Prometeo Mal Encadenado, André Gide

Una variación libre del mito es el Prome­teo mal encadenado [Le Prométhée mal enchaîné], que figura entre las obras más representativas de André Gide (1869-1951).

Publicada en 1899, pertenece al período de los mejores «tratados» (v. Betsabé, Filoctetes, El Hadj) y se puede considerar como la plena afirmación de la madurez del escri­tor. La audacia de esta transposición se anuncia ya desde su comienzo, cuando Prometeo entra de sopetón en la vida contemporánea y se sienta a la mesa de un restaurante, donde escucha las extrañas historias de dos señores, Cocles y Democles, uno de los cua­les se descubre beneficiado y el otro víc­tima de los caprichos de un extraño tipo a quien el camarero del establecimiento afirma conocer: el riquísimo banquero Zeus, quien se deleita en la comisión de «actos gratuitos». De esta primera intriga se deriva una serie de hechos imprevistos pero lógi­cos con referencia a Cocles y a Democles, pero sobre todo a Prometeo. Éste aterroriza a los concurrentes llamando a su águila y dándole a roer su hígado.

El ave simbo­liza sencillamente su conciencia; la ha ali­mentado hasta ahora generosamente, com­placiéndose en verla cada vez más lozana, sin darse cuenta que él va muriendo poco a poco. Ahora Prometeo quiere hacerse apóstol de esta nueva forma de vida: da una conferencia en la «Sala de las Nuevas Lunas», en el curso de la cual sostiene, con muchos y sutiles razonamientos y conmove­dora sinceridad, la teoría de que cada hombre debe tener un águila que se ali­mente de sus remordimientos, y sacrificar su propia vida para que se torne cada vez más bella; Prometeo no es, pues, el puro filántropo que robó antaño el fuego a los Dioses por amor de los hombres; ahora tiene una idea más profunda de la dignidad humana: el que ya no ama al hombre «ama lo que lo devora». Sigue una desconcertante entrevista con el banquero Zeus (algunos dicen que es el buen Dios), y la desastrosa muerte del pobre Democles, que se ha tomado demasiado en serio la teoría del águila.

Prometeo, como había anunciado solemnemente, pronuncia la oración fúne­bre; se presenta alegre y gordo como nunca y cuenta una extravagante y divertida his­torieta que obliga a reír a todos los con­currentes. A quien le pregunta por su águi­la, él responde tranquilamente que. la ha matado, e invita al camarero y a Cocles a ir a comérsela con él… Es fácil ver en esta complicada y pintoresca fábula la sátira de una forma de vida escrupulosamente moral, en que el hombre alimenta su con­ciencia de continuos remordimientos y se abandona con una especie de morbosa complacencia a este funesto ejercicio.

Pero la conclusión no conduce a Prometeo a procla­mar la inutilidad del águila: es justo con­cederle cuanto pretenda de nosotros; basta con ser lo suficientemente fuertes para ma­tarla a tiempo. El apólogo de Gide versa, pues, sobre el tema constante de la eman­cipación de las reglas; pero vale sobre todo por cuanto transfiere al plano poético los términos de la polémica, en una serie de geniales hallazgos dignos de los mejores cuentos filosóficos del siglo XVIII; la téc­nica de la obra, atrevida y voluntariamente irracional, constituye un precedente del surrealismo.

M. Bonfantini

El Prometeo es la sátira de nuestra im­potencia para obrar gratuitamente, para emprender cualquier cosa que no tenga por causa determinada nuestra mentalidad, nuestras costumbres, nuestras conviccio­nes… Se toma a burla todo aquello de que en las Nourritures pretende justamente de­sembarazarse, de todo cuanto impide en nosotros la exaltación que las Nourritures quieren producir. (J. Rivière)

La materia, el asunto propio de su obra es la inquietud; pero la palabra inquietud no basta, no ahonda lo suficiente… El tras­torno— palabra grave, pesada, que tiene el son oscuro y opaco de lo mismo que expre­sa—; he aquí la palabra que mejor traduce el estado permanente de Gide. (Du Bos)