todavía semisalvaje, aislado de toda sociedad culti­vada, en contacto con gentes y costumbres extrañas, bárbaras y primitivas, no puede menos de provocar su sufrimiento. No obs­tante, de 1820 a 1826 se abre uno de los períodos más ricos de su vida, al llegar hasta él, en el más romántico escenario, la llamada byroniana hacia el exotismo y la evasión.

Pushkin se entrega por entero a Byron e identifica su alma con la del gran poeta inglés, al que sabe ver de un modo personal, de acuerdo con la tradición rusa. Sueños de evasión, esperanza de un retorno a la vida pura y primitiva y la convicción de que tal retorno es quimérico, son las lecciones que asimila en el Sur y que Push­kin explica admirablemente en obras que tienen por escenarios las montañas salvajes de las riberas del Mar Negro y las infinitas estepas de Ucrania y Besarabia: el Prisio­nero del Cáucaso, Los zíngaros, La fuente de Bachcisarai (v.) y Los hermanos ban­didos. La muerte de Napoleón, en el año 1821, le inspira una oda que traduce perfectamente los sentimientos experimentados entonces por toda la juventud europea.

Pushkin, liberal, no puede olvidarse del cesarismo de Bonaparte y celebra, como una manifestación divina, «la maldición de los pueblos que ha robado». Pero Napoleón también es para el poeta el «favorito de la victoria», el «exilado del Universo», el hombre que «ha demostrado/al pueblo ruso su alto destino, y del sombrío exilio/ha legado al mundo eterna libertad». Pushkin, sin olvidarse de sus fervores y rencores políticos, se deja también arrastrar por su lirismo .en excelentes poesías, como «La musa», «El canto de Oleg» y «Ovidio», que señalan una nueva evolución. Aquí, Pushkin se separa de Byron, no comulga apenas ya con el exotismo, y, cerca de la tumba del poeta latino, en Táuride, sueña, como Ovi­dio, en el retorno a su patria.

Por fin se le autoriza a que resida en su tierra de Mikhailovskoe, cerca de Pskov, y antes de par­tir, en 1824, dirige un último saludo al mar que había sido el espejo de su alma ator­mentada y turbulenta: «¡Adiós, libre ele­mento ! Por última vez agitas tus vagos azules y brillos de bárbara belleza ante mí./ Límite ansiado de mi alma, ¡cuántas veces vagué por tu ribera, tranquilo, asombrado o fatigado por secretos designios!» («Al mar»). En Mikhaílovskoe, Pushkin, acogido hoscamente, denunciado por sus propios pa­dres, cae en un gran abatimiento; no obs­tante, junto a su vieja nodriza descubre con alborozo los antiguos cuentos populares y primitivos (v. El zar Saltan), que acentúan su gusto romántico por el pasado y le ins­piran su famosa tragedia Boris Godunov(v.). La influencia de Shakespeare se mez­cla ahora a la de Byron y la suplanta.

Mientras continúa su obra maestra, Eugenio Onieguin (v.), comenzada en 1823, Pushkin escribe cortos poemas, notables por sus evo­caciones realistas del campo ruso, como en «El conde Nulin», parodia de la Lucrecia (v.) de Shakespeare: el conde, viajero de tránsito, trata de seducir a la señora que le ha albergado en ausencia del marido. La dama le abofetea y el seductor, avergon­zado, se limita a marcharse. En la conspira­ción de los decembristas, Pushkin pierde a muchos de sus mejores amigos, pero, refle­xionando en su tragedia, se da cuenta de que su fiebre revolucionaria de antaño ha desaparecido y, entonces, solicita y obtiene la gracia del lluevo Zar. Con esta vuelta al mundo, enl826, se inicia el tercero y gran período de su vida.

Pushkin, de nuevo en el seno de la más brillante sociedad, busca satisfacer sus pasiones largamente refrena­das y corre en pos de todos los placeres y de todos los amores, saboreando su gloria. En las numerosas poesías que compone ahora apenas se nota ya la influencia fran­cesa. Se dedica también a trabajos de tra­ducción en verso (la Guzla de Merimée, que toma por auténticos cantos montenegrinos, serbios y croatas) y a adaptaciones de piezas teatrales extranjeras (Medida por medida (v.) de Shakespeare, le inspira el poema «Angelo»). Pero Pushkin llega a sentir que su inspiración se debilita, que la juventud se aleja y que los fastos del mundo no calman ya su corazón sediento de ideal: «Veo mis años perdidos en la indo­lencia, en brillantes fiestas/En la locura de una funesta libertad…»; y dos fantasmas, mujeres en otro tiempo amadas, vienen a visitarle provocando en su ánimo el remor­dimiento a la vez que la esperanza de la muerte liberadora: «dos sombras encanta­doras, dos ángeles/Que antaño me concedió el destino…/Ambas me hablan en una len­gua muerta/De los misterios de la eternidad y de la tumba». También se siente ator­mentado por la imagen de la demencia: «¡Oh, Dios mío, guárdame de la locura!/ Mejor quiero el cayado del mendigo/Mejor, el penoso esfuerzo».

Lo cierto es que su delicadeza y las imperiosas exigencias de su genio le hacen insoportable la existencia superficial del medio social en que se desen­vuelve. Como buen, romántico, no ha per­dido el gusto por la soledad: huir, refugiarse en su torre de marfil, en el retiro interior del arte, constituye todo el ideal irrealiza­ble que busca ahora Pushkin. No obstante, termina su Poltava (v.), continúa Eugenio Onieguin y deja fluir su grandiosa melanco­lía en himnos admirables, sobre los que el tema de la muerte se cierne a menudo. En este sombrío y anubarrado período encon­traremos, sin embargo, dos claros bastante breves: en 1830 el cólera obliga a Pushkin a retirarse a Boldino, en pleno campo, y allí puede, al fin, librarse de sus visiones interiores, para entregarse a las puras emo­ciones del espectáculo de la naturaleza: «¡Oh cielo apacible! El aire es tibio y se­reno; laureles y limoneros/Embalsaman la noche; una luna clara/Brilla en la profunda y azulada oscuridad».

De un segundo viaje al Cáucaso se trae también bellas poesías líricas en las que, una vez más, acaricia sus sueños de ansiada soledad: «A una Kamulka», «El Don», «Delibache», «Un con­vento sobre el Kazbak», «El Cáucaso». Su alma puede refugiarse ahora en la imagen de una novia: «Estoy triste, estoy alegre; clara es mi tristeza/Mi tristeza está plena de ti/De ti sola…» Pero es preciso volver a mezclarse entre los hombres que solici­tan al poeta sin darle nada a cambio. El renunciamiento, la resignación a no encon­trar alegría fuera del arte, nadie lo ha ex­presado mejor que Pushkin en su soneto «Al poeta»: «Poeta, no hagas caso alguno del amor de las gentes…/Tú eres rey; vive solo.

Sigue el libre camino/Por donde la fe empuja tu espíritu independiente/Madurando los frutos de tus entrañables quime­ras/sin pedir recompensa por tus nobles hazañas». Consejo * difícil de seguir; años enteros veremos a Pushkin, después de su matrimonio, sujeto a trabajos de encargo y a obras en prosa, alejadas ya de la poesía. En la postrera etapa de su vida, Pushkin se yergue solitario, y nadie hay en Rusia después de su muerte que raye a igual altura, que pueda rivalizar con él. De golpe, como por arte de magia, desde sus primeras poesías de colegial, alcanza la perfección, y Ruslan y Ludmila, escrita a los 19 años, es una obra maestra, digna de los más grandes poetas, e intraducible, en toda su belleza, a cualquier idioma extranjero.

Pero el ejemplo de Pushkin cobra categoría uni­versal, siendo quizás, con Goethe, el único genio que ha sabido conciliar plenamente romanticismo y clasicismo. Pushkin abre su pecho a los grandes, descubrimientos románticos — sentido del misterio, conocimiento de nuestra dependencia de oscuras fuerzas y la infinita nostalgia que esta dependen­cia. despierta en nosotros—, mas para tra­ducir esa inspiración en la forma más pre­cisa, a través de las imágenes más exactas y con la más delicada discreción. Sus cortos poemas son como cimas de perfección y de equilibrio, que desafían a la debilidad hu­mana. Por esto Pushkin, como Goethe, quedó sin posteridad.