Poesias, Juan de Arguijo

El poeta erudito, de la escuela de Herrera, músico en varios instrumentos, don Juan de Arguijo (1564- 1623), veinticuatro de Sevilla, fue cono­cido y alabado por todos los poetas de su tiempo, a causa de su bolsa liberal y agradable trato.

Lope de Vega, en el Laurel de Apolo (v.) lo reconoce «del sacro Apolo y de las musas hijo». Asimismo Rodrigo Caro ve en él, más que a un «elegantísimo poeta», al «Apolo de todos los poetas de España». Las poesías de Arguijo son, dada esta circunstancia, más conocidas por su fama que por la lectura. Varias de ellas se compusieron para responder a elogios y no tienen mayor interés. Por otro lado, la pérdida de su fortuna apartó a Arguijo del cultivo regular de la poesía, con lo cual quedó sin terminar su proyectada «Centuria (de sonetos) que començó a hazer». Esta colección de sonetos, de los que llegó a componer 62, es la obra fun­damental de Arguijo, publicada en su mayor parte en 1605.

Menéndez Pelayo dice del autor que «cincelaba con primor de artífice toscano». Los sonetos van nu­merados siguiendo, a no dudar, el orden cronológico de redacción, puesto que en él se entremezclan tonos y temas. Predominan los de mitología e historia antigua, y se imita con alguna frecuencia a los autores clásicos. El primer soneto es el titulado «Dido y Eneas», en el cual Eneas cuenta a la «reina fenisa» la epopeya de Troya, al tiempo que la enternecida Dido siente que le abrasa el pecho «un incendio nuevo y mayor» que el de la ciudad per­dida. «Troya», la ciudad, es quien habla luego en el segundo soneto: «Troya fui, de los dioses obra ilustre…» En cambio, el tercer soneto está dedicado a celebrar «La constancia», en un tono natural y pro­pio de la época, como el octavo a meditar el tiempo, para su amigo Fernando de Saavedra: «Larga carrera, plazo limitado/tie­nes, veloz el tiempo corre, y queda/sólo el dolor de haberlo mal perdido». «Al Gua­dalquivir, en una avenida» se refiere el soneto noveno, para que en sus ímpetus respete los antiguos muros de Sevilla, por la cual es el río tan famoso.

Pero lo que predomina es el tema clásico, en compo­siciones tituladas «A Baco», «A la muerte de Cicerón», «Fabio y Licori, ramera», «Apolo a Dafne», «Dido», imitación de Ausonio; «Ariadna», imitación de Catulo; «Ulises», «Píramo» (dos sonetos), «Orfeo»… Intercaladas con los sonetos se encuentran algunas composiciones diversas: una «Can­ción en la fiesta que la ciudad de Jerez hizo a los mártires Eutiquio y Esteban», con la cual se celebra la alegría de la ciu­dad y se hacen votos para su prosperidad, sobre el fondo de las antiguas desgracias jerezanas. Una «Epístola» que con pesimista acento da cuenta de su dolor, a través de reiteradas citas de los clásicos y referencias históricas. Con lo cual la noticia de su alejamiento por la epidemia queda ahogada bajo un bordado de formas: «Con no menor castigo que vio Nápoles,/en nuestra edad/ cuya ruina insólita/aún no ha acabado de llorar Parténope…».

Una silva, «A la vihue­la», que considera la importancia de la celebrada lira — apaciguadora de tempes­tades — para calmar el dolor del corazón humano: «Admitir debe la música sono­ra,/quien sus desdichas sin remedio llora». Hay también una traducción de unos ver­sos de San Gregorio Nacianceno, y final­mente una canción de corte pastoril sobre el tema de la amistad entre Arcicio y Tircerio. Amistad amorosa, truncada por la muerte, e invocada por el recuerdo y la nostalgia de Arcicio, «del Betis en la orilla».

R. Jordana