Robert le Diable, Jacques Meyerbeer

[Roberto el Diablo]. ópera en cinco actos de Jacques Meyerbeer (1791-1864), con libreto de Scribe y Delavigne, estrenada en París en 1831. Fue la primera «grand opéra» que Meyerbeer escribió después de su traslado a Pa­rís, donde este género teatral había ya triunfado.

Si pensamos en el fasto con que se representaban las óperas, en los medios vocales a menudo excepcionales de los protagonistas, en la coreografía llena de color de los impecables bailes que enrique­cían los atractivos exteriores del espec­táculo (en el Roberto, el baile de las mon­jas tuvo como primera bailarina a la cé­lebre Taglioni), se comprenderá el gran favor de que gozaba entre el público la «grand opéra», contra la que se estrellaron en vano las críticas de Weber, Berlioz y Wagner. La trama de Roberto el Diablo es historicolegendaria, expresada en una atmósfera completamente realista. Un ser diabólico ha seducido a Berta, hija del du­que de Normandía: Roberto es el fruto de esta unión, y por los horrores de que fue capaz desde la infancia se le apodó «el Diablo». Expulsado por sus vasallos, va a parar a Sicilia (aquí comienza la acción teatral), donde se promete con la princesa Isabel; pero, habiendo ofendido al padre de ésta, hubiera sucumbido a la venganza de los caballeros de no haber sido salvado por un personaje misterioso, Beltrán, que queriendo hacerle su esclavo lo induce al juego, en el que Roberto pierde todo lo que tiene, precisamente la víspera del tor­neo en que debería combatir para lograr la mano de Isabel.

Se ve obligado entonces a huir y, aconsejado por Beltrán, se pro­cura como talismán una prodigiosa ramita que crece sobre la tumba de Santa Rosalía. En esta escena se abren las tumbas y apa­recen las monjas que, vestidas con velos, danzan procazmente para incitar a Roberto a coger la ramita. Con su omnipotente ta­lismán, Roberto quiere a toda costa seducir a Isabel, pero, movido por la piedad, rompe la rama y huye. También entonces acude Beltrán en su ayuda; le revela el misterio de su nacimiento y se da a conocer como su padre; luego intenta ligarlo a sí con un pacto diabólico. Pero Alicia, que ya había intentado volver a ver a Roberto, su her­mano de leche, le muestra entonces el tes­tamento admonitorio de su madre, induciéndolo a emprender una nueva vida de bondad y honradez. Uno de los principales motivos del enorme éxito que tuvo este melodrama reside sobre todo en la elec­ción de un libreto que, en las hábiles ma­nos de Scribe, presentaba en la forma más adecuada cuanto deseaba el público de su tiempo: hechos novelescos ricos en in­trigas y en efectos escénicos y situaciones fuertemente dramáticas entre lo maravi­lloso y lo macabro, que provenían del pri­mer Romanticismo lleno de fantasía. Me­yerbeer adaptó a esta trama una música que, aun careciendo todavía de la sabiduría y de las posibilidades de Los hugonotes (v.) o de La Africana (v.), presenta ya la su­perficial viveza dramática, el estilo agra­dable, el colorido instrumental y vocal, y, aquí y allá, la verdad psicológica que serán las características de todas sus obras; un sentido del teatro, en suma, que por algu­nos de sus elementos constituirá una en­señanza para las generaciones futuras. Son célebres la balada del tenor, la romanza de Isabel, y las arias de la mezzosoprano y del bajo.

G. Graziosi

Meyerbeer inaugura una nueva época en el campo de la música de ópera. (Liszt)

En la música de Meyerbeer se nota tal vacío, tan espantosa aridez y nulidad ar­tística, que estamos tentados de reducir completamente a cero su aptitud musical, sobre todo parangonada con la de la gran mayoría de los compositores contemporáneos suyos. (Wagner)

La historia señalará a la música de Me­yerbeer como uno de los pasos más im­portantes hacia el arte de Wagner. (Riemann)

Sus obras tienen páginas de gran belleza; revelan extraordinaria sensibilidad dramáti­ca y una marcada originalidad. Descubrió nuevos efectos en la orquestación y ayudó a preparar la vía del drama musical mo­derno. (Hervey)

Su técnica orquestal revela una maestría no inferior a la de Berlioz, en tanto que su mundo melódico muestra una imagina­ción comparable a la de los operistas ita­lianos. (P. Bekker)