Poesías, Miguel Hernández

La obra poética del escritor español Miguel Hernández (1910-1942) ocupa, en la edición Obra esco­gida (Madrid, 1952) los siguientes títulos: Perito en lunas (1933), El silbo vulnerado (1934), El rayo que no cesa (1936), Poemas sueltos (1935-1936), Viento del pueblo (1937), Cancionero y Romancero de ausencias (1938- 1941) y últimos poemas sueltos.

A través de sus libros podemos seguir la vida del poeta: cada uno representa un momento decisivo de su existencia. En el fondo de todos ellos hay una visión ruda y directa de la natu­raleza, fruto de sus primeros años de pas­tor en Orihuela, que fue progresivamente madurando con la lectura de los clásicos, especialmente de Garcilaso y Quevedo. A Miguel Hernández lo dio a conocer su amigo Ramón Sijé (fallecido muy tempra­namente y a quien el poeta había de dedi­car una famosa «Elegía») en la revista «El Gallo Crisis».

Después el poeta colaborará ya en las más prestigiosas revistas litera­rias: «Silbo», «Cruz y Raya», «ínsula», «Literatura», «Revista de Occidente», etc. El pri­mer libro de Miguel Hernández, Perito en lunas, apareció con un prólogo de Ramón Sijé en el que se alude a tres «lunas» o «períodos» de la obra del poeta. Escrito en octavas reales como el Polifemo, Perito en lunas es la contribución del poeta al home­naje a Góngora con motivo de su tricen­tenario, y entra en la misma línea (a pesar de haber aparecido unos años más tarde) que la Fábula de Equis y Zeda de Gerardo Diego (v. Poesías), de la Soledad tercera (Homenaje a don Luis de Góngora y Argote) (1627-1927) de Rafael Alberti (v. Poesías), de los estudios gongorinos de Dámaso Alon­so, etc.

Junto a la influencia de Góngora y de los poetas gongoristas hallamos en este libro otras de Paul Valéry, Jorge Guillén, etcétera. Entre Perito en lunas y Silbo vul­nerado — el libro siguiente — hay que colo­car un grupo de poemas («Corrida real», «Citación fatal», «El vuelo vulnerado», «Des­pués de un golpe de agua necesario», etc.), algunos de ellos de contenido católico, en los que aparecen claras formas culteranas y un sentido austero y ascético de la carne que se mantendrá a lo largo de toda su obra. El silbo vulnerado (cuyo título pro­cede de San Juan de la Cruz) es un libro de sonetos que estaba compuesto ya en 1934, pero que permaneció inédito hasta 1949 en que José M.a de Cossío lo publicó como apéndice a El rayo que no cesa.

Muchos de los sonetos de El silbo vulnerado fueron incorporados por el autor a El rayo que no cesa. En este libro, quizás el más famoso de Miguel Hernández, se acentúa, junto con la influencia culterana, la de otros poetas, como Garcilaso, San Juan de la Cruz, Lope de Vega, etc. El poeta utiliza incluso cier­tos arcaísmos que hacen más visibles estas influencias. En él hallamos los temas caros a Miguel Hernández expresados en sonetos perfectos, con alegorías y metáforas complicadas: el tema de la pena («Umbrío por la pena, casi bruno»), el del limón («Me tiraste un limón, y tan amargo»), del toro. («El toro sabe el fin de la corrida», «Como el toro he nacido para el luto»), de la au­sencia («Una querencia tengo por tu acen­to»), del amor («Por tu pie la blancura más bailable», «Te me mueres de casta y de sencilla», «Fatiga tanto andar sobre la are­na»), de la muerte («La muerte toda llena de agujeros»), etc.

En el mismo libro está incluida la «Elegía» («Yo quiero ser, llo­rando, el hortelano») que el autor dedicó a su amigo Ramón Sijé. En Poemas sueltos se acusa una influencia manifiesta de Pablo Neruda, de Vicente Aleixandre y del Ra­fael Alberti de Sermones y moradas (v. Poesías). Quizás el más importante de estos poemas sea la composición «Égloga», es­crita en 1936, y dedicada a Garcilaso con motivo del cuarto centenario de su muerte. Hernández llama a Garcilaso «un claro caballero de rocío», y evoca su cuerpo bajo el agua y su canto dolorido: «Sobre su cuer­po el agua se emociona/y bate su cencerro circulante/lleno de hondas gargantas dolo­ridas». La concepción de Viento del pueblo viene expresada claramente en el prólogo que escribió el propio poeta. «Los poetas somos viento del pueblo», afirma Hernán­dez, pero semejante actitud demagógica no podía ser eficiente en un poeta a quien era imposible renunciar a su cultura lite­raria.

Cancionero y Romancero de ausencias, publicado póstumo, obedece a una simpli­cidad de concepción semejante a las Can­ciones y Nuevas canciones de Antonio Ma­chado (v. Poesías). Se trata de un diario poético, en el que el autor desarrolla temas familiares, últimos poemas sueltos, en cam­bio, obedecen a un simbolismo más compli­cado y en ellos el poeta insiste en sus te­mas de siempre. De entre estos poemas cumple destacar: «Sonreír con la alegre tristeza del olivo», «Desde que el alba quiso ser alba», «Hijo de la luz y de la sombra» y «Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío» (los dos últimos desarrollan los motivos familiares que son constantes en la poesía de Miguel Hernández).

A. Comas

Todos los amigos de la «poesía pura» de­ben buscar y leer estos poemas vivos… Que no se pierda… esta voz, este acento, este aliento joven de España. (Juan Ramón Jiménez)