Rimas de Miguel Ángel

[Rime]. Entre sonetos, madrigales y fragmentos varios, son casi doscientas cincuenta las composiciones que Miguel Ángel Buonarroti (147-5-1567) es­cribió desde su juventud hasta sus últimos años.

El autor, que acarició durante algún tiempo la idea de formar con ellas un «Can­cionero», preparó, hacia 1546, una selección para publicarla, pero abandonó el propó­sito, y todas ellas no vieron la luz hasta 1623 al cuidado de su sobrino homónimo, que suavizó las asperezas de los versos y los corrigió y pulió libremente; las ediciones más fieles son las de Guasti (1863) y Frey (1897). De algunas de ellas, ya en el si­glo XVI, Berni emitía un juicio admirativo contraponiéndolas a la poesía convencional de los petrarquistas («Él dice cosas, y vos­otros decís palabras»); pero más lo han admirado los modernos, que reconocieron en ellas los caracteres de las obras maestras de Miguel Ángel, y se sintieron impulsados a completar idealmente las imágenes inse­guras del poeta con las poderosas del es­cultor y del pintor, cuando no llegaron hasta el punto de declarar que preferían, como más auténtica y directa expresión del alma del artista, su ruda y desordenada poesía a sus obras de escultura, de pintura y de arquitectura.

Es cierto que las Rimas no pueden ser colocadas en el mismo plano que las otras obras de Miguel Ángel, ni si­quiera de las aparentemente — o realmen­te.— inacabadas: pero pertenecen, por así decirlo, a una zona intermedia entre el en­sueño heroico, que se extiende y se aplaca en las imaginaciones del artista, y la con­fesión inmediata de las cartas, en las que con lengua y sintaxis completamente po­pulares, se va revelando el artífice de alma cerrada y apasionada, humilde y orgulloso, perpetuamente descontento de sí mismo y del mundo, y abierto a los afectos más sen­cillos y puros. Ensayando el verso, Miguel Ángel se distrae y repasa del trabajo de creación y del tormento cotidiano, o in­tenta fijar en forma dura un pensamiento largamente meditado, un ideal acariciado, un movimiento del alma; a veces se divierte como cuando en un soneto con estrambote traza la caricatura de su persona deforma­da por el tremendo trabajo de los frescos de la bóveda de la Capilla Sixtina, o en un capítulo burlesco describe, «povero vecchio, servo in forza d’altrui», sus miserias y sus desgracias; otras veces se complace en jue­gos de elegante galantería, como el soneto juvenil «Quando si gode lieta e ben con­testa» (que es una de sus poesías más lo­gradas); manifiesta su indignación contra la Roma de Julio II en el terrible soneto «Qua si fa elmi, di calici e spade», o su dolor sobre la situación presente en el epi­grama famoso sobre su Noche («Caro m’é il sonno…»), o aquella admiración, que ali­mentó toda su vida, tan devota y profunda hacia Dante y que se diría tanto mayor cuanto más apartado del suyo sentía el espíritu del poeta, en aquellos dos sonetos, el primero de los cuales se concluye con el famoso magnánimo voto: «Foss’io pur lui! ch’a tal fortuna nato / Per l’aspro esilio suo con la virtute / Darei del mondo il piü felice stato!»; declara según el plato­nismo de su siglo, tan querido por su alma de artista («La forza d’un bel viso a che mi sprona? / Ch’altro nen é ch’al mondo mi diletti: / Ascender vivo fra gli spirti eletti…»), su amistad y admiración por el joven Tommaso Cavalieri y su devoción por la madura Vittoria Colonna, su predi­lecta consoladora; realza burlona o dramá­ticamente las contradicciones de otros amo­res más sensuales, y confiesa una arraigada y jamás vencida tristeza («Amor, a te nol celo / Ch’io porto invidia a’ morti») y el ansia de una renovación espiritual y su esperanza humilde $ trémula en el socorro divino.

No siempre consigue realizar ple­namente estas tentativas literarias; muchas de sus poesías han quedado sin terminar, otras no son sino sencillas anotaciones o esbozos, y también deben tenerse por frag­mentarias (y hay más de una) aquellas en las cuales, agotado en pocos versos el mo­tivo original, el autor se ha ingeniado para dar una conclusión, raciocinando y sutili­zando fríamente, sobre su propio pensa­miento. El lenguaje (que aquí no puede ser el de las cartas) no está a la altura de la intención del artista; son frecuentes las expresiones forzadas y oscuras y, si alguna inversión da nuevo y singular relieve a la imagen, hay muchas que no son sino fa­tigosas contorsiones de la frase; los ver­sos hipermétricos, en fin (que no son po­cos), bastan para demostrar que la palabra no ha conseguido encontrar su propia for­ma y se ha quedado siempre en mera vo­luntad de expresarse. Hasta en el más famoso de los sonetos de Miguel Ángel, «Alia notte» («O notte, o dolce tempo»), no faltan durezas y oscuridades y, lo que más importa, aquel ritmo de cansancio y languidez que debería penetrarlo queda en cierto sentido fuera del poema. Por ello, las Rimas a duras penas consiguen ser algo más que un testimonio y, a pesar de los acentos vigorosos que se encuentran en ellos, se leen sobre todo como documento singular de un espíritu que sintió la nece­sidad de sujetarse a este ejercicio literario para aclarar mejor, más para sí mismo que para los demás, pensamientos y sentimien­tos queridos.

Felices entre todas son aque­llas en que más directamente se revela, en sus alternancias de tensión y abati­miento, su personalidad moral. Así, aquel terceto solitario, más poético y más neta­mente suyo que otras más vastas y labo­riosas composiciones: «Así como la llama crece más cuanto más la estorba / el vien­to, toda virtud que se eleva al cielo / tanto más resplandece cuanto más se la ofende» («Come fiamma piü cresce piü contesa / Dal vento, ogni virtü che’l cielo esalta, / Tanto piü splende, quant’é piü offesa»); o aquellos versos en los que dirigiéndose a su padre muerto, el autor presta voz a su ansiedad de absoluto con acentos no in­dignos de los Triunfos (v.) de Petrarca («Fortuna e’l tempo dentro a vostra soglia / Non tenta trapassar, per cui s’adduce / Fra noi dubbia letizia e certa doglia. / Nube non é che scuri vostra luce, / L’ore distinte a voi non fanno forza. / Caso o necessitá non vi conduce…»). Así el diálogo, cuyo significado trasciende la esfera de la política, entre los florentinos desterrados que invocan una mirada de su amada pa­tria, caída en posesión de uno sólo, y la ciudad que los consuela, diciendo que son más felices que el tirano que la posee: «En el amor se es más feliz / siendo mísero pero lleno de esperanza / que no teniendo un gran deseo contenido» («Che degli amanti é men felice stato / Quello ove il gran desir gran copia affrena / Ch’una miseria di speranza piena»), o las octavas, inspi­radas al anciano octogenario por el «nuevo placer» de la vista de las montañas de Spoleto y la vida sencilla de los campe­sinos, que culminan en la representación de los extraños monstruos, tormento y pe­sadilla de los habitantes de la ciudad, la Duda «armada y coja», que tiembla conti­nuamente por naturaleza, el débil Porqué que anda a oscuras probando y volviendo a probar sus muchas llaves, el Cómo y el Quizá, gigantes ciegos que andan a tientas extendiendo sus grandes sombras sobre las cosas.

Pero tal vez el verso de Miguel Án­gel consigue vencer mejor las dificultades de la expresión en aquellos sonetos, com­puestos casi todos en 1555, en los que el anciano artista se dirige a Dios con nueva entrega y parece encontrar, aun hablando de su propia desgracia, un consuelo jamás probado antes: «No hay cosa terrena más baja o vil / Que sentirme y ser sin ti» («Non é piü bassa o vil cosa terrena / Che quel che senza te mi sentó e sono»), co­mienza uno de aquellos sonetos, y en otro Miguel Ángel intenta aclarar las contra­dicciones de su espíritu: «Desearía querer, Señor, aquello que no quiero» («Vorrei voler, Signor, quel ch’io non voglio»). Tam­bién el arte le parece ahora «cargado de errores» (soneto «Giunto é giá»), y no puede ya satisfacer su espíritu «Ni pintar ni es­culpir más que figuras quietas / El alma vuelta a aquel amor divino / Que con sus brazos en cruz nos quiere abrazar» («Né pinger né scolpir fie piü che quieti / L’anima volta a quell’amor divino / Ch’aperse a prender noi ’n croce le braccia»): y de este estado de absoluta humildad se alza su invocación: «¡ Ah! Haz que te vea en todo lugar», «Rasga tu velo, Señor, rompe el muro / Que con su dureza me contiene. / ¡Arroja al mundo el sol de tu luz!» («Deh! fammiti vedere in ogni loco!», «Squarcia’l vel tu, Signor, rompi quel muro / Che con la sua durezza me ritarda / Il sol della tua luce al mondo spenta!»). No faltan aquí tampoco durezas y asperezas, pero no hay ni rastro ya del fatigoso razonar de otras muchas composiciones suyas; una oleada, si no de poesía, de conmovida elo­cuencia fluye libre en estos versos, en los cuales está la conclusión, o, mejor, la úl­tima voz del drama de Miguel Ángel.

M. Fubini

… cualquier palabra que cayese de la plu­ma de Miguel Ángel merecía ser conservada en una urna de esmeralda. (Aretino)

Callad un momento, pálidas violas / y lí­quidos cristales, y fieras veloces; / él dice cosas y vosotros decís palabras. (Berni)

Los pensamientos de Miguel Ángel son siempre justos, a menudo profundos, nuevos a veces; pero si bien escribe generalmente con esa precisión y esa condensación de ideas que son testimonio de profundidad de pensamiento, no se expresa, por lo de­más, de manera continua con esa gracia que no se tiene sino por constante hábito de escribir, ni con esa dicción poética que da calor hasta a los razonamientos más fríos. Imperfección de melodía se encuen­tra en ellos raramente, pero quizá nunca una serie de versos en que el son de las palabras, la variedad de la cadencia y de los acentos se hallen reunidos para pro­ducir una armonía sostenida y general. (Foscolo)

En las poesías de Miguel Ángel el hielo y el fuego son casi sus únicas imágenes… Ex­cepto una clara alusión a un viaje, no hay en ellas casi recuerdo de acontecimientos. Pero hay mucho de aquella clara, viva, in­falible maestría con la cual Miguel Ángel niño supo dar aspecto senil a una cabeza faunesca arrancando un diente de su boca, con un solo golpe de cincel. (Pater)