Poesías, Severino Ferrari

Una primera colec­ción de poesías de Severino Ferrari (1856- 1905) se publicó en 1885 con el título, intencionadamente modesto, de Bordatini, y que dedica a Pascoli; más tarde fueron reordenados por el poeta añadiendo otras composiciones, y confiados a De Mauri, quien los publicó en 1905, con el poemita El mago (v.).

Ferrari fue discípulo e íntimo amigo de Carducci, y en cierto modo es el Pascoli del grupo de los carduccianos; en el poemita El mago se representa a sí mismo en su inclinación a las evasiones errantes y soñadoras. Poeta nutrido de se­veros estudios filológicos y educado por las enseñanzas de Carducci en el culto de los valores humanísticos de la poesía, Fe­rrari fue sin embargo uno de los pocos cuya sensibilidad, cálida, temblorosa y sua­ve, jamás se convirtió en agria ni rígida. Tuvo el sentido vivísimo del delicado mo­mento en que la forma, literariamente pu­lida y meditada, se abre a la imagen y al sentimiento, dejando intacta la virginidad y novedad del signo expresivo.

Gustó de resucitar los «bellos metros» antiguos de la lírica italiana, «…bellos metros a los que dio frescura/el pueblo de Italia en sus más bellos días,/a los que dio el Petrarca su áurea nitidez/y Poliziano sus nuevos ador­nos»; frescura, áurea nitidez, adornos, que son las cualidades principales de la poesía de Ferrari, además de una límpida y tin­tineante nobleza de canto: «Los geranios de la boca/vivas flores de la bella san­gre/a los suspiros que salen del corazón/ sufren ágiles temblores./Sentí en tomo los quietos horrores/pender pesados: oí a los gallos/que soñando con fulgores amarillos/ celebran con gritos el alba de oro». No le ofuscó el afecto a Carducci cuando, a pro­pósito de la poesía de Ferrari, habló de «novedad, de frescura de imágenes y de sentimientos florecidos con tal brillantez de elocución y alegre versificación que resul­taban en conjunto un consuelo».

Los temas más caros a la musa de Ferrari son los afectos familiares, cantados con aérea y virginal delicadeza, y el paisaje de su Ro- magna, en una atmósfera evocadora y nos­tálgica.

D. Mattalia