Recuerdos de Egotismo, Stendhal

[Souvenirs d´egotisme]. Páginas de diario escritas en 182 por Stendhal (Henri Bele, 1783-1842) publicadas póstumamente en 1892.

En un momento de ocio, durante su actuación como cónsul en Civitavecchia, el escritor trata de reconstruir su vida, entre los años 1821 al 1830, con el fin de fijar los momentos de felicidad que logró alcanzar. El vivo recuerdo de Matilde Dembowki Viscontini, la integérrima Métilde, le lleva a evocar sus tiempos de residencia en Milán, tan hermosos gracias a la amistad con los patriotas, y tan inquietos por los contrastes entre el espíritu de la divina música y la dureza de la policía austríaca. De regreso en París, encuentra el autor a sus antiguos amigos y personajes que han hecho carrera, hombres nuevos, y siente ineluctablemente que también para él ha pasado el tiempo.

Tiene que sacudir su conciencia y concentrarse en una rígida concepción vital para evitar el peligro del sentimentalismo o de la acción política; el egotismo constituye una receta para conservar la fragancia es­piritual en el deseo de las mujeres y en el sentimiento de una gloria de artista. So­lamente vence quien tiene fe en su idea; y, por otra parte, la primera condición es tomar de la vida aquello que de bueno nos ofrece, haciendo caso omiso de toda supers­tición y de toda retórica. Al resumir su ex­periencia de hombre y de amante, Stendhal siente el gran valor que asumen para él los recuerdos de Métilde, de Italia y de la música; pero declara que en toda su vida no había amado apasionadamente más que a Cimarosa, Mozart y Shakespeare, y movi­do por el odio a su ciudad natal, Grenoble, redacta el epitafio de su tumba (que luego fue modificado), adoptando el apelativo de milanés y con el recuerdo de sus autores «adorados».

En París, frecuentando grandes salones, entre los cuales figuran los de Tracy y de la viuda Cabanis, y asistiendo a representaciones teatrales, se siente más a su gusto que mezclándose en la multiforme política de la Restauración. La obra, aun­que interrumpida, encierra cierta importan­cia por el hecho de que, junto con La vida de Henri Brulard (v.), constituye un testi­monio fundamental sobre el carácter del autor y sobre su idea de la vida: por un delicadísimo sentimiento de amante y de esteta que se ampara en paradojas y expo­siciones ideológicas. En la revaloración de la obra stendhaliana, este libro ha sido, desde su aparición, sumamente alabado por cuantos admiran más la introspección psico­lógica y autobiográfica que la madurez lo­grada de sus obras maestras narrativas.

C. Cordié

La más compleja alma de artista, un alma desenfrenada y razonadora, tierna hasta la locura e irónica hasta la crueldad, enérgica hasta el valor más viril y novelesca hasta el más ingenuo sentimentalismo. (Bourget)

Stendhal no fue, sin embargo, compren­dido en 1830. Periódicamente vuelve a ser comprendido. De cuando en cuando se le trae a la vida y renace para nosotros. Y para este hombre, que poseía el, genio y a la vez el snobismo de lo imprevisto, no cabe imaginar una gloria más bella. (Fernández)