La producción lírica del poeta mexicano Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895) fue recopilada después de su muerte por su amigo Justo Sierra en 1896.
Gran parte de dichas poesías aparecieron en la «Revista Azul», mediante la cual Gutiérrez difundió la poesía europea de su época en México, colaborando de ese modo a la renovación literaria hispanoamericana. Gutiérrez formó parte del grupo de poetas sudamericanos (F. A. Gadivia, J. del Casal, J. Asunción Silva, J. Díaz Mirón, Amado Nervo y por encima de todos Rubén Darío) que aun sin un ligamen común, desde México a Nicaragua, reaccionan cada cual a su modo contra la anemia intelectual manifestada en la América española después de 1880.
Estos poetas renegaron al mismo tiempo de la retórica del falso clasicismo y del vaporoso romanticismo de los becquerianos retardados, dirigiendo su atención a las últimas experiencias francesas que respondían mejor a las necesidades de la nueva expresión. La poesía de Gutiérrez señala precisamente el tránsito de la última fase romántica al Simbolismo (v.). La caracteriza una atmósfera de recogimiento, de intimidad, de gracia melancólica, en actitudes correctas y equilibradas, que buscan sus ritmos preferentemente en las ondulaciones largas de los alejandrinos.
Donde cae en la efusión sentimental hace pensar, remotamente, en lo «discursivo poético» de los poetas «crepusculares» italianos, como sucede en los dodecasílabos de «De blanco»; cuando se abandona a cierta facilidad de ritmo, recuerda las complacencias de los románticos europeos menores, como por ejemplo en los decasílabos de «La duquesa Job», en los versos libres de «Después…», en los endecasílabos y heptasílabos de «Mis enlutadas». Pero el acorde perfecto entre la indicada clase de inspiración y la compostura y el decoro de la forma hacen frecuentemente de él un poeta original, y el grupo de sus mejores poesías, donde domina la imagen insistente del amor y de la muerte, le asegura un lugar definitivo en la historia de la poesía americana en lengua española.
Léanse entre ellas: «Desconocida», «Non omnis moríar», «Para entonces»: las cuatro cuartetas de esta última, que expresan el deseo del poeta de extinguirse en la melancólica belleza de la hora que precede a la vejez, a orillas del mar mientras la luz de la última hora del crepúsculo se retira sobre las olas, dan la medida de su genuina expresión.
G. C. Rossi

