Prometeo el Paciente, Carl Spitteler

[Prometheus der Dulder], poema en dos partes y ocho cantos de Cari Spitteler, publicado en 1924, reanu­da después de casi cuarenta años el mito prometeico ya tratado en Prometeo y Epi­meteo (v. ) y obtiene de él una nueva elaboración que puede figurar junto a la primera sin quedar oscurecida.

La ac­ción es más rápida, la línea narrativa corre según un ritmo más cerrado, pero en reali­dad el planteamiento del poema, en su sig­nificado simbólico, es sustancialmente el mismo. Una vez más Prometeo es tentado por el ángel de Dios y hasta invitado a renunciar a su alma; su perentoria negativa es castigada con la entrega del trono a su hermano Epimeteo, dispuesto a cumplir el sacrificio, y con la condena a una vida de penalidades y tormentos, apenas atenuados por la esperanza de una lejana compensa­ción que le promete su alma, elevada a la altura de una diosa. Tampoco aquí Epime­teo es capaz de reconocer el don precioso que Pandora ha hecho a los hombres, ni consigue salvar al hijo del ángel de Dios, que le ha sido confiado como único y pre­ciado tesoro, de los astutos manejos de Behemoth, especie de divinidad infernal, po­tencia de las tinieblas, cuyo nombre es de origen bíblico.

Y también aquí es Prome­teo el que, interviniendo en el último ins­tante, realiza el salvamento no por amor a la gloria ni al bienestar, sino porque su diosa, el alma, se lo ha impuesto. Final­mente, Prometeo se sustrae al aplauso del mundo y al agradecimiento del ángel de Dios para volver al valle donde transcurrió su juventud, pero no solo, sino con su hermano Epimeteo, al que rescata de la abyección en que había caído, restituyén­dole el alma un tiempo sacrificada. Pres­cindiendo de otras diferencias formales, los ritmos yámbicos de la Primavera olímpica (v.) sustituyen a la prosa poética de Pro­meteo y Epimeteo; además, la plural mu­chedumbre de los personajes está notable­mente disminuida; los hijos del ángel de Dios, que allí eran tres, aquí están re­ducidos a uno solo; Behemoth obra aquí directamente y ya sin ayuda del pérfido intermediario Leviathan; de Doxa, fiel com­pañera del ángel de Dios y enemiga de Prometeo, no queda ya rastro; también se pueden considerar desaparecidos los ani­males del séquito de Prometeo, sus fieles compañeros, el león y el perro, aunque de este último ha quedado una breve indicación.

En conclusión se puede decir que aquí la arquitectura es más armónica, la acción más rápida y Prometeo queda verdadera­mente como protagonista, mientras que en la primera elaboración Epimeteo y su reino tenían un papel por lo menos tan importante como el suyo, y así justamente lo advertía el título de la obra. A pesar de su mayor perfección artística, a veces se echa de menos el calor de que estaban animadas incluso las divagaciones, en la obra de ju­ventud. Además, ya en el título se alude a una diversidad notable de tono entre las dos elaboraciones; mientras en la primera vibraban todavía poderosas las voces de la rebelión hasta el punto de expresarse en arranques de sátira violenta, aquí el tono es más sosegado, casi de digna resignación. Mientras allí Prometeo, apenas oída la voz de su alma, se agitaba dispuesto a la ac­ción, aquí sucede que el alma implora, casi se lamenta, antes que él, demasiado amar­gado por el dolor y las humillaciones pro­longadas, se resuelva a obrar.

En este último Prometeo sentimos que habla un anciano cercano a la muerte, sin declararse todavía vencido; se inclinaba ya a una aceptación, una resignación sosegada, más que a la franca rebelión, al titanismo heroico que animaba todavía tantas páginas de Prometeo y Epimeteo. Las reservas de carácter artís­tico son casi las mismas que se pueden hacer a aquella primera obra; aquí, hasta la mayor perfección artística ha agravado el carácter neoclásico de toda la evocación spitteleriana del mito helénico, a pesar de demostrarnos el camino continuamente re­corrido con gran conciencia por el artista. Entre las dos elaboraciones de la leyenda de Prometeo y Epimeteo queda firmemente manifiesta toda la obra de Spittler, raro ejemplo moderno de creador de mitos.

R. Paoli

*   Fiel al mito clásico es también el poema Prometeo donador del juego [Prometheits the Firegiver], del poeta inglés Robert Brid­ges (1844-1930), publicado en 1884.