Prometeo Encadenado, Esquilo

Es la más fácil de las tragedias de Esquilo (525-456 a. de C.) y la más difícil: la más fácil para su interpretación literal, la más difícil para su interpretación crítica. Formó parte de una trilogía; pero como no tenemos testimonios directos de cómo aquélla esta­ba constituida, sólo podemos decir con certeza que el Prometeo liberado seguía al Encadenado; en cuanto a si el Prome­teo portador del -fuego abría o cerraba la trilogía, una y otra son hipótesis igual­mente plausibles.

Tampoco sabemos nada de su fecha: podríamos situarla entre los Per­sas (v.) y los Siete contra Tebas (v.). Los personajes de la tragedia son todos divini­dades: Cratos y Bías (Bías es personaje mudo), Hefesto, Prometeo, Coro de las hijas de Océano, Océano, la hija de Inaco, Hermes (v.). La escena ocurre en una región desierta de la Escitia, sobre un peñasco montañoso no lejos del mar. Prometeo, culpable de haber arrebatado el fuego de los dioses y haber enseñado su uso a los mortales, es llevado por Cratos y Bías, dos satélites a las órdenes directas de Hefesto (v.), y por lo tanto de Zeus (v.), al citado risco, y allí lo encadenan. Durante el enca­denamiento Prometeo no profiere palabra alguna. Cuando aquellos tres han partido, viene la grandiosa y famosísima monodia de Prometeo: «Oh luminoso éter, oh vientos de rápidas alas, oh fuentes de los ríos, oh sonrisa innumerable de las olas del mar». Oyen las Oceánidas el lamento desde el mar, y acuden.

Estamos en los primerísimos tiempos del reinado de Zeus, poco después que éste, ayudado por el propio Prometeo, derribó del reino a Cronos y a sus aliados, los Titanes. Prometeo narra sus culpas a las Oceánidas, y sobre todo cómo dio a los hombres el beneficio del fuego. Se presenta en escena Océano. Viene para aconsejar a Prometeo que renuncie a su arrogancia, que muestre sumisión y juicio, y a prometerle ayuda. Prometeo responde con ironía, rechaza a Océano y sus consejos. Y sigue na­rrando a las Oceánidas con qué beneficios más alivió, y con qué otras enseñanzas ins­truyó a la infeliz estirpe de los mortales. — Pero tú, Prometeo, ¿por qué no te cui­das de ti mismo? Día vendrá en que tam­bién Zeus tendrá que ceder al destino. — Aquí Prometeo oscuramente alude a un secreto suyo que será el arma para su libe­ración.

En este momento entra en escena, corriendo y agitándose desmesuradamente, una muchacha que lleva dos cuernecitos en la frente: es lo, la lejana abuela de Hera­cles (v.), el liberador. Va corriendo por la tierra seguida y picada por un tábano, que tal es la venganza de los celos de Hera con­tra ella y contra Zeus. Llega por casualidad ante el encadenado. No sabe quién es. Des­pués se queda asombrada al oír de boca de él el nombre de ella. lo cuenta al coro sus tristes aventuras; Prometeo predice a Ío lo que le queda por padecer todavía. Pero también le predice el fin del reinado de Zeus, si él, Prometeo, no es antes liberado; pues tal es el secreto que a éste reveló un día Temis-Gea, su madre. — ¿Y quién te li­berará a ti? — pregunta lo. — Un nacido de tu decimotercera generación (en efecto, Heracles desciende de lo después de doce generaciones).

Así se descorre un poco el velo, y el drama se dirige a su fin, y pre­para el drama siguiente: Zeus envía Hermes a Prometeo, porque quiere saber qué secreto es el que tan orgullosamente dice conocer. Prometeo se niega a decírselo. Y entonces un enorme hundimiento de la tie­rra y del cielo le arrolla; la peña en que Prometeo está encadenado se resquebraja; él se precipita en el vacío, y desaparece. Rea­parecerá en el Cáucaso, en la tragedia su­cesiva; y entonces revelará su secreto, y Heracles le soltará de sus cadenas. El Pro­meteo encadenado fue la tragedia más cele­brada de las compuestas por Esquilo, hará medio siglo, en un ambiente espiritual espe­cialmente propenso a negaciones y rebelio­nes antiautoritarias; principalmente a negagaciones y rebeldías antieclesiásticas. Es inútil decir que de todas las interpretacio­nes es ésta la más ajena al espíritu de Es­quilo en general, y del significado de esta tragedia en particular. [Trad. española por Fernando Segundo Brieva Salvatierra en Las siete tragedias de Eschylo, tomo I (Madrid, 1942)].

M. Valgimigli

Esquilo es un modelo eterno de áspera grandeza y de entusiasmo no refinado. (F. Schlegel)