Poesías Sandor Petöfi

 [Osszes költeményei]. Las poesías de Sandor Petöfi (1823-1849) comprenden toda la juventud del poeta húngaro. En la edición realizada por el mismo autor en 1847 dispone su obra poé­tica por orden cronológico, estableciendo una casi exacta correspondencia entre la sucesión de las poesías y el curso de su vida; de modo que el paralelismo entre la producción poética y la existencia a ella consagrada viene a ofrecer como una es­pecie de autobiografía en verso.

Ya en la poesía que abre el volumen, «En mi patria» [«Hozámban», 1842], se encuentran los dos motivos que constituyen los polos constan­tes del mundo poético de Petöfi: el amor extático por la infinita llanura de las áureas espigas, sobre la cual se produce la «délibáb», el espejismo, y la nostalgia de la casa paterna, que encontrará más tar­de su expresión más feliz en muchas de sus mejores poesías («En mi tierra natal», «Profecía», «Desde lejos», «Proyecto esfu­mado», etc.). Estudiante, soldado, come­diante, la dura realidad de la vida lo im­pulsará cada vez más, como a un puerto místico, hacia el calor del hogar idealizado.

Junto a estos motivos sentimentales se anuncian pronto los temas de su mitología moral: el amor a la gloria y a la libertad, el odio a la tiranía. «Aventura con el lobo», por ejemplo, de 1843, funde en un tono popular el rencor social con lo pintoresco romántico; el lobo hambriento devora al joven señor que ha ido a la puerta de la granja para robar, no una ovejita, sino el amor de la pastora. La misma predilec­ción por el color vibra maliciosamente en la balada «El caballo robado», que com­para el pecado del simpático bandolero de la estepa — el «betyár» —, que roba uno de los muchísimos caballos del ganadero, con la hija de éste, que ha robado el corazón — ¡único! — del bandido…

Del mismo año es «Entra en la cocina», donde encuentra ya el tono popular puro, donde el senti­miento se funde con el humorismo: la pipa del joven aldeano que en la cocina en­cuentra a una hermosa muchacha, se apaga al mismo tiempo que se inflama su cora­zón. «Desde lejos», vibrante de amor hacia la madre, a la que oculta los sufrimientos de su vida de actor vagabundo, inicia su poesía del destierro. La muerte se refleja en la cara del poeta y le inspira canción- cillas populares de artística factura: «Soy desgraciado», «Se canta por un entierro», etcétera. En 1844, como despidiéndose de Debrecen y de las miserias y privaciones de su vida vagabunda, escribe una de sus pequeñas obras maestras: la canción bá­quica «Bebiendo», transcripción humorís­tica y naturalista del modo de pensar y hablar de un borracho.

Las etapas de un largo viaje a pie de Debrecen a Pest, a través de la Hungría septentrional, y la permanencia en la capital como subdirec­tor de un gran periódico, el «Pesti-Divatlap», reciben también una trasposición poé­tica. Pero la poesía le es propicia sobre todo al tratar de sus temas preferidos: el «betyár», trágico ahora, que en la espesa selva sueña en la vida y el patíbulo que le espera («Se baña la luna en el mar de la noche»); la nostalgia de la casa: a la madre, a quien el poeta imagina ver des­pués de mucho tiempo, y a la que quisiera decir muchas cosas hermosas; pero cuando entra en la pequeña habitación y la madre corre a su encuentro, pierde la palabra y queda pendiente de sus labios «como el fruto del árbol» («Proyecto esfumado»).

El motivo sencillísimo y humano, de que el gran amor no tiene palabras, encuentra acentos de originalidad en esta pequeña obra maestra. Esta facultad eminentemente plástica de expresar el sentimiento con un ademán triunfa también en el romance «El pastor camina a lomos del asno» [«Megy a juhász szamáron»]; un pastor que lleva demasiado tarde al lecho de muerte de su amada, manifiesta su desesperación con un bastonazo en la cabeza del asno ino­cente; gesto que en la mente del poeta quiere expresar no sólo el pudor del hom­bre de la llanura ante el dolor, sino tam­bién el del artista que renuncia heroicamen­te al patetismo. «La llanura» [«Az alfóld»] inaugura la serie de maravillosos paisajes de la llanura húngara.

El arte original de Petöfi transfiere a un plano de fantasía y poesía el típico paisaje, describiéndolo en sus variados aspectos con sus pastores y bandoleros, y lo introduce en la literatura europea, tal como Rousseau había hecho con los Alpes, y Lamartine y los poetas ingle­ses con los lagos. La poesía de Petöfi no es puramente descriptiva, sino transposi­ción del paisaje a un plano subjetivo, de modo que la llanura húngara, el «alfold», adquiere en la obra de Petöfi un signifi­cado íntimo y sentimental («¡Eres hermo­sa; llanura, eres hermosa al menos para mí!/Aquí se meció mi cuna, aquí he naci­do;/que me cubra aquí el sudario fúnebre, ¡que sobre mi cuerpo se eleve mi túmu­lo!»), o bien se convierte en símbolo de la patria y la libertad.

Es mérito de Petöfi haber sabido ennoblecer y elevar a valo­res humanos y poéticos lo que en sus pre­decesores era moda pasajera de actitud e ilusiones románticas. La evocación descriptivosentimental vuelve a encontrarse en la poesía «La casita en el bosque», com­puesta durante un viaje al norte de Hun­gría con otros poetas amigos, Tompa y Kereny, que se habían propuesto tratar el mismo tema romántico. El 1845 está seña­lado por un amor más o menos imaginario por una muchacha muerta desde hace tiempo, Etelka Csapó; el ciclo de elegías «Hojas de ciprés para la tumba de Etelka» [«Cipruslombok Etelka sirjáról»] es el tributo poético que Petöfi paga a esta pa­sión desgraciada.

El mismo año aparece también el ciclo «Perlas de amor» [«Szerelem Gyóngyei»] dedicado a Berta Mednyanszky, la heroína del nuevo amor des­graciado del poeta. También en estas can­ciones amorosas que gozaron de gran popularidad (a algunas incluso se les puso música: «Es, de noche», «Me volveré árbol»), la inspiración sentimental se funde con la cívica, con el entusiasmo por la libertad y sus luchas: «Fue ensueño de una guerra», «Si Dios…». «El buen viejo hostelero» nos hace volver a los temas sencillos y profun­dos de su poesía familiar: la figura del padre está vista en su humanidad, sin que la envuelva ninguna luz artificiosa; es «el buen viejo tabernero», que en la guerra de liberación se convertirá en «El viejo abanderado» (1848).

Inspirándose en Béranger inicia una serie de canciones satí­ricas contra la nobleza haragana («El no­ble húngaro») y también contra la exalta­ción de la naturaleza («Las ruinas de la czarda», «Hostería») y del pueblo («De la patria»: «Sobre mi pestaña tiembla una lágrima./Pueblo magiar, ¿es esto el resto del rocío/de tu aurora y de tu ocaso?»). En 1846 el poemita «El loco» [«Az orült»] expresa una tonalidad nueva: Shelley, Byron, Heine inspiran al poeta una misantro­pía transitoria — debida también a las decepciones amorosas, a dificultades de or­den económico y a los malévolos ataques de sus enemigos — que se condensa y crista­liza en los 66 amargos epigramas del ciclo «Nubes» [«Felhok»]. Pero el optimismo ju­venil del poeta no soporta por mucho tiempo aquel estado de ánimo desconsolado.

Pronto reacciona con el grito: «Destino, ábreme el camino para que pueda hacer algo por la humanidad»; y en el poema «Mis cancio­nes» [«Dalaim»] recorre toda la gama de los matices del sentimiento, desde los sue­ños más dulces hasta el odio más vehemente por el despotismo. Hasta que aparece el amor definitivo por Julieta Szendrey, que infunde nuevo calor de inspiración al ciclo de composiciones líricas dedicadas a la mujer amada: la forma de la canción po­pular se llena de sentimiento verdadero y personalísimo («Eres, muchacha more­na…», «Estoy enamorado», «La nube des­ciende», «Tiembla el ramaje», etc.).

La vi­sión titulada «Sueños de días sangrientos», opone de nuevo el amor de la mujer al dela libertad. En la elevadisima oda a la libertad universal, «Un pensamiento me aflige», el poeta-profeta vaticina su muerte gloriosa en el campo de batalla («Un pen­samiento me aflige,/el de morir en la cama entre sábanas,/apagarme lentamente como la flor/mordido por el diente de un gu­sano… Que yo caiga/en el campo de bata­lla,/que allí corra la joven sangre de mi corazón»), y, estableciendo una jerarquía entre lo que ama, dirá: «Libertad y amor,/ ambas cosas me preocupan. Por el amor daría la vida/y el amor por la libertad».

Este noble idealismo cívico, hostil a los compromisos con la conciencia, encuentra su expresión más elevada en la oda «Si eres un hombre, sé hombre» («La acción es más elocuente que todos los Demóstenes»), mien­tras la cuerda social se deja sentir pode­rosamente en «Palacio y casucha» y en el díptico «Canto de los perros» (es decir, es­clavos), al que se opone el «Canto de los lobos» (es decir, partidarios de la libertad).. En el poema «Los poetas del siglo XIX» proclama la misión del poeta de conducir, como una columna de fuego, el pueblo hacia el paraíso cananeo de la igualdad jurídica, espiritual y económica.

En János Arany, que con su trilogía Toldi (v.) ganó el concurso de la sociedad kisfaludiana, saluda al gran épico del pueblo: «Es ver­dadero poeta quien a la boca del pueblo/ hace descender el maná celeste de su pe­cho» («A János Arany»). A la misma inspi­ración social pertenecen la mayoría de poesías de aquel año, entre las que se distinguen, por su riqueza de sentimientos y altura de pensamiento, «Soy húngaro», «Mi primer juramento», «Luz», un poema filosó­fico en torno al problema del progreso, etc. La felicidad del amor por Julieta, con quien se casó, le hace renegar de toda sombra de pesimismo («¡Qué hermoso es el mundo!»).

El poeta se siente en feliz comunión con las cosas y en «La cigüeña», una de las perlas de su poesía descriptiva, el ave es exaltada como el símbolo de su tierra y su amor por la libertad. Entre las muchas poe­sías de 1847 son notables, por su delicada emoción, la epístola idílico-humorístico- ideológica «A Ladislao Arany», hijo del poeta amigo suyo, y «Pequeña hostería en la proximidad del pueblo», que describe a un grupo de jóvenes que se niegan a inte­rrumpir el baile cuando el señor se mete en la cama, pero dan fin al jolgorio para no molestar a una pobre campesina enferma. «A fines de septiembre», escrito durante su luna de miel en 1847, es una de sus me­jores poesías, no sólo por los valores for­males, sino por la intensidad del sentimiento y la pureza de los toques, como raramente se encuentran en la historia de la crea­ción lírica; el poeta prevé, en una música de hojas muertas, su próximo fin precoz y las nuevas nupcias de su mujer («Florecen todavía en el valle las flores del jardín…»).

Para completar el romanticismo de Petöfi no faltan tonos satíricos, y la poesía «El señor Pablo Pató» representa un Oblomov (v.) húngaro en estilo berangeriano. El año 1848 se inicia con un idilio en casa de un aldeano acomodado, que se siente feliz con su numerosa familia, con el calor de su estancia y con su filosofía («Velada de in­vierno»); el amor por la joven esposa le inspira las más hermosas poesías de la colección. Afluyen a sus labios definiciones espléndidas; vibra íntima y lozana la ri­queza del sentimiento, como en la conocida poesía: «¿Cómo he de llamarte?» [«Minek nevezzelek?»], traducida a todos los idiomas cultos.

Pero la pasión política vuelve a dominar, e incluso en los raros motivos descriptivos e idílicos, como «La puszta de invierno», se incluye la imagen de explícita alusión política: «Como el rey arrojado de los límites de su país,/el sol retira su mi­rada de los límites de la tierra… Cae ya de su. cabeza la corona ensangrentada». El poeta presta oído al retumbar de la tempes­tad que sacude a Europa. La oda titulada «Italia» exalta la revolución de Nápoles («Ya no de naranjas mortecinas, los árboles del mediodía/están cargados, sino de rosas rojas de sangre… Esos son tus soldados gloriosos y sagrados./¡ayúdalos, Dios de la libertad!»). (Algo más tarde, en «¿Cuán­tas semanas durará el mundo?», el poeta protestará contra el gobierno de Viena, que envía a húngaros contra sus hermanos ita­lianos).

Una poesía infantil, «La gallina de la madre», interrumpe por un momento la serie de poesías exclusivamente políticas y sociales. En el Canto nacional (v.), Petöfi saluda la revolución de marzo, pacífica­mente instaurada. Un anhelo de esperanza conmueve el alma del poeta, que se convier­te en voz de su pueblo: «A la libertad», «Se ha agitado el mar» (el mar de los pue­blos), «A los reyes», «Austria», «República», «Revolución», «Vida o muerte», «Honrad a los sencillos soldados», «Canto de batalla», «Ahorcad a los reyes», etc. Pero el poeta político no destruye al poeta de la llanura: «La llanura», «Kiskunsag», y es de este año su más hermosa poesía familiar, «En mi tierra natal», donde el poeta condensa en seis estrofas los dulcísimos recuerdos del país de su infancia o, por decirlo mejor, el sentimiento reflejo de los recuerdos que «intuye»: vuelve a ser niño, cabalga en su caballo de caña, tocando el pito de sauce; luego abandona la cabeza en el seno de la vieja nodriza muerta tiempo ha («Vuelve a sonar la campana de la noche,/caballero y caballo están cansados. /Vuelvo a casa, mi nodriza me acoge en su seno/y una canción de cuna brota de sus labios. /La escucho medio dormido: / Ramillete, ramillete de oro…»).

En «Al final del año», el poeta se despide del gran año y al mismo tiempo de la poesía y de la vida («Canta con fuer­za, lira mía, por si este canto es mi último canto»). Pero no teme a la muerte: sabe que su canto resonará en las rocas del Tiempo: los siglos. Las pocas poesías de 1849, año de la muerte del poeta, excepto alguna bre­ve pausa lírica y la conmovida elegía «Por la muerte de mis padres», son esperanzas, exaltaciones, incitaciones, himnos a la glo­riosa guerra de Transilvania, dirigida por el genial Bem, general polaco («El ejército transilvano», «A Vajda Hunyad», «Los si­cilianos»). «Desapareció como un hermoso dios griego», escribió de él otro poeta. [Existe una excelente antología de la lírica de Petöfi, traducida en verso por diversos autores, en la colección «Las mejores poe­sías líricas de los mejores poetas» (Barce­lona, s. a.)].

P. Kardos

Petöfi fue el poeta más verdadero. En su poesía está todo el sol de la puszta sal­vaje, el estremecimiento del caballo hún­garo y el fuego del ardiente vino magiar, la espléndida belleza de las muchachas húnga­ras… Murió dejando un libro de poesías que son de las más hermosas que se han escrito en Europa en los últimos cuarenta años.        (Carducci)

Orden de la serie de poetas inmorta­les: Petöfi, Homero, Dante, Shakespeare, Goethe. (Grimm)

Es difícil imaginar lo que hubiera suce­dido si Petöfi hubiese sobrevivido a la tra­gedia. Es difícil imaginar un aumento de inspiración y perfección en la juventud del sentimiento y en la naturalidad de la ex­presión artística. (G. Hankiss)