Poesías, Juan Ramón Jiménez

La obra lírica del gran poeta español Juan Ramón Jiménez (1881-1958), premio Nobel 1956, contaba al publicarse la famosa anto­logía de Gerardo Diego, Poesía Española: Antología 1915-1931 (Madrid, 1932), con los siguientes libros: publicados hasta 1925: Al­mas de violeta (Madrid, 1900), Ninfeas (Ma­drid, 1900), Rimas (Madrid, 1902), Arias tristes (1903), Jardines lejanos (1904), Elejías puras (1908), Elejías intermedias (1908), Las hojas verdes (1909), Elejías lamentables (1910), Baladas de primavera (1910), La so­ledad sonora (1911), Poemas májicos y do­lientes (1911), Pastorales (1911), Melancolía (1912), Laberinto (1913), Estío (1915), Sone­tos espirituales (1917), Diario de un poeta recién casado (1917), Poesías escojidas (Nue­va York, 1917), Eternidades (1918), Piedra y cielo (1919), Segunda antolojía poética (1922), Poesías escojidas (Méjico, 1923), Poesía (en verso) (1923), Belleza (en verso) (1923) y Unidad (1925).

El Diario de un poeta recién casado habrá de convertirse en el maravilloso Diario de poeta y mar. Con posterioridad a la antología de Gerardo Diego, las publicaciones más importantes de Juan Ramón son:. Poesía en verso y prosa (1920-1932) , Sucesión (1932), Canción (1936), Estación total (1946) y Animal de fondo (1949). El propio poeta nos define su actitud literaria en las palabras que ante­ceden a su selección en la antología de Diego, antes citada:

«1) Influencia de la mejor poesía «eterna» española, predomi­nando el Romancero, Góngora y Bécquer. Soledad.

2) El «Modernismo», con la in­fluencia principal de Rubén Darío. Soledad.

3) Reacción brusca a una poesía profun­damente española, nueva, natural y sobre­natural, con las conquistas formales del «Modernismo». Soledad.

4) Influencias jenerales de toda la poesía moderna. Baja de Francia. Soledad.

5) Anhelo creciente de totalidad. Evolución consciente, seguida, responsable, de la personalidad íntima, fue­ra de escuelas y tendencias. Odio profundo a los ismos y a los trucos. Soledad.

6 y siempre) Angustia dominadora de eterni­dad. Soledad». Esta es la «Síntesis ideal». Su poética la distribuye en tres aparta­dos: «Poesía: Creo en la realidad de la Poe­sía. Y la ¡entiendo como la eterna y fatal Belleza Contraria que tienta con su seguro secreto a tal hombre de espíritu ardiente. Poeta: Creador oculto de un astro no aplau­dido. Relación: Yo tengo escondida en mi casa, por su gusto y el mío, a la Poesía. Y nuestra relación es la de los apasio­nados».

Las palabras que anteceden nos muestran hasta qué punto vive el poeta entregado a la pasión de la poesía y al propio «métier». Su obra, por esta actitud tan claramente manifestada, tiene una raíz romántica, en el sentido de identificar la poesía con su vida. Pero antes de entrar en el valor intrínseco de la poesía de Juan Ramón, debemos considerar el momento histórico en que ella nació y la huella que de forma decisiva imprimió en la historia de nuestra poesía contemporánea. Toda la generación de la «poesía pura» — indiscu­tiblemente uno de los momentos culminan­tes de la historia de la poesía española — es hija de Juan Ramón. Su influencia en Lorca, Alberti, Salinas, etc., es patente! Alberti, por ejemplo, no sólo imita a Juan Ramón en su Marinero en tierra (v. Poe­sías), sino que la carta del poeta de Moguer enviada al autor es reproducida en forma de prólogo.

Es el momento en que las jóvenes promociones literarias viven de espaldas a dos grandes poetas, Antonio Machado y Miguel de Unamuno, que hasta el presente no han sido reivindicados como es debido. Los primeros poemas de Juan Ramón se caracterizan por lo que los crí­ticos han llamado el «predominio de lo mu­sical», por el influjo del simbolismo y del modernismo, la preferencia por los jardi­nes y ambientes melancólicos, por lo suave y entrañable. En él se aprecia un cambio ostensible en la elección de los colores, influencia manifiesta del simbolismo. Ya el primer poema con que se abre su Segunda antolojía poética nos lo muestra claramente: «Se paraba/la rueda/de la no­che…/Vagos ánjeles malvas/apagaban las verdes estrellas».

La lírica de Juan Ramón partiendo de este sentimentalismo «fin de siglo» habrá de levantarse hasta las alturas de lo poéticamente más puro. Toda la poe­sía de este tiempo está llena de un am­biente que nos recuerda el mejor Bécquer. En su poesía hay una constante fusión del paisaje con elementos o situaciones sensi­tivas, todo en una mezcla de romanticismo y panteísmo. La famosa frase de que el «paisaje es un estado de alma» se acentúa, si cabe, en la poesía del autor, hasta el punto de que este paisaje posee y tiene un alma, sufre, es imagen del dolor o del gozo del poeta («El valle tiene un ensueño y un corazón»). Motivos melancólicos, románti­cos, impresionistas, dominan toda esta pri­mera parte de su obra.

Pero constantemente hallamos la metáfora modernista, que tanto influjo habrá de tener en la poesía espa­ñola posterior: la luna es la fuente del cielo: «Luna, fuente de paz, en el prado del cielo;/¿tu surtidor florece hasta Dios? ¿Qué inmortales/auras ornan de azul tu insomne desconsuelo ?/¿ Te derramas, llorando, en estrellas virjinales?/¿0 almas de margari­tas esmaltan tus agrestes/laberintos, con luz de castidad sin colores?»; la visión del mundo en primavera nos es descrita en forma panteísta: «Dios está azul. La flauta y el tambor/anuncian ya la flor de prima­vera»; las situaciones extravagantes: «Cómo suena el violín por la viña…»; la pureza de la hora del Ángelus: «Hora de castidad. ¡Ánjelus!/…Apartaos/pensamientos de carne./Que todo sea rosa, rosa, rosa,/como esta luz de luna de la tarde»; la visión de paisajes en los ojos de la amada: «Y mientras me miraba, cojiéndose el cabe­llo,/en sus ojos floridos las praderas pasa­ban».

Pero todo esto, es decir, su produc­ción anterior a la publicación del Diario… es calificada por el poeta de «borradores silvestres». Este libro es el comienzo de la plenitud poética del maestro. Podríamos decir que ya no están atentos sus ojos a las luces melancólicas, a los colores de las plantas y de los paisajes. Es ahora el alma sola que se abre al mundo. Las palabras introductoras de este libro nos lo aclaran suficientemente: «No el ansia de color exó­tico, ni el afán de «necesarias» novedades. La que viaja, siempre que viajo, es mi alma, entre almas. Ni más nuevo, al ir, ni más lejos; más hondo. Nunca más diferen­te, más alto siempre. La depuración cons­tante de lo mismo, sentido en la igualdad eterna que ata por dentro lo diverso en un racimo de armonía sin fin… En la tarde total, por ejemplo, lo que da la belleza es el latido íntimo de la caída idéntica, no el variado espectáculo externo; la exactitud del latido…»

Ya en el primer poema del libro anotamos estas palabras: «¡Qué cerca ya del alma/lo que está tan inmensamente lejos/de las manos aún!» La metáfora por otra parte se ha estilizado y ha profundi­zado su significación: «¡Tan finos como son tus brazos,/son más fuertes que el mar!», metáforas éstas que ya se insinuaban en algunos libros anteriores, como Estío («Sólo tú me acompañas, sol amigo,/como un perro de luz lames mi lecho blanco…»). Pero este mar es en sí mismo la suprema metáfora del poeta, cifra y resumen de su mundo, es el mar «enclavado a lo eterno eterna­mente». Todo está descrito con una preme­ditada sencillez, con los menos elementos posibles, con la imagen que define con toda precisión (la Giralda es «palmera de luz»). Pero esta pura voz nace en el fondo del alma y hay que esperarla y saberla escuchar: «Como una luz de estrella,/como una voz sin nombre/traída por el sueño, como el paso / de algún corcel remoto / que oímos, anhelantes,/el oído en la tierra…/Y se hace la vida/por dentro, con la luz inextingui­ble/de un día deleitoso/que brilla en otra parte»; el mar se presta a comparaciones con la amada, sus olas llegan a ser símbolo del conocimiento, etc.

Juan Ramón ha ido anulando los detalles anecdóticos, hasta lle­gar a lo más puro, camino por el que habrá de seguir Jorge Guillén. Frente al roman­ticismo del principio, el poeta exclamará: «¡Intelijencia, dame/el nombre exacto de las cosas!/…Que mi palabra sea/la cosa misma,/ creada por mi alma nuevamente». Y ya en posesión de esta plenitud tot al del verbo poético, exclamará: «¡Palabra mía eterna!». El propio poeta nos describe su evolución en el poema «La poesía»: «Vino, primero, pura,/vestida de inocen­cia;/y la amé como un niño ./Luego se fue vistiendo/de no sé qué ropajes;/y la fui odiando, sin saberlo ./Llegó a ser una reina, /fastuosa de tesoros…/-,Qué iracundia de y el y sin sentido!/… Mas se fue desnudan­do./Y yo le sonreía./Se quedó con la túnica /de su inocencia antigua ./Creí de nuevo en ella./Y se quitó la túnica,/y apareció desnuda toda…/¡Oh pasión de mi vida, poesía/desnuda, mía para siempre!» Si, como han advertido los críticos, Diario… marca una segunda época o un segundo estilo en la obra de Juan Ramón, lo cierto es que a partir de 1936 debemos considerar una tercera época o estilo de su obra.

Pero lo formidable en este poeta de la constante y consciente depuración es que nunca descansa en un modo o estilo, como si al llegar a él — a pesar del entrañable debatirse del alma — hubiera alcanzado ya su perfecto cénit. Para Juan Ramón Jimé­nez cada día, mejor, cada hora, es un forcejeo para obtener lo más puro, lo más hermoso de la creación que jamás descan­sa. Lo que le distinguió, desde su aparición en la poesía española universal, de todos los demás poetas es que aun sabiendo su superioridad, conociendo la densa catego­ría de su mensaje, nunca lo dejó acarto­narse, insensibilizarse en la forma hallada; sino que, escultor de sí mismo, perenne­mente seguiría hasta el último día de su soplo humano depurando la palabra que su inspiración utilizaría como puente entre su alma y su mundo externo. En Animal de fondo, su último libro hasta ahora pu­blicado, hay una nota en la cual el poeta advierte que los poemas que lo constituyen «son una anticipación de mi libro Dios deseante y deseado».

Y sigue diciendo: «Para mí la poesía ha estado siempre ínti­mamente fundida con toda mi existencia y no ha sido poesía objetiva casi nunca». He aquí uno de los más bellos poemas de Animal de fondo: «Tú me llevas, concien­cia plena, deseante dios,/por todo el mundo./En este mar tercero,/casi oigo tu voz; tu voz del viento/ocupante total del movi­miento;/de los colores, de las luces/eternos y marinos./Tu voz de fuego blanco/en la totalidad del agua, el barco, el cielo ./linean­do las rutas con delicia,/grabándome con fúljido mi órbita segura/de cuerpo negro/ con el diamante’ lúcido de su adentro».

C. Conde-A. Comas

No podrá darse una más sugeridora idea­lidad basada en una más escrupulosa y menudamente observada realidad. El acer­camiento a la vida real es — lo repetimoslo que ha determinado el espléndido rena­cimiento de nuestra lírica y ha hecho po­sible un poeta tan delicado y sutil como Juan Ramón Jiménez. (Azorín)