Poesías, Manuel María de Arjona

Del grupo de poetas que componían la escuela sevillana formaba parte Manuel María de Arjona (1771-1820), quien, acaso por haber residido durante largos años en Roma, se desvía un tanto de la tónica general de la escuela para manifestar un decidido gusto por el estilo y maneras de los poetas italianos y tam­bién por Horacio, a quien imitó con for­tuna en algunas ocasiones, haciendo gala de clasicismo.

La poesía de Arjona se halla ya, en muchas de sus expresiones, próxima al Romanticismo, y acaso lo que más le aproxima a la nueva tendencia es su actitud revolucionaria frente a la forma poética. Sin apartarse, es cierto, de la tradición clá­sica, usa de los metros horacianos; el más feliz ejemplo es quizá su composición «La Diosa del Bosque»: «…Y tu mirar más nítido y suave/he de cantar que fúlgido lucero;/y el limpio encanto que infundirnos sabe/tu dulce majestad»; dentro de esta misma tónica se halla su famosa «Elegía segunda», con sus no menos conocidos «¡llorad!»; en una y otra se adivina un vago hálito de romanticismo, que las hace doblemente interesantes por el juego de contrastes que con ello ofrecen.

Romances, tercetos, sonetos y versos sáficos, se suce­den a lo largo de las poesías de Arjona, haciendo de ellas un verdadero juego de versificación, que, desgraciadamente, en muchas ocasiones no tiene otro interés que ése: el ser un juego. Sorprendente es con frecuencia la valentía y dureza de sus rimas, que, como el resto de las notas que contribuyen a caracterizar a este autor, hacen de él un caso independiente y de di­fícil encasillamiento, aun en la misma es­cuela de que formó parte. Es famosa su «Oda a la Natividad de Nuestra Señora», cuya sonoridad le presta un encendido calor poético; sin embargo, la composición, falta de verdadera profundidad religiosa, no resiste una segunda lectura. Tal es en general el tono contradictorio de la poesía de Arjona.

A. Pacheco