Poesías, Juan María Gutiérrez

El crítico, inves­tigador y poeta argentino Juan María Gutiérrez (1809-1879) no recogió hasta la vejez su obra poética dispersa en periódicos hoy olvidados.

Apareció en 1869, muchos años después de haber vuelto de la proscripción en que la compuso casi toda. Las prece­dió de una «Advertencia franca y modesta», que es una amable defensa de la poesía. Formaron la colección tres secciones: las composiciones cívicas, las nacionales y las «varias». Encabeza las primeras un canto polimétrico «A mayo», que logró por acla­mación la medalla de oro en el histórico certamen poético celebrado en Montevideo el año 1841. El tirano Rosas es objeto de anatemas en varias composiciones, como lo fue por parte de todos los proscritos. Otras cantan las glorias de Chile, país donde el autor residió siete años.

Las cuatro cuar­tetas que llevan por título «La bandera de mayo», escritas en Chile, han alcanzado la popularidad; los dos versos iniciales, «Al cielo arrebataron nuestros gigantes padres/ El blanco y el celeste de nuestro pabellón…», pertenecen hoy al tesoro de los re­cuerdos escolares de los argentinos. Nacio­nales llamó Gutiérrez las poesías inspira­das en la naturaleza americana y las leyen­das indígenas. Son las más felices entre las suyas. Las hay también descriptivas entre las «varias»; muchas de ellas circunstan­ciales y de álbum, otras compuestas en el mar mientras el desterrado se dirigía a Eu­ropa con su amigo Juan Bautista Alberdi; destácanse en el grupo los fragmentos de «El Edén», poema de filiación byroniana puesto en verso a bordo por la noche sobre el texto en prosa que Alberdi escribía por la mañana.

Clásico por instinto y cultura, carece Gutiérrez de la fantasía de Mármol y de la abundancia, aunque desmañada, de Echevarría — de quien publicó y prologó las obras completas —; pero se recomienda por el primor y la gracia del color y el dibujo y por la pulcritud de la elocución.

R. F. Giusti