Juana Borrero es un caso de extraordinaria precocidad poética. Nace en La Habana, en 1878; muere lejos de la patria, en los Estados Unidos, en 1896. En 1895 da en un volumen de versos, cien páginas, bajo el título de Rimas su producción poética, que comenzó a escribir antes de los diez años, al tiempo que daba muestras de sus dotes de pintora.
Julián del Casal, una de las figuras centrales de la renovación de la poesía hispanoamericana, nos da la semblanza espiritual de la poetisa en la delicada composición Virgen triste, en la que hay la premonición de la prematura muerte de Juana Borrero: «¡Ah! yo siempre te adoro como un hermano/no sólo porque todo lo juzgas vano/y la expresión celeste de tu belleza/sino porque en ti veo ya la tristeza/de los seres que deben morir temprano». La poesía de Juana Borrero es de una honda sensibilidad. Las emociones y las imágenes se hacen cada vez más interiores. La sincera melancolía está más allá de las palabras.
La poetisa, muerta a los dieciocho años, supo dar forma noble a la pasión espiritual de su vida — sus puros amores con el poeta Carlos Pío Uhrbach, que murió en la guerra luchando por la libertad de Cuba—, supo sentirla profundamente y dejó solamente que con suavidad se presintiera. La estrofa final de última rima, escrita después de la impresión de su libro, nos da una clara noción de la tonalidad de su obra: «¡Dame el beso soñado en mis noches/en mis noches tristes de penas y lágrimas/que me deje una estrella en los labios/y un tenue perfume de nardo en el alma!» Dulce María Borrero de Luján (1883-1945), hermana de Juana, de la que nos ha dejado una fina evocación que leyó en el Ateneo de La Habana y que se publicó en la «Revista Cubana» después de su muerte en 1945, en el libro único que dio a luz, Horas de mi vida (1914), recoge su obra poética, de delicada tonalidad lírica y de honda desesperanza.
Continúa en su obra una tradición familiar: su abuelo paterno fue poeta; lo fue su padre, que era también un notable hombre de ciencia, el Dr. Esteban Borrero Echevarría; ya hemos hablado del «caso» de su hermana, Juana Borrero. Como Juana, fue también Dulce María Borrero una muy distinguida pintora de flores y naturalezas muertas.
J. M. Chacón y Calvo

