[Robert Guiskard, Herzog der Normanner]. Fragmento de una tragedia de Heinrich von Kleist (1777-1811), comenzada en 1803, sometida durante muchos años a continuas modificaciones y nunca terminada; el autor aspiraba a que fuera su obra maestra, a conseguir lo absoluto en el arte en una síntesis de la antigua tragedia clásica con la romántica y shakespeariana, superando a Goethe, no por vanidad, sino por la sincera -necesidad de encontrar una vía nueva, con la visión clara de su meta.
Esta obra fue el sueño más grande de Kleist y su más amarga desilusión. En 1804, en París, en un acceso de desesperación, el autor quemó el drama, ya muy adelantado, a pesar del juicio entusiasta de Wieland, que presentía en él al creador de la nueva tragedia alemana, llamado a ampliar los límites señalados por Goethe y por Schiller. En 1807 recompuso de memoria las diez primeras escenas, que aparecieron en la revista «Phóbus», publicada por él y por Adam Müller. Roberto Guiscardo es el tipo del déspota genial, cuya fuerza de voluntad y de acción se quiebra en el momento del máximo esplendor, por obra de ineluctables fuerzas exteriores. El fondo grandioso es una lucha de dos mundos: el Norte (con sus bárbaros idealizados, los normandos), que amenaza al Sur (Constantinopla, símbolo de la civilización antigua), que se defiende y se venga gracias al clima y a la pestilencia. Roberto Guiscardo, duque de los normandos en Italia, se halla con su ejército ante Bizancio para vengar la afrenta que ha sufrido su hija Elena, viuda repudiada por el emperador griego, y para realizar sus ambiciosos planes de dominio universal.
Dos príncipes griegos están ya dispuestos a abrirle las puertas de la ciudad para que pueda proclamarse emperador. Pero en el ejército de los normandos se declara la peste y corre entre el pueblo la voz de que el propio duque es víctima del mal, y esta voz, confirmada luego por Abelardo, sobrino de Guiscardo, en una disputa con el hijo de éste, aumenta el pánico. Entonces se presenta Guiscardo en persona, gallardo y resuelto, a pesar de la enfermedad que mina sus fuerzas, y con su prestigio de dominador disipa los temores; pero de pronto una imprevista debilidad le obliga a sentarse y un momento después la duquesa, su mujer, cae desvanecida. La peste ha señalado ya sus víctimas. El fragmento se interrumpe con la súplica del pueblo, por boca de su diputado, el viejo Arnim, de que se retorne inmediatamente a Italia. Y los conflictos del drama quedan sin resolver. Pero estas pocas escenas iniciales, que tienen la grandiosa solemnidad de la tragedia antigua, la fuerza de los coros de Sófocles (imitados del Edipo Rey, v.), el ritmo enérgico y la pureza de los versos de Esquilo (son pentápodos yámbicos), junto a la profunda humanidad de los caracteres shakespearianos, en una perfecta síntesis de elementos clásicos y modernos, hacen de esta obra un conjunto grandioso, digno de ser citado entre las más monumentales creaciones de la literatura alemana.
C. Baseggio – F. Rosenfeld
Kleist se nos aparece poéticamente poco dotado, precisamente por estar dotado de una ambición sin límites para todo lo artísticamente grande y poderoso. (B. Croce)
En el Guiscardo se manifiesta su orgulloso propósito como una hemoptisis… La violencia de la explosión, el crear en peligro sobre la roca entre la vida y la muerte, son precisamente los caracteres que distinguen a Kleist de aquellos enmascarados juegos de pensamiento que constituyen los dramas de Hebbel, en los que los problemas nacen del cerebro y no de la máxima profundidad volcánica de la existencia… Pero ningún otro poeta alemán ha penetrado en el drama tan profundamente, con toda su alma, ningún otro se ha desgarrado tan ferozmente el pecho con sus creaciones. (S. Zweig)

