Rimas de Bécquer

Libro de poesías del poeta romántico español Gustavo Adolfo Domínguez Bastida (1836-1870), que firma­ba con el nombre de sus antepasados, los Bécquer de Flandes.

El volumen contiene 76 poesías breves, a las que se añaden unas pocas más recogidas después de su muerte, y fue publicado en 1860. Desde el punto de vista estético, Bécquer puede ser considerado como el representante del ro­manticismo español que propugnaba una poesía profunda y sincera, exenta de re­tórica y de musicalidades verbales, contra la poesía epicodescriptiva y gesticulante de Espronceda y, en cierto modo, de Zorrilla. Ante la producción del primero y del se­gundo, la obra de Bécquer resulta de pe­queño volumen y carece de grandes sono­ridades, pero está llena de perfume poético. Sus Rimas no tratan de dar una visión del mundo externo ni ofrecernos una gran ca­balgata histórica; por el contrario, estas breves composiciones están completamente orientadas hacia la interioridad del poeta, de modo que aunque sólo poseyésemos este pequeño volumen, podríamos reconstruir en gran parte la personalidad de su autor.

Su sentido de la poesía, «natural, breve, seca, que surge del alma como una chispa eléc­trica que toca al sentimiento con una pa­labra y huye», encuentra en el mundo una fuente inagotable de tesoros poéticos, a condición de transformarlos idealizando las cosas y el amor, hasta el punto de que la mujer amada, en último análisis, acaba identificándose con la poesía: «poesía eres tú». Sin embargo, esta idealización de las cosas encuentra el primer obstáculo en la misma realidad; y cuando la distancia en­tre poesía y realidad se refiere a la amada, ofrece motivo a una serie de composicio­nes en las que el amor se convierte en amargura, ya por orgullo de la amada in­capaz de comprender al poeta («Asomaba a sus ojos una lágrima», XXX; «Es cues­tión de palabras, y no obstante», XXXIII; «Tú eres el huracán y yo la alta», XLI), ya por su falta de sinceridad o por su insensibilidad («¡No me admiró tu olvido! Aunque de un día», XXXV; «¿A qué me lo dices? Lo sé: es mudable», XXXIX). En­tonces el poeta se evade por el camino del sarcasmo («Voy contra mi interés al confesarlo», XXVI) o de la desesperación («Co­mo se arranca el hierro de una herida», XLVIII).

Este dolor ante la vida sentimental es el eje de la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer. Pero en torno a este dramático monólogo con que el poeta trata ansiosa­mente de buscar un alma gemela con la que pueda alcanzar una comprensión ab­soluta, la naturaleza sólo ofrece el espec­táculo de su melancolía. Las «olas gigan­tes», las «ruinas silenciosas», las «noches interminables» son el escenario obsesionan­te del dolor del poeta. La forma a que recurre hace aún más obsesionante su ex­presión — poesías breves, generalmente de una a diez estrofas, compuestas de versos asonantes o libres —; diríase que ha que­rido ser redactada con la mayor desnudez, para dejar intacto y visible el fondo pa­tético del alma dolida del autor. La crítica discute apasionadamente en torno a las fuentes de la poesía de Bécquer: para unos, la lírica becqueriana es derivación directa de Heine; para otros es preferentemente byroniana; se advierten también influen­cias de Musset, Larra, etc. Pero todo ello no puede disminuir la indiscutible perso­nalidad del poeta, uno de los poquísimos artistas que en España disfrutan del respe­to y la atención de los cenáculos más res­tringidos y al mismo tiempo el favor de la popularidad más amplia. E. Díaz Plaja

Y la musa de Bécquer del ensueño es es­clava / bajo un celeste palio de luz escan­dinava. (Rubén Darío)

Reconozco en Bécquer, en estado al me­nos potencial, a uno de aquellos verdade­ros poetas natos, que a cada paso sienten la inspiración que pasa rápida, invisible, con el rumor de una golondrina que surca el aire a poca distancia; pero sólo rara vez la aprovechan, ya por un sentimiento casi de pudor hacia su propia alma, cuyas inti­midades más recónditas, si cediesen a la inspiración, tendrían que revelar; ya por­que una voz secreta, que parte de un fondo más remoto que la misma inspiración, ad­vierte que ésta, al ir al encuentro de la forma sensible que la represente adecuada­mente, corre al encuentro de una decepción. (De Lollis)

Toda su poesía es luz de luna. (Hermanos Quintero)

La poesía de Bécquer parece un acordeón tocado por un ángel. (E. D’Ors)

Las Rimas de Bécquer están concebidas y escritas según normas auténticamente ro­mánticas. Bécquer y Rosalía de Castro son quizá los únicos románticos que adivinaron la esencia de la lírica moderna y tienen entre ellos cierta afinidad de temperamento. Como la poetisa gallega, Bécquer huye de todo énfasis grandilocuente y escribe en un estilo llano, aunque nunca prosaico y vul­gar. Su tono es siempre de una íntima melancolía. Su emoción es la de un alma que lleva hondamente arraigado un sueño de amor y de dicha ideal, que la hace chocar trágicamente con el mundo y la deja sangrienta y desgarrada. (M. de Montoliu)

Bécquer renueva la esencia romántica, por influjo de un lado de Heine, por otro de su propia personalidad, y crea una be­lleza más íntima, más tenue y alada que la de la lírica del romanticismo anterior, más sencilla también; perfume más que música vibrante, por donde se anuncia un mundo diverso, que más que a Darío lle­vará a Juan Ramón Jiménez y por él a la más nueva poesía en uno de sus aspec­tos… Un sentido inefablemente musical, un aroma, una niebla poética llena y envuelve los temas de las Rimas, con el encanto de la brisa, de la onda, de un florecer de rosas blancas. Alma más que palabras, poseída de un sentimiento y un anhelo, sin dominar la forma; la palabra querría poseer un medio expresivo, hecho de «suspiros y ri­sas, colores y notas». (A. Valbuena Prat) No sé si admirar más el espontáneo pro­rrumpir de la emoción que comunican o el arte extremo y la inimitable gracia con que dicha perfección pudo ser alcanzada. Nun­ca la guitarra andaluza ha cantado mejor y con más breve y sonora cuerda las penas y los sueños de amor, la amargura de los recuerdos, la soledad donde moran los muertos. Motivos sencillísimos y populares — golondrinas, flores, lágrimas — adornan estos cantos, pero unidos con tal sinceridad, delicadeza y naturalidad, que es imposible encontrar en ellos la menor vulgaridad. El genio ha marcado cada elemento de su poe­sía con un carácter de absoluta necesidad… Bécquer es uno de los poetas más auténti­cos que han existido nunca; esta certidum­bre nos deja la lectura de su obra breve y milagrosa.  (J. Cassou)