Poesías, Gottfried Keller

[Gedichte]. Como su contemporáneo y amigo Theodor Storm, también Gottfried Keller (1819-1890) inició su carrera artística con la poesía. Y como, lo mismo que su genial compatriota Meyer, proviene de la pintura, sus poesías y obras juveniles son pintura expresada líricamente.

Son interesantes por este aspecto, aunque la técnica del verso y del idioma sean todavía insuficientes y él mismo confiese haberse sentido al principio muy influi­do por Heinrich Heine. Pero pronto su­pera aquellos pecados de juventud, y su poesía adquiere la típica gracia sencilla y viva, la plástica evidencia que han hecho de él un maestro del realismo. Después de la publicación de una primera colección de poesías a cargo de su amigo Folien en 1846, siguió, en 1851, una edición cuidada por el mismo autor, con el título Nuevas poesías [Neue Gedichte], que contiene lo esencial de su lírica; en 1883 apareció la colección completa de sus poesías [Gesammelte Gedichte], Desde el principio, su alma sencilla de suizo se siente atraída’ por la fascinación de la poesía popular, y sus «Viejas arias» [«Alte Weisen»], casi todas puestas en música, han entrado a formar parte del patrimonio de los cantos populares, como «¡Oh, muchachito!, ¿por qué me miras?» [«Viel junger Knabe…»].

Los dos ciclos «Sepultado vivo» e «Idilio del fuego» son novelitas breves en verso, como las escribió más adelante Paul Heyse, ricas en reflexiones e incluso en imágenes algo extravagantes. El primero («Lebendig begraben») es la extraña historia de un supuesto muerto que se despierta en la tumba. El segundo («Feuridylle») tiene ya su nota pintoresca y humorística: estalla un incendio y todos, después de asegurarse de que no es en la propia casa, acuden al lugar como a una diversión; arde la casa de un viejo avaro, y el fuego descubre y devora uno tras otro todos sus viejos se­cretos. Una fuerte influencia ejerció sobre el poeta el arte de su amigo el pintor Arnold Bocklin; «Noche de invierno» [«Winternacht»] es una grandiosa visión a lo Bocklin: una planta marina helada emerge del agua y una sirena trepa por ella tra­tando en vano de romper con sus blancos miembros la capa de hielo que la cubre; es el símbolo doloroso de la naturaleza prisionera.

La naturaleza es la verdadera musa de la poesía de Keller; no hay es­tación, hora del día, fenómeno natural, que no le haya inspirado un poema; en pocos poetas se manifiesta una comunión tan íntima entre la naturaleza y la realidad de la vida, con sus alegrías y dolores. Así en el «Silencio de la noche» [«Stille der Nacht»] el poeta siente que se desvanecen todos sus sufrimientos y amarguras, como si Dios le «revelase al fin su nombre»; y «Bajo las estrellas» [«Unter Sternen»] el hombre se siente unido «al Todo y al Uno». Hermosísimas descripciones nos ofrecen los «Cantos selváticos» [«Waldlieder»] con el viento que silba entre las copas de las encinas; o «Noche tempestuosa» [«Wetternacht»] con sus ráfagas de lluvia y la furia de los elementos, ante las cuales todo or­gullo humano «se rompe como una caña»; o la consoladora «Mañana» [«Morgen»], que con la salida del sol renueva cada vez la esperanza, como una flor que se abre.

En «Escolares vagabundos» [«Fahrende Schüler»] los alegres muchachos, templados por la aventura y el vagabundeo, confiesan a las mujeres hermosas su fe optimista en la vida y su religión de la realidad inma­nente, que es también la religión de Keller. Quizás una de sus poesías más hermosas es «Canto de la tarde» [«Abendlied»], don­de los ojos son comparados a ventanitas que dejan entrar las imágenes del mundo: «¡Bebed, oh ojos, lo que los párpados cap­tan/de la áurea riqueza del mundo!», pa­labras que pueden servir de lema a toda la época literaria del realismo, con su ale­gre afirmación de la realidad y de su belleza. El paisaje suizo es, naturalmente, la primera fuente de inspiración para Keller; pero también la próxima alemania y particularmente las tierras del Rin ins­piran sus poesías, como en «Cuadros del Rin» [«Rheinbilder»], etc. El amor, en cam­bio, ocupa muy poco lugar, y cuando surge es de naturaleza melancólica o resignada; sin desvaríos románticos, empero; la me­lancolía está expresada con virilidad co­medida y ordenada.

Así en «Melancolía» [«Melancholie»] ésta se le aparece, como al pintor Alberto Durero, cual «mujer pen­sativa, iluminada por una luz interior», que con la asidua actividad de su pensa­miento aleja todos los demonios. Dulce re­signación emana de los hermosos versos «Al corazón» [«An das Herz»], que es una casa abierta en la que todos entran y salen, profanando el sagrado derecho de la hos­pitalidad; alguna vez, sin embargo, busca asilo un alma fiel. La muerte, después de la cual para Keller, seguidor de Feuerbach, no hay resurrección, no tiene para él nada de desesperado ni desconsolador; un soplo de belleza vibra siempre por en­cima de ella, por cuanto es la última y fatal conciliación y fusión con la natura­leza. Graciosísima es «La vela de las rosas» [ «Rosenwacht» ], donde las rosas velan el lecho mortuorio de un joven hasta que, el tercer día, abandonan también su vestidura terrenal en las manos paternales del Señor de la vida.

En el primero de los tres sone­tos «Niños» [«Von Kindern»], un mendigo, embriagado de vino otoñal, sale de la ciu­dad seguido por una pandilla de chiquillos y se duerme en un zarzal; de mañana, cuando los niños siguen- durmiendo, des­pierta de su embriaguez en el cielo. Muy conocida es la «Pequeña pasión» [«Die kleine Passion»] especie de balada que describe la lenta muerte de un mosquito sobre el libro abierto del poeta, encima de la palabra «quiero». Tienen especial importancia las poesías de carácter patrioticopolítico, compuestas en su mayoría en ocasión de fiestas, conmemoraciones, etc. Hay el ciclo juvenil «Pandora», que arre­mete contra los enemigos internos de su patria y contra los jesuitas con acentos de odio apasionado, que nunca volverán a repetirse en la madurez pacífica del poeta. Más tarde se inspiró en las poesías polí­ticas de Herwegh y Fleiligrath, para cantar la libertad de los pueblos.

Una de sus poesías de ocasión mejor logradas es el «Prólogo a la conmemoración de Schiller en Berna», de 1859, donde el cantor de Guillermo Tell se le aparece como encar­nación de su ideal de belleza y nobleza humanas. Hermosos versos conmemorativos están dedicados también a Beethoven en el centenario de su nacimiento (1870) y en «Ufenau» a Ulrich von Hutten, el ca­ballero de la libertad en la época de la Reforma, que murió prófugo en la isla del lago de Zürich. En cuanto a la forma de la poesía de Keller, en los primeros tiem­pos empleó a menudo estrofas complicadas, pero fue simplificándose, escogiendo con preferencia la cuarteta o la octava; trató también con maestría el soneto. Si el cam­po propiamente dicho del arte de Keller es la novela corta, tampoco faltan a su poesía los relevantes méritos que hacen tan atractivas y apreciadas sus más célebres obras en prosa.

C. Baseggio-E. Rosenfeld