Poesías, Mu’tamid

El último rey de la taifa de Sevilla, Muhammad ibn ‘Abbād, conocido por al-Mu‘tamid (1040-1095), gozó y sigue gozando de merecida fama en la poesía arabigoespañola, desde que le pro­digaron elogios todos los antólogos litera­rios (v. Dajīra, Qalā’idal-iqyān).

Gran mecenas, eje de la poesía de su época, en él pueden observarse tres aspectos: su ma­ravillosa vida, que es poesía en acción; su protección a todos los poetas, de al-Andalus y del exterior; su magnífica poesía. A su corte se acogió un verdadero enjambre de poetas, entre los que¿ por destacar sólo a los más importantes, citaremos a Ibn Hamdīs (v. Diwān), Ibn Zaydūn (v. Qaşīda en nūn), Ibn ‘Ammār (v. Qasīda en rā) y a Ibn al-Labbāna (muerto en 1113), su cantor aúlico; pero también protegió a otros mu­chos escritores, por ejemplo, al geógrafo al-Bakrī (v. Kitāb al-mamālik wa-l-masālik y Mu‘yam má istaeyama) y al astrónomo Azarquiel (v. Obras astronómicas).

Esto sólo bastaría para justificar su fama. Pero además fue un gran poeta, el mejor de su época, de una época de la que se ha dicho que un impromptu podía valer un visirato. Al-Mu‘tamid sobresalió tanto en la expre­sión del placer como del dolor, tradujo en sus poemas todas las vicisitudes de su vida. En su juventud y en su madurez, en la época de su reinado, cuando la fortuna le sonreía todo se traducía en alegría y pla­cer : la amistad, el amor hacia Rumayqiyya, una esclava con la que se casó porque fue capaz de completarle un verso, caprichosa, cuyos antojos Mu‘tamid transformaba en realidad; también cantó la satisfacción por sus éxitos militares y la vida alegre de su corte («Así soy yo en la tierra, entre escua­drones y mujeres hermosas que alian el esplendor con el alto rango.

Si las lorigas de los guerreros esparcen tinieblas, los va­sos de vino de las doncellas nos llenan de claridad. Y si las esclavas cantan acompa­ñadas de la cítara, las espadas de mis don­celes no dejan por eso de cantar también sobre los cascos enemigos»). Pero luego, cuando en 1091 perdió su reino y fue des­terrado por los almorávides, la desdicha se ensañó en su vida. Todo cambió para él. Su alegría se convirtió en dolor. Tras decir adiós a su Sevilla se embarcó en Triana (escenas cantadas por Ibn al-Labbāna) y pasó a Marruecos, confinado en Agmat, donde acabaron sus días en el destierro.

Allí escribió sus poesías más impregnadas de dolor, de un dolor espiritual, profundo, producido por el desnivel que mediaba en­tre su antigua vida y la del destierro, dolor que no pudieron mitigar las visitas de los poetas, pocos, agradecidos a sus favores de antaño. Allí escribió una sentida poesía a la cadena que le sujetaba («mi sangre fue tu bebida, ya te comiste mi carne; no aprie­tes los huesos») o recordó los días felices, pasados ya para siempre («era yo émulo de la lluvia bienhechora, señor de la genero­sidad…, pero ahora… parezco un objeto sagrado, víctima de la profanación, un pá­jaro con las alas rotas»).

Todo ello durante cuatro largos años, preso, recordando y llo­rando, pero pensando también en su fin, ocupado en escribir su propio epitafio, un epitafio lleno de melancólico orgullo y de triste dignidad («Mullan las nubes con perenne llanto/tu blanda tierra, oh tumba del exilio,/que del rey Ben Abbad cubres los restos…» «¿Qué quieres más, oh tumba? Sé piadosa/con tanto honor que a tu cus­todia fían./Él rugidor relámpago ceñudo,/ cuando cruce veloz estos contornos,/por mí, su hermano — cuya eterna lluvia/de mer­cedes refrenas con tu laude—,/llorará sin consuelo. Y las escarchas/en ti — lágrimas suaves, gota a gota—/destilarán los ojos de los astros,/que darme no supieron mejor suerte»).

Hasta hace poco todo lo que a él se refería estaba recopilado en la obra de R. Dozy Loci de Abbadidis (Leyden, 1846- 1863, tres vols.); pero recientemente se ha editado su Diwán (El Cairo, 1951). Trad. española de algunos poemas por Emilio García Gómez, en sus Casidas de Andalucía (Madrid, 1940), y también en su edición del Libro de las banderas de los campeones de Ibn Sa‘Id (Madrid, 1942). [Trad. inglesa del Diwán por Dulcie Lawrence Smith (Londres, 1915)].

D. Romano