Poesías, Víctor Khlebnikov

Esta colección de poesías es una de las obras más origi­nales de la literatura rusa contemporánea. Su autor, Víctor Khlebnikov (1885-1921), antiguo discípulo de Ivanov y Kuzmin, con­vertido en el principal animador del movimiento futurista y maestro de Maiakovski (v. Poesías de Maiakovski), alguna vez nos recuerda a Rimbaud.

Su originalidad no es en ninguna manera un artificio de es­cuela: nace de la misma originalidad de su vida tumultuosa. Su obra se inicia con la expresión de un profundo sentimiento de la naturaleza pero, sin carácter idílico y que se podría relacionar con el de Esenin («El momento mortal llega./Y es la hora pe­ligrosa para los hijos de este árbol./Más ardientes son los fuegos del azur./¡En otoño, nuestras plañideras gemirán ante nuestro hijo!/¡Vosotros sois los hijos del otoño !/Todas las hojas se muestran, hoy, verdes y claras./Golpe del viento tan cruel como el destello en los ojos de los brujos./ Convoca a los regimientos del follaje a la conquista del azur y el oro»).

Al llegar la Revolución, Khlebnikov se adhirió a ella, ardorosa y entusiásticamente, escribió poe­mas de combate, pero sin dejar de ser fiel a. sus exigencias líricas («Nosotros, escrito­res de cuchillo,/filósofos del estómago,/ eruditos de pan negro,/de los sudores y de las inmundicias,/sacerdotes de la carcaja­da;/nosotros, vendedores de ojos negros del cielo./Nosotros, los pródigos del oro de las hojas otoñales»). Como en ningún otro caso, la frondosidad de las imágenes domina todo el verso; Khlebnikov, al perseguir sus fantasmas, intenta hacerse más inteligible, ha sabido crearse ante todo una lengua extremadamente personal. Y este revolucio­nario era un erudito; efectivamente, en la poesía popular, en las viejas canciones de las «nania», en la antigua lengua rusa, encuentra las fuentes de su revolución poética.

Extrae palabras de todos los folklores de la Gran Rusia, del ucraniano, del lituano, del caucásico, y último eslavófilo, sueña con una cultura nueva, basada en la fusión de la tradición literaria de las diferentes minorías. Khlebnikov, en efecto, no fue solamente un poeta, sino también un doc­trinario. Un poema etimológico, publicado hacia 1910 y formado exclusivamente por derivados de una palabra simple, mal aco­gido por la crítica, se convirtió en una es­pecie de piedra angular del movimiento futurista. Khlebnikov, como hemos dicho antes, $s un revolucionario: ya porque se contente con mezclar unos con otros los tér­minos eslavos, para llegar a encontrar una especie de verbo necesario, exento de cual­quier uso utilitario, ya porque llegue a las raíces mismas, destruyendo la palabra des­pués de haber destruido la frase, creando neologismos gratuitos, sin ninguna significación.

Con una habilidad extraordinaria sabe jugar con la palabra, materia prima, confundiendo el sentido propio y el sentido figurado, haciendo mil piruetas con los casos de la declinación rusa. Pero estas experiencias para Khlebnikov no son sim­ples juegos del ingenio: como él sabe, a pesar de su futurismo, permanecer fiel a las antiguas tradiciones lingüísticas eslavas, posee, como muchos de sus compatriotas, el gusto por el misterio que ninguna len­gua humana es capaz de expresar. El poeta evocará las visiones apocalípticas de lo que él llama «Fractura del Universo». Se trata de curiosidades peligrosas, y el alma ator­mentada de Khlebnikov parecía, al final dé su vida, próxima a la locura. Es indis­cutible que Khlebnikov ha quedado como un maestro: representa a principios de este siglo un momento necesario en el proceso de disgregación del lenguaje. Sea como sea, su obra atraerá siempre la atención de los filólogos.