Poesías, Gérard Nerval

Hasta época reciente, la obra poética de Gérard de Nerval (1808- 1855) había sido, si no olvidada, cuando menos muy desdeñada por la literatura universitaria: sus contemporáneos casi la desconocían y Sainte-Beuve hablaba con despego del «amable Nerval».

Sólo los eru­ditos y los poetas conocían y sabían apre­ciar sus hallazgos en lo que valían. La ma­nera como el propio Nerval había publicado su obra poética favorecía en cierto modo este desacuerdo. Ninguna colección de sus versos apareció en vida del poeta y se hace necesario aguardar la salida del sexto y último tomo de las Obras completas de la edición de 1877 para ver al fin reunidos estos poemas, entre los cuales, los más importantes aparecen en el apéndice de las obras en prosa: Pequeñas odas al final de Bohemia galante, y Las quimeras, al tér­mino de las Hijas del fuego.

La primera obra de Nerval había sido, no obstante, una colección de versos, bien malos por cierto; el pindarismo escolar, sin arrestos, de sus «Elegías nacionales» y de sus «Sátiras po­líticas» no nos brinda la menor originali­dad. Nerval, como casi toda su generación, se nos aparece aquí como un fervoroso del mito napoleónico, del Napoleón de 1793 y de los Cien Días, hijo de la Revolución, enemigo del partido clerical y de los jesuitas’. El tono de las odas que por entonces compone para alabar al héroe es franca­mente académico: «Largo tiempo los bardos le seguirán loando/Hasta que un mortal dilecto de los cielos/Entone su canto en laúd sonoro…» Por entonces, los maestros de Nerval eran Casimir Delavigne y Béranger.

De un valor muy diferente, a pesar de datar de la misma época y haber sido comenzada sobre los bancos del liceo Carlomagno, se nos ofrece su traducción del Fausto, que provocó la admiración del viejo Goethe y de la que sólo algunas partes aparecen versificadas (1828). Berlioz las puso en música y este Fausto le valió al joven autor inmensa popularidad. En la célebre balada del Rey de Tule (v.) el tra­ductor ha sabido captar toda la ingenuidad de la antigua poesía germánica junto con el simbolismo fantástico y sentimental, re­presentado aquí por «la copa de oro de amargo sabor».

Mencionemos las traduccio­nes hechas por Nerval de las poesías ale­manas de Klopstock, Goethe, Schiller. Bürger, etc. (1830), de gran interés por el influjo que sobre el romanticismo francés ejerció la alemania soñadora, metafísica y senti­mental,- y por llevarnos de la mano a las pequeñas composiciones publicadas hacia 1835, la mayoría en los «Anales románticos», que figuran al final del tomo de la Bohemia galante (1852); composiciones en las que se notan ya los primeros signos auténticos del genio poético de Nerval.

Ins­piradas en Ronsard, estas Odas rítmicas y líricas reflejan la existencia de «dandy» bri­llante y opulento que Nerval, beneficiario de una herencia familiar, llevaba por en­tonces en Doyenné acompañado por Gau­tier y Arsène Houssaye. Ningún ambiente podía estar más alejado de los grandes su­frimientos románticos. Un sabor renacen­tista y cierta claridad escapada de la «Pléyade» se desprendía de estas compo­siciones que Nerval rimaba con gran faci­lidad y de las que se cuidó tan poco que la mayoría terminaron por perderse. A pe­sar de que el metro de «Mariposas» y de «Santa Pelagia» recuerde exactamente el empleado por los poetas de la «Pléyade» y de que el pequeño poema «Abril» pueda atribuirse a Ronsard, la turbadora impreci­sión de estas composiciones las acercan de modo claro a la sensibilidad contemporá­nea.

En las «Cidalyses», donde se canta a las juveniles amantes arrebatadas por la muerte cuando apenas habían vivido, pero libradas así del abandono y del dolor, Ner­val hace presentir al Verlaine de las Fies­tas galantes (v.) : «¿Dónde están nuestras amantes?/Caídas en la tumba…» Estos ver­sos y los de «Fantasía» («Era una melodía por la que yo diera/a todo Rossini, Mozart y Weber…») fueron los que durante mucho tiempo crearon la celebridad de Nerval como poeta. Entre sus composiciones lige­ras, «Fantasía» nos atrae particularmente por su tema, que más tarde se convertirá en una de las obsesiones de la locura de Nerval: al conjuro del ensueño suscitado por un viejo aire «lánguido y fúnebre» surge un castillo Luis XII y una peregrina dama «rubia de ojos negros, envuelta en antiguas vestiduras…/¡Que en otra existen­cia, tal vez/He visto y a/Y de la que aún me acuerdo!».

Nostalgia de vidas anterio­res que cobrará cósmica amplitud en las Quimeras y de la que Baudelaire tomará buena nota para escribir «La vida anterior» de Las flores del mal (v.), al propio tiempo que en el soneto «Correspondencias» nos expondrá la teoría de un nuevo simbolismo, que Nerval emplea ya aquí; simple nota que se transmutará en signo de todo un mundo espiritual. Por otra parte, y también como Baudelaire, Nerval se inspira en el Sainte-Beuve de Vida, poesías y pensa­mientos de Joseph Delorme (v.), a ejemplo del cual esboza breves escenas íntimas, ligeras evocaciones de una jornada invernal en las Tullerías, ligada a un recuerdo de iniciación amorosa («La prima»).

Si Nerval sólo hubiera publicado las Odas no pasaría de ser un poeta menor, «gracioso», sin más, según calificativo de Sainte-Beuve; pero su verdadero timbre de gloria, el que le ha proporcionado un lugar excepcional en la literatura francesa, convirtiéndole en el más profundo de los románticos, lo cons­tituyen algunos sonetos de las Quimeras, publicados, al final de las Hijas del fuego, en 1854, un año antes de su suicidio. En ellos Nerval rompe con aquella poesía ora­toria con la que un Victor Hugo continuaba la gran tradición clásica. Aquí el mundo visible no se separa ya de ese universo invisible lleno de brumas, de los ensueños místicos de antiguas civilizaciones y de las amantes pérdidas o abandonadas.

El poeta logra el milagro de traducir el sueño que le persigue en imágenes de contornos muy precisos, guardando, al mismo tiempo, para sí la clave de estas correspondencias: poesía de lo eterno, éxtasis plenamente pagano de una emoción concentrada en un corto poema, que arrebata al oyente. Esta obra, donde todo son secretas armonías y que se diría escrita bajo el dictado de algún «de­monio», es quizás el ejemplo más perfecto de poesía pura que nos brinda la literatura francesa; en «Dèlfica» (1843), en medio de evocaciones italianas, surge una muchacha nombrada escuetamente, y alrededor de ella se ordenará, no un tema lógico y encade­nado, sino una magia, un sortilegio encan­tador, donde todo el efecto poético brota de la simple musicalidad.

Ciertas composi­ciones como «El desdichado» (en español el título) y «Artemisa», por ejemplo, son tan oscuras que jamás cesarán de atraerse los comentarios — vanos todos igualmente — sobre su significación; composiciones que por el prestigio de palabras privilegiadas —«príncipe de Aquitania», «tenebroso», «lira estelar», «sol negro…» — arrancan nuestra adhesión y el propio Nerval insistió sobre el aspecto misterioso de esta obra, escrita, según él, en un estado de «ensueño sobre­natural».

A Nerval, por su enfermedad, le fue concedido vivir de la manera más com­pleta esa experiencia del desdoblamiento que obsesionaba al romanticismo alemán, del .que se sentía ferviente partidario; en su sueño se trasladaba a un mundo de reminiscencias, de aventuras y sucesos vi­vidos muchos siglos antes de su nacimiento. Las mujeres que había amado (y Aurelia no cesaba de obsesionarle) se transfigura­ban en seres míticos: Melusina, la reina de Saba, y, a veces, en una sola figura sim­bólica («Artemisa») prototipo de las distin­tas encarnaciones del eterno femenino. «Joya arrebatada a la Dea Syria, a la diosa multiforme», dirá Maurice Barrès hablando de este último poema.

Como la mayoría de los románticos, Nerval experi­mentaba la necesidad de una nueva fe, pero indiferente en política, no podía de­rivar por el cauce del mesianismo social de Sand, Michelet y Lamartine; demasiado marcado por una formación anticlerical, se inició en la vasta religiosidad naturista ale­mana, ya que no podía pensar en reinte­grarse, pura y simplemente, al cristianismo. Por otra parte, siempre se había interesado por la teosofía (cfr. Los iluminados). Con las Quimeras cabalga sobre un mundo profético para entrar en comunión con los cultos de todos los dioses, visitar todos los santuarios y hacer revivir las profecías de la Sibila y a los héroes y sabios de la Antigüedad: «Volverán esos dioses que lloras sin cesar./Implantará el tiempo el orden de otros días./La tierra se estremece bajo un soplo profético…» («Dèlfica»).

Nada cristiano, por consiguiente, en la in­tensa religiosidad que rezuman la mayoría de estos poemas. Cuando Nerval evoca en cinco sonetos «El Cristo de los Olivos» (1844), lo hace siguiendo la tradición eso­térica y fija su mirada en la imagen de un Dios sacrificado, torturado por las dudas y que, ante sus ingratos seguidores que le traicionan durmiéndose, descubre la vacie­dad del propio Dios: «Todo ha muerto/He recorrido los mundos ;/He perdido mi vuelo en sus lácteos caminos…/Buscando el ojo de Dios, sólo he visto una órbita vasta, negra y sin fondo…» Indudablemente, el arte de Nerval debe mucho a la locura; ella es la que introduce al poeta, para perderle, en las regiones más sombrías del alma. Con todo son las Quimeras el amargo fruto de estos momentos de lucidez, por los cuales Nerval logra arrojar fuera de sí a los ne­gros demonios que le obsesionan.

Porque nada más cierto que si su poesía se debe a su locura, la primera también constituye una defensa contra la segunda: en estas composiciones, que revelan mejor que otras cualesquiera la cara nocturna del alma, nun­ca deja de sentirse, a pesar de todo, esta tenaz aspiración hacia la luz. Y continua­mente alternan los brillantes paisajes solea­dos con los más negros abismos. Incluso en «El desdichado», la más desesperada compo­sición de la serie, los sueños infernales se mezclan con reminiscencias de Silvia (v.) y luminosos recuerdos de amor: «En la noche de la tumba,-tú que me has consola­do,/Tráeme el Pausilipo y el mar de Italia,/ La flor de que tanto gustaba mi corazón desolado/Y el parral donde el pámpano se alía con la rosa…».

Un contraste análogo sorprenderemos en «Mito» (1854), donde la sofocante atmósfera de la primera estrofa del soneto se aclara y orea en los últimos versos: «…Siempre bajo las ramas del lau­rel de Virgilio/la pálida hortensia se une al mirto verde…» Aunque las Odas hayan servido para ayudar a los parnasianos a volver a una poesía más directa, siempre serán las Quimeras las que harán de Nerval una de las figuras dominantes de la poesía contemporánea. De aquí que el fervor en torno de estas últimas composiciones no haya dejado de incrementarse. Lo mismo que Nerval, fortalecido además por el ejem­plo de Edgar Poe, Baudelaire se esforzará en encerrar toda la emoción poética en un breve poema. De las Quimeras, los simbo­listas retendrán, sobre todo, el gusto por el misterio, por las visiones brumosas y por las imprecisas figuras de aire pretérito. Pero la auténtica posteridad de Nerval se inscribirá en la ruta que va de Arthur Rimbaud a los surrealistas.