Rapsodia Española de Ravel

Oriundo de Ciboure, cerca de San Juan de Luz, el compositor francés Maurice Ravel (1875-1937) siempre se sintió fuertemente atraído por España. Una de sus primeras obras, «Habanera», revela ya su inclinación por los ritmos nerviosos y el colorido cálido, brillante y voluptuoso de la música popular española. Como indica su nombre, la Rapso­dia española, su primera partitura de or­questa, la dedica igualmente al folklore ibérico; aquí encontramos, por otra parte, en el tercer movimiento, el texto íntegro de la «Habanera» compuesta en 1895.

Ra­vel no se inspira en el folklore ibérico de un modo directo, y retiene solamente su espíritu, la esencia más que los temas. La Rapsodia española se compone de cuatro partes. Una común línea melódica (fa, mi, re, do sostenido) reaparece en los diferentes movimientos y sirve de idea generatriz del «Preludio de la noche» (primera parte de la Rapsodia), encargándose la orquestación de presentárnosla bajo diferentes ilumina­ciones. La «Malagueña», que sigue a con­tinuación, toma su ritmo de la danza es­pañola así denominada, que Ravel inter­preta a su manera, estilizándola; ritmo fle­xible y nervioso que conduce una melodía caprichosa y elegante, como la trayectoria del agua que brota de un surtidor de los jardines del Generalife.

Los fagots y la trompa se enseñorean alternativamente de la «Malagueña», que finaliza en un suspiro, en tanto reaparece el tema lacerante del «Preludio». La «Habanera», cuyo tema en tresillos es célebre, perdura como ejemplo característico de la orquestación variada, de múltiples y brillantes facetas, típica de Ravel. Un canto lánguido y sosegado, que viene a interrumpir el tema inicial del «Preludio», evoca la atmósfera de la Es­paña musulmana. Finalmente, la «Feria», en la que alternan las jubilosas llamadas de las marchas con los intermedios tiernos y evocadores, pone remate a la Rapsodia a través de un tumultuoso «crescendo». La Rapsodia española se dio a conocer, en primera audición, el 28 de marzo de 1908, en el Chátelet parisiense, bajo la dirección de Édouard Colonne y, a petición del pú­blico, tuvo que bisarse la «Malagueña».