Reunidas en 1907, gran parte de su éxito se debe a la presentación entusiástica que hizo de ellas en 1903 Benedetto Croce en la Crítica, contraponiendo idealmente Salvatore Di Giacomo (1860-1934), el artista «ingenuo» e «inconsciente» al poeta-profeta por él combatido en D’Annunzio y Pascoli.
La colección comprende las poesías — en dialecto napolitano — dispersas en diversos libritos publicados anteriormente, Voce luntane (1891), 0 Munasterio (1887), Sunette antiche (1884), A San Francisco (1895), Ariette e Sunette (1898), Vierze nuove (1900), o en misceláneas de Piedigrotta. Con esta colección la fama puramente vernácula de Di Giacomo se convirtió de pronto en italiana, y hasta internacional : pareció y fue en cierto sentido la resurrección del «Volkslied», del candor de la inocencia poética en un mundo literario, ya tal vez demasiado malicioso y decadente.
De todas maneras también en el modo de hacer de Di Giacomo se entretejían, traducidos a su gráfico dialecto, actitudes tributarias del naturalismo y de la «macchia» entonces en boga : afanosas luchas entre la fe y la creencia, crueles acentos contra el ideal constituyen, por ejemplo, el poema ’O Munasterio, adaptación dialectal de las formas y el espíritu que se manifestaban en la Miranda (v.) de Fogazzaro y en otras narraciones en verso de los poetas de la «scapigliatura»; las «farenare» y las «friggitrici» de Di Giacomo tienen más de un elemento común con las estanqueras y las dependientas de Stecchetti y de Betteloni; los sonetos a San Francisco se inspiran en la poesía social de los vagabundos, los oprimidos y los «gueux» de Richepin.
Pero donde otros declaman, Di Giacomo objetiviza y describe: fuerza de síntesis que ha sido llamada justamente «su pobreza esencial». Las poesías más trabajadas de este primer período, en las que aparece con relativa frecuencia un crudo realismo, son los sonetos del ’O Fiinnero verde (compuesto con ocasión de la demolición de Nápoles, proyectada en 1883, después de la investigación Sa- redo), los siete famosos sonetos de A San Francisco, grandioso drama de honor y asesinato, y las célebres canciones musicadas por Tosti (v. Romanzas) de Capua, Costa, etcétera, «A Márechiare», «La luna nova», «Era di maggio», «E spingole fránçese», «A Capemonte», «Don Aceno ’e fuoco», etc., que hicieron de Di Giacomo el alma canora de Nápoles.
La obra maestra de aquel período es A San Francisco, desarrollada después en un drama homónimo (v.); la concentración dramática de aquellos pocos versos es inigualable. La venganza de Giuvanne Accietto, que se inicia contra la esposa infiel y termina luego en el amante de ella, a quienes la casualidad ha juntado en la misma sala de detenidos, es un escorzo de un poder expresivo que sobrepasa toda ponderación. El poeta lo trabajó a martillo, aseguran sus confidentes, durante varios años. Y lo tenía como medida de su arte. La crudeza anatómica de su realismo se va atenuando en las Ariette e Sunnette, y después en los Vierze nuove y finalmente en las Ariette e Sunnette nuove.
La lobreguez de A San Francisco, la perversidad del mal fraile de ’O Munasterio se purifican en un otoñal lamento por la desolación universal en una elegía acerca del deshacerse de la realidad: «Tutto, tutto se scorda,/tutto o se cagná o more»: son éstos quizás los versos reveladores del alma de Di Giacomo. En esta nueva fase la fisiología casi brutal de sus primeras inspiraciones cede a una objetiva y febril arcadia apenas modernizada en sus escenarios. La esplendidez estatuaria de los parques de Capodimonte y de Caserta parecen fascinarlo, los temas galantes y pastoriles de las porcelanas de Meissen y de Sèvres se reaniman bajo su pluma, las escaramuzas de los mozos y las molineras, de las sirvientas dueñas y de los solterones egoístas de Paisiello y de Cimarosa reaparecen al ritmo resbaladizo de las Canción- cillas (v.) de Metastasio.
Así Di Giacomo convertirá cada vez más el siglo XVIII en su época de elección, y le veremos modular variaciones sobre el cambio de las estaciones y la fragilidad de los amores y el galanteo y defenderse contra las flechas del amor. Durante aquellos años el esfuerzo erudito de Di Giacomo se había vuelto hacia las pálidas magnificencias del reino de Nápoles, y la antigua capital con sus palacios de Vanvitelli y sus residencias reales de Portici y Caserta, con sus admirables gremios de artesanos y sus teatros espumeantes de óperas bufas, se habían tomado un Edén de la fantasía. Sus últimas poesías son «colascionate», «ariette all’antica», «serenatelle», en las cuales se exhala la añoranza aflautada de amores y de gracias empalidecidas.
En esta singular extratemporalidad, en esta misteriosa e impersonal clasicidad está el secreto de Di Giacomo. Él no pertenece sino por algunos acentos a la poesía de su siglo: leerlo con el ánimo rebosante de vapores románticos y con el gusto con que se lee a un gran poeta moderno es un error colosal; pedirle a él, como a D’Annunzio y Pascoli, la confesión de las certidumbres interiores y de los esfuerzos de una época, es adoptar una perspectiva errónea. Es menester acercarse a Di Giacomo como nos acercamos a ciertas voces lejanas y apagadas, a Hafiz, a los autores de la colección Cantos populares (v.) de Herder y al Cuerno maravilloso del niño (v.), a ciertas Baladas (v.) de Goethe. Ciertas sentencias suyas tienen la serenidad marmórea de los dísticos esculpidos bajo las conchas de las fuentes o a los pies de las estatuas floreales que decoran los jardines «rococó» y toda su poesía es, en cierto sentido, anónima como un paisaje. Se le ha admirado como una implícita reacción contra la «confesión» y el subjetivismo; y se volverá a ella siempre en circunstancias semejantes. L. Giusso
Se puede decir de él lo que se dijo del gran Lope de Vega que, como los niños convierten cada objeto que cae en sus manos en un juguete, así él con cualquier incidente compone acto seguido una poesía… Un artista a quien yo quiero por la franqueza de su temperamento y por la intención y sobriedad de su arte. (B. Croce)
Un clásico en el sentido más exacto del vocablo. (Serra)
El Di Giacomo que más importa es el de los arietas. (F. Flora)

