Poesías, Alfred de Musset

La obra poética de Alfred de Musset (1810-1857) está recopi­lada en dos volúmenes, Primeras poesías [Premières poésies] y Nuevas poesías [Poé­sies nouvelles], definitivamente establecidos por el autor en 1852. Las Primeras poesías reúnen la producción hasta diciembre de 1832: su juventud poética.

Encontramos allí los Cuentos de España y de Italia (v.), el Espectáculo en un sillón (v.); a éstos se añaden otras composiciones donde hay todavía romanticismo convencional, abiga­rrado o sombrío, o alegría de fáciles canciones, pero también un dolor más sentido de poeta, como en «Les voeux stériles» y «Les secrètes pensées de Rafael»; y una interesante confesión de artista indepen­diente, libre ante dos escuelas opuestas: «Racine rencontrant Shakspeare sur ma table,/S’endort près de Boileau qui leur a pardonné».

Pronto alcanza el artista la madurez, que se demuestra en las .Nuevas poesías de 1883. Una sola vez vuelve el romanticismo desenfrenado en Rolla (v.); el acostumbrado aire despreocupado no oculta la emoción humana en «Une bon­ne fortune»; luego la gran experiencia de amor y de dolor eleva a Musset a la poesía de las Noches (v.) y del «Recuerdo». Esta riqueza de alma y acentos se encuen­tra también en la «Lettre à Lamartine», en las cuidadas estancias «À la Malibran», en el sincero anhelo de fe de «L’espoir en Dieu».

Pocos años dura este fervor, además del cual Musset se impone tam­bién por su maestría en el discurso en verso, como «Une soirée perdue» y las cu­riosas estrofas de «Après une lecture», con el saludo conmovido al «sombre amant de la mort, pauvre Léopardi». Así repite con gracia lafontainiana las historias boccaccescas de «Silvia» y «Simón». Este tenue calor también disminuye, y después de 1841, el poeta declina en repeticiones algo fati­gadas de canciones ligeras, de recuerdos apenas melancólicos, en poesías para mú­sica y de actualidad política («Le Rhin alle­mand», respuesta a la canción de Becker No lo tendrán el libre Rin alemán, v.). Ensa­yos escasos, pues el poeta, fiel a su idea, no se esfuerza en buscar la poesía cuando ella no va a su encuentro.

Las debilidades del hombre, la vanidad del «dandy», la «pose» con que ha querido realzar su figura de poeta romántico, aburrido, femenino, fácilmente irónico, sobre todo las peligro­sas profesiones del artista («Les plus désespérés sont les chants les plus beaux,/et j’en-sais d’immortels qui sont de purs san- glots… Lorsque la main écrit, c’est le coeur qui se fond… Vive le mélodrame oü Margot a pleuré»), más que las negligencias del versificador, causaron la áspera con­dena de los parnasianos, que tardó en levan­tarse por completo.

Pero la obra, que cierta­mente se resiente de tal actitud y de tal facilidad, vale más de lo que hoy corrien­temente se admite. El cantor del amor en las poesías más conocidas, es también un auténtico continuador de los poetas agudos, discursivos, sonrientes o conmovedores (Marot, Mathurin, Régnier, La Fontaine, Voltaire), representando un aspecto carac­terístico del genio poético nacional. En los dos volúmenes, más ceñidos y menos aban­donados de lo que creía o decía el autor, se encuentra la huella del alma, alguna vez el sonido de la verdadera poesía, y perduran como una de las más sinceras expresiones de la literatura romántica.

V. Lugli

Invoca cielo e infierno para sus aventuras de «.table d’hóte» y vierte un torrente fan­goso de errores gramaticales y prosódicos, siendo impotente para efectuar el trabajo gracias al cual la fantasía se convierte en objeto de arte. (Baudelaire)

Musset es más poeta que artista y quizás mucho más hombre que poeta. (Flaubert)

Su poesía es una conversación fascina­dora donde palpita toda su alma; todo se funde en ella, tristeza y sonrisa, sentimien­tos íntimos e impresiones externas; con pai­sajes inadvertidos e indefinibles matices, se eleva, desciende, cambia de tono. (Lanson)

Sólo concibió la poesía como efluvio de su vida, y su vida como efluvio de la poe­sía, con identidad perfecta… No tiene valor para elevarse por encima de sus estados de ánimo, contemplarlos, fijarlos y represen­tarlos con aquella objetividad que es como una justicia poética. (Croce)