Rapsodias, Joseph-Pétrus Borel

[Rhapsodies]. Es la prime­ra obra de Joseph-Pétrus Borel, conocido por «le Lycanthrope» (1809-1859), publicada en 1832.

La figura del joven escritor se nos muestra ya definitivamente formada en aquellas actitudes excesivas y violentas a que debió el interés de sus contemporá­neos, no menos que el olvido de la poste­ridad; original y exuberante producto de la primera efervescencia romántica en su vida como en su obra, fundador de la fa­milia de los poetas malditos. Él mismo com­para, en el prefacio, sus cantos a la baba que precede a las palabras articuladas, en los labios del niño; a la escoria que el me­tal expulsa mientras hierve en el crisol.

Po­bre y orgulloso republicano porqué él, el licántropo, necesita, como los lobos, de una libertad ilimitada, Pétrus hace vibrar su ver­so vigoroso y bien medido, mezclando, en el impuro torrente de su elocuencia, pue­riles exageraciones con una inspiración sin­cera de pasión violenta y melancólica. Dé­biles, en, general, los cantos inspirados por el odio político, entre los cuales es caracte­rístico el himno amoroso al fiel puñal que traza en el aire surcos de llama («Sanculottide»). Mejores son los que se relacionan con sus afectos, dedicados a su hermano muerto, a sus amigos y compañeros de fe, a quien lo socorrió en la miseria, a quien padeció desconocido por la crítica estúpida e injusta. A veces su inspiración se con­creta en breves composiciones en que los fantasmas de la desilusión, de la venganza y de la muerte se ciernen sobre sombríos paisajes sembrados de tumbas y calaveras, o más raramente («Agarite»), la tragedia se desvanece con gracia en una maliciosa son­risa.

Pero el héroe predilecto de las Rap­sodias, en realidad, es siempre el mismo Pétrus, en medio de su soledad, que ora lo colma de orgullo, ora le arranca gemidos, mientras contempla la pistola liberadora o sueña en vano con una ondina de ojos azules que languidecen de amor, con el sufrimiento del aventurero que anda erra­bundo y sediento por el desierto, con la plegaria del hambriento que pide su por­ción de sol («Désespoir», «Isolement», «Hymne au Soleil», «L’aventurier»). Y si el son inoportuno de un clavicémbalo llega hasta él en su triste habitación, donde el amor ya no borda de oro el oscuro velo de su vida, se le anima en derredor el fantasma cruel de un mundo que goza, como la mu­chedumbre que danza delante de una ho­guera («Doléance»).

Para completar la fi­gura de Borel poeta, es menester añadir todavía a las Rapsodias unos pocos cantos esparcidos aquí y allá por su obra; sobre todo el prólogo vigoroso que él puso a su delirante novela Madame Putiphar, presentándonos, en un tríptico, los tres feroces caballeros — el Mundo, la Soledad, la Muer­te — que se laceran en el campo cerrado de su corazón, y las estrofas con que su obra poética se cierra, con la orgullosa pro­testa de quien ha prohibido siempre los pastos ajenos a su Pegaso hambriento, no concediéndole ni una semilla que no haya germinado en su alma («Léthargie de la Muse»).

E. C. Valla