Robinson Crusoe, Daniel De Foe

Esta novela de Daniel De Foe (1660-1731), publicada el 25 de abril de 1719, cuyo título original es The Life and Strange Surprising Adventures of Robinson Crusoe, of York, Mariner (Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe, de York, marinero), es uno de los libros más famosos y quizás el que, después de la Biblia (v.), ha tenido mayor número de ediciones.

Los orígenes históricos del tema de Robinson son cono­cidos: en aquellos años había causado gran sensación en Inglaterra la aventura del ma­rinero Selkirk, que fue abandonado en 1705 en la isla de Juan Fernández, cerca de las costas chilenas. En 1709, el capitán Rogers, audaz navegante, que estaba dando la vuel­ta al mundo, le había liberado, encontrán­dolo, después de cuatro años de soledad, reducido a un estado semisalvaje. El ca­pitán Rogers recopiló en un volumen la narración de su periplo, y en seguida el interés de los lectores se concentró en la Narración de cómo Alejandro Selkirk vivió cuatro años y cuatro meses solo en una isla. De Foe contaba entonces casi sesenta años de edad; en su vida accidentada y aven­turera había escrito mucho, sobre todo en el campo de la polémica puritana; pero ninguna novela había producido hasta en­tonces su pluma. Tenía hijas por casar y se encontraba en la urgente necesidad de lo­grar con sus libros algunas ganancias im­portantes. La popularidad alcanzada por la aventura de Selkirk le hizo pensar en que sería un tema de viva actualidad la narra­ción de la vida de un náufrago en una isla desierta. Se dirigió entonces al editor Tay­lor y, como luego hizo siempre, le presentó un subtítulo explicativo: «La vida y extra­ñas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe, de York, marinero, que vivió veinti­ocho años completamente solo en una isla deshabitada de las costas americanas, cerca de la desembocadura del gran río Orinoco, por haber sido arrojado a la costa en un naufragio en el que todos los demás hom­bres perecieron, salvándose solo él; con la explicación de cómo, al fin, fue extra­ordinariamente liberado por unos piratas; escritas por él mismo». Taylor convino en dar a De Foe, a la vista de este cañamazo, el encargo de un volumen de 350 páginas; en la portada no apareció el nombre del autor, porque (según ocurrió también en otras biografías ficticias de De Foe: v. Molí Flanders, Lady Roxana, El coronel Jack y La peste de Londres), el público debía creer que leía memorias auténticas. De aquí el tono sencillo y documental de la obra.

Robinson Crusoe (Crusoe era el nombre de un viejo compañero de escuela del autor) es un muchacho animado por un obstinado deseo de aventuras. A pesar de las sabias exhortaciones paternas, que aconsejaban el nivel medio de vida como el más adecuado para lograr la felicidad te­rrena, a los dieciocho años se escapa de casa, se embarca para Hull, naufraga en Yarmouth, embarca de nuevo, lo captura un barco pirata berberisco de Salé, donde pasa dos/años, escapa en barca con el pe­queño esclavo Xurv, lo vende a un capitán portugués, pasa con éste al Brasil, se hace plantador, se embarca para Guinea, nau­fraga ante las bocas del Orinoco junto a una isla desierta y se encuentra con que es el único superviviente del desastre. Co­mienza en este’ punto el episodio propia­mente «robinsoniano», sobre todo durante el período de completa soledad, hasta la aparición del servicial (y convencional) sal­vaje Viernes, al que Robinson salva de sus compañeros caníbales. Siguen otras desven­turas, hasta llegar a la liberación y el viaje de vuelta. El éxito estrepitoso obte­nido por el libro impulsó al autor a escribir eri seguida una continuación. El segundo volumen, de la misma extensión que el pri­mero, se tituló: Las aventuras ulteriores de Robinson Crusoe, que constituyen la se­gunda y última parte de su vida, y las extrañas y sorprendentes memorias de sus viajes alrededor del mundo, escritas por él mismo. Este segundo volumen apareció en agosto del mismo año 1719; fue, por con­siguiente, escrito en pocos meses.

El éxito fue también esta vez grandísimo. Robinson retorna a su isla, ahora ya colonizada. Los colonos tienen que guerrear con los ca­níbales, que tratan de reconquistarla. El resto del volumen cuenta un gran viaje de Kobinson a Madagascar, a las Indias, a Chi­na, y su retorno a Europa, atravesando toda el Asia, desde Pekín hasta Arcángel. Es de notar que, salvo alguna escapada al continente durante la juventud, De Foe no salió nunca de Inglaterra; es, por tanto, el fundador de la numerosa estirpe de es­critores de viajes que no se mueven de su casa; categoría que debía alcanzar el apo­geo del sedentarismo con Julio Verne. La parte relativa a los viajes gustó muchísimo, hasta el punto de hacer palidecer al ver­dadero núcleo originario de Robinson. Fue preciso el Emilio (v.) de Rousseau para hacer fijar la atención en lo que es la ver­dadera idea animadora de la obra: la lu­cha del hombre solo en la inmensa soledad de la Creación, la fascinadora reconstruc­ción de los primitivos rudimentos de la civilización humana en una isla desierta, sin otro testigo que la propia conciencia, ni otros aliados que la propia destreza, energía e ingeniosidad. Era una época de podero­sos individualismos mercantiles y religio­sos, un siglo en el que los ingleses colo­caban junto a la Biblia (v.) los libros de contabilidad. Robinson cree firmemente en Dios y en los negocios; era natural que millones de lectores se reconocieran en él.

Un tan estrepitoso éxito de librería debía tentar la avidez de los imitadores, que pulularon por espacio de más de un siglo. En Inglaterra el personaje adquirió matices místicos con Philip Quarli (cuya historia, publicada en 1727, se atribuye a cierto Ed- ward Dowington), que vivió durante cin­cuenta años sin ayuda de ningún semejante en una islita de los mares del Sur, y con Peters Wilkins (cuya historia, publicada en 1751, es obra de Robert Paltock, 1697-1767), nacido de un cruce de Robinson con Gu- lliver (v.). En Francia se publicaron tam­bién novelas parecidas, entre ellas Los sor­prendentes efectos de la simpatía [Les éf- fects surprenants de la sympathie], que desarrollaron situaciones derivadas del Ro­binson. En 1813 apareció en Zurich El Robinson suizo, de Wys, que tuvo gran popularidad como lectura para muchachos; mientras que en 1779 Robinson el joven de Campe fue traducido al alemán y a muchas otras lenguas, superando la fama del verdadero Robinson. En esta obra, la parte más característica de la novela de De Foe está expuesta en forma dialogada con intentos educativos. [Trad. de José Alegret de Mesa (Madrid, 1849); de Manuel María Guerra (Madrid, 1896); de T. Orts Ramos (Barcelona, s. a.); de Ángel Bueno (Burgos, 1925); de Gaziel (Barcelona, 1925); y cata­lana de Josep Carner (Barcelona, 1925)].

P. G. Conti

…Libro maravilloso.(Gosse)

El Robinson es el más universal de los libros, pero De Foe es el menos universal de los escritores.(E. D’Ors)

La fascinación de su encantadora obra maestra no consiste, como es natural, en lo meramente novelesco, sino en haber dis­puesto la novela de modo que parezca rea­lidad… Lo que De Foe ve, lo ve con par­ticular agudeza y sencillez, con los sentidos despiertos y conscientes; y en sus crudas alusiones a objetos ideales, recuerda un poco la grandeza de Dante. (W. J. De La Mare)