Poesías, Pablo Piferrer

La obra poética en lengua castellana del escritor catalán Pablo Piferrer (1818-1848) apareció en dife­rentes publicaciones periódicas y fue reco­gida, después de su muerte, por Milá y Fontanals en un volumen de Composiciones poéticas (Barcelona, 1858).

Antonio Elias de Molins, en su Diccionario biográfico y bi­bliográfico de escritores y artistas catalanes del siglo XIX (vol. II, Barcelona, 1889, pá­ginas 349-353), publicó otros tres poemas, de un interés estrictamente bibliográfico. Pife­rrer opera con una prodigiosa riqueza de elementos líricos, que hacen de él uno de los grandes poetas románticos de España. Milá reunió, en el libro que ya hemos citado, siete poemas y tres prosas líricas. Dos de los poemas, escritos en romance y dialecto an­tiguo, glosan, respectivamente, el viaje que la reina Isabel II hizo a Barcelona en 1840 y un episodio de la batalla de las Navas de Tolosa, extraído de la Crónica (v.) de Bernat Desclot.

«Alina y el genio» y «El ermitaño de Montserrat» son dos baladas escritas bajo la influencia del primer romanticismo alemán. «Retorno de la feria», cuya estructura se desarrolla en dos planos (uno estrictamente narrativo y otro en for­ma de «refrain» lírico), es un romance sen­timental que narra la muerte de una mujer abandonada que asiste a la boda de su amante olvidadizo. «La cascada y la cam­pana», cuyo clima romántico es genuina- mente germánico, sobrecoge por lo rotun­do del ritmo y la situación espiritual que traduce: «En cañada sombría/una cascada zumba;/de las peñas tajadas furiosas se de­rrumba,/y el negro sumidero en que bota y retumba / la engulle toda».

De lo más profundo de la cascada, «entre la niebla oscura/que la espuma levanta», surge una misteriosa figura: «Tú que el abismo miras [le dice], mira en esta cascada/del destino del hombre la imagen retratada :/salta, bri­lla, retumba, se abisma, se anonada;/después ¿qué es de ella?» -Más allá del límite de la vida no hay nada; por ello hay que vivir, hay que brillar, hay que proclamar nuestra fama, porque «después vendrá la muerte a anonadarte». El poeta se siente turbado, vacilante, cuando oye el tañido de una campana que le devuelve la fe. «La imagen de tu suerte contempla en la cas­cada [le dice la campana] :/en la hoya del peñasco/entera se anonada;/mas por caño escondido rebrota en la llanada/formando río».

El poema más conocido del autor, que Menéndez Pelayo incluyó en su rigurosa antología de Las cien mejores poesías de la lengua castellana, es la «Canción de la pri­mavera». La primavera es el nacimiento ma­ravilloso del mundo — naturaleza y amor —: «Sonido, aroma y color/(suene la gaita — ruede la danza )/únense en himnos de amor,/que engendra el himno/de la espe­ranza». Todos los años llega y se marcha, pero su vuelta — su renacimiento — no deja nunca de producirse. Por ello debe «sonar la gaita y rodar la danza», mas «la inocencia de la vida/(calle la gaita — pare la danza)/ no toma una vez perdida :/perdí la mía — ¡ay mi esperanza!».

El estilo, imitado de la poesía popular, se carga de sentido por la elaboración intelectual a que es sometido: en todas las estrofas se repite, de manera insistente, un verso («suene la gaita — rue­de la danza») y una palabra («esperanza»). El ligero cambio léxico de la última estrofa, que trae consigo un profundo cambio con­ceptual, da la medida exacta de la melan­colía y la desazón del poeta. Las tres prosas poemáticas que publica Milá, dos de las cuales son fragmentos de los Recuerdos y bellezas de España (v.), revelan un temblo­roso y alado romanticismo, que ha hecho pensar en las Leyendas (v.) de Bécquer.

J. Molas

Y he aquí cómo, para ser llamado poeta, no es necesario muchas veces más que haber escrito un par de poesías. (J. Sarda)

En los manuales de historia literaria se menciona ligeramente a Piferrer; más ancho espacio merece quien supo ser delicado y original poeta y crítico agudo de los clási­cos castellanos. (Azorín)