Siglo De Oro En Las Selvas De Erífile, Bernardo de Balbuena

Obra de Bernardo de Balbuena (1568-1627), cuya primera edición fue pu­blicada en Madrid en 1608. Sin embargo, en la carta dedicatoria del libro, dirigida al conde de Lemos y fechada en 1607, hay un párrafo que permite pensar que el autor escribió su obra en plena juventud y que la envió mucho después a España, donde —  en Valladolid — algunos agentes o re­presentantes de Balbuena iniciaron las ges­tiones editoriales, como parece demostrar la fecha — 1604 — de la aprobación y de la suma del privilegio. El párrafo aludido dice, en efecto, lo siguiente: «Estos acon­tecimientos de mi pluma, ensayos del furor poético, que en el verano de mi niñez, a vueltas de su Nuevo Mundo fueron na­ciendo, no sé si diga que me pesó hallarlos ahora en España, cuando yo del todo los tenía por perdidos… llevado quizá de la fuerza de mis cosas, hasta estas primicias de ellas quiso dar a su verdadero dueño…».

Así, pues, no es inverosímil asignar una fecha temprana al Siglo de oro dentro de la producción de su autor, quien quizá lo es­cribiera durante sus años de colegial en México desde 1580 en adelante, aunque des­pués, en Guadalajara de Jalisco o en San Pedro Lagunillas, corrigiera y puliese el original, como parece demostrar la perfec­ción de los versos y prosas de esta obra, que indica un mayor conocimiento de la técnica poética que el que demuestran otros libros suyos, la Grandeza Mexicana (v.) por ejemplo. Por otra parte, es posible afir­mar que el tema pastoril fue el legado de las lecturas estudiantiles de Balbuena, quien leyó en México, como demuestra su propia obra, a Virgilio, a Petrarca, a Garcilaso, a Montemayor, a Gil Polo y, sobre todo, a Sannazaro. Y hasta tal punto es así, que en la portada misma del libro se dice que en el Siglo de oro «se describe una agra­dable y rigurosa imitación del estilo pastoril de Teócrito, Virgilio y Sannazaro». La obra pertenece, pues, al género pastoril, que cuenta en la literatura española con cono­cidos e ilustres representantes. Está divi­dida en doce églogas, en las que aparecen los consabidos amores, quejas, cantos, etc., y — como ha dicho Van Horne — muy poca sensualidad amorosa. La acción, narrada en primera persona con intervalos de relacio­nes de personajes episódicos, se desarrolla, en general, en el valle del Guadiana, donde se halla situada Erífile, una «limpia y clara fontezuela», y uno de los episodios tiene lugar en México.

Esto último, sin embargo, carece de especial significación en cuanto a lo que pudiera llamarse la «americanidad» de la obra, ya que Balbuena, excesivamente preocupado por seguir las tradiciones clá­sicas y los modelos europeos, prescinde de la exuberante naturaleza mexicana y se re­mite a repetir los modelos pastoriles euro­peos. En este aspecto, podría incluso relacionarse esta aparición de México en la sexta égloga con las referencias a Nápoles, Portugal y Valencia que hacen en sus pro­ducciones Sannazaro, Montemayor y Gil Polo, respectivamente. El Siglo de oro es, pues, una obra típicamente pastoril, que trata de imitar los más preclaros antece­dentes europeos del género. A través de las églogas que la componen, se van cono­ciendo las tristezas de Melancio, las ocu­rrencias del vaquero Ussano — al que po­dría calificarse de tipo humorístico o ele­mento cómico de la obra, que se repite a veces en el transcurso de la acción—, el buen concepto en que Balbuena tiene la poesía sencilla, un concurso de canto entre Clarencio y Delicio, la historia de un tem­plo maravilloso, la visión de una cueva milagrosa o mágica — donde el narrador puede contemplar el paisaje del valle y la ciudad de México —, la labor de una ninfa vista en Nueva España, regalos y cifras, cantos y, por último, juegos deportivos. To­do, en síntesis, en un intento de reproducir la Arcadia clásica, pero con paganismo y erotismo superficiales. Al final, por último, aparece el propio Balbuena, a quien puede identificarse en el gigante Selvagio, cuya aparición en una contienda hace huir a sus contrincantes.

La disposición general de la obra y la carencia en ella de un verdadero argumento unificador, de una acción con­junta y unitaria, no permiten dar al Siglo de oro en las selvas de Erífile el califica­tivo de novela, que algunos, sin embargo, le han atribuido. Se trata, no obstante, de una serie de poemas líricos, pastoriles, in­terrumpidos a veces por trozos de prosa, cuyo conjunto no tiene más hilo unificador que la persona del narrador. En realidad, tampoco en este aspecto atentó Balbuena a la verdad cuando dijo en la portada que trataba de imitar a Teócrito, Virgilio y Sannazaro, ya que el Siglo de oro es tan égloga como las de los dos primeros y tan novela como las del tercero de los autores citados. En cualquier caso, no constituye un monumento literario de primer orden, pese a que los versos que lo componen sean admirables por su perfección y belle­za. El Siglo de oro en las selvas de Erí­file no fue muy celebrado por los lectores de la época de su publicación ni recibió tampoco, en tiempos posteriores, excesivos elogios, si se exceptúa el caso de Quintana, quien lo celebró extraordinariamente a principios del siglo XIX e incluyó algunos fragmentos de esta obra en sus Poesías selectas castellanas (v.). Tal desatención es sólo atribuible, sin embargo, al género mis­mo a que la obra pertenece en relación con la época en que fue publicada, ya que a principios del siglo XVII la afición de los lectores iba ya por derroteros distintos al de lo pastoril. Los críticos literarios, en cambio, han tratado bien, en general, al Siglo de oro, si bien con parquedad de espacio. A ello se debe, quizás, el hecho de no haber sido reeditada esta obra más que una sola vez, en 1821 y por la Real Academia Española. En cualquier caso, tan­to el libro como su autor merecen un buen estudio, que los sitúen y valoren, respec­tivamente, dentro del panorama general de la literatura pastoril y del mundo literario americano y español del siglo XVII.

J. Delgado