Primero es la Honra, Agustín Moreto y Cavana

Comedia en tres actos y en verso del español Agustín Moreto y Cavana (1618-1669), comprendida en la Primera y segunda parte de sus come­dias (Valencia, 1678-1681). Está basada en el pundonor y repite el argumento de una leyenda referente a Federico II.

El rey de Sicilia se enamora de Porcia, hija del almi­rante Lauria, a quien debe su grandeza, y prometida al honrado Federico. Respetuosa e íntimamente combatida, esta pasión es, sin embargo, más fuerte que todos los de­más sentimientos del rey: el de su propia dignidad, el amor a la reina, la gratitud al almirante y al leal Federico. Porcia quisie­ra adelantar las bodas para escapar de las insidias que oculta a su padre y al novio, pero el rey, mal aconsejado, con el pre­texto de que necesita su esforzado brazo para empresas en la isla, piensa alejar al almirante y a su futuro yerno para poder satisfacer sus deseos.

Con la ayuda de Terrezno, el infiel custodio que es el gracioso del drama, el rey se introduce en la habi­tación de Porcia, pero la joven consigue alejarlo mediante una promesa de amor, para eludir la cual se refugia junto a la reina, que ya sospechaba y teme la pasión de su esposo. Entre tanto el almirante, vuel­ve de la empresa y, al conocer la situación por boca del mismo rey, que en un mo­mento dramático de su angustia le ha hecho comprender su drama íntimo, hiere, como el romano Apio (v. Virginia), a su hija, deci­dido a evitar la vergüenza con la muerte. Mientras el rey hace encadenar al almi­rante, Porcia es tiernamente curada por la reina, sin que lo sepa el rey, con la vana esperanza de que renuncie a su malvado propósito.

Porcia, que entre tanto se ha curado, consigue, disfrazada de pastorcilla, aproximarse a la celda de su padre, que la cree muerta, y a continuación encuentra a Federico, deshecho de dolor. La reina, que ha sostenido ya un diálogo dramático con su esposo, a quien anuncia que quiere reti­rarse a un convento, interviene para hacer suspender la ejecución del almirante y hace conceder la mano de la misteriosa pastor- cilla a Federico, que ha salvado al rey. Éste, colocado por Terrezno y la reina ante la realidad, abandona su insana pasión y consiente en la boda de ambos jóvenes. El drama carece de cohesión y a menudo de fuerza dramática; sin embargo, son nota­bles algunos pasajes líricos, especialmente el lamento de Federico, que llora la pérdida de Porcia y no puede vengarse porque el ofensor es el rey; acentos de sinceridad tiene también el tormento del rey, que ad­vierte la vanidad de su poderío, al tener que renunciar al corazón de la mujer ama­da.

El carácter más vivo es el de la reina que, atormentada por los celos, ante la ce­guera del rey sabe encontrar en la propia realeza el valor y la energía de defender la justicia, defendiendo el propio amor y el honor de la corona. El drama, débil como acción, se salva en cambio en la lectura por la elegancia de la versificación y la amplitud de los motivos líricos.

E. Lunardi