Poesías, Gerardo Diego

No todos los libros que constituyen el ciclo total de la obra del poeta español Gerardo Diego (na­cido en 1896) han sido publicados hasta ahora, pero el autor los ha dado a cono­cer lo suficiente para que, al comentar su obra, no podamos prescindir de ellos. Tras una primera etapa juvenil de clara influencia de las escuelas del Romanti­cismo, Parnasianismo, Simbolismo, Moder­nismo, etc., y que comprende los libros Iniciales (1918), El Romancero de la No­via (escrito en 1918 y publicado en Santan­der en 1920) y Nocturnos de Chopin, «pará­frasis románticas» (1918), el libro Evasión (escrito en 1919 y publicado en parte en Imagen) anuncia ya al Diego posterior.

En él junto a los temas de paisaje (la visión de Castilla en el «Saludo») hallamos, por ejemplo, «Ahogo», poema de contenido pro­fundamente lírico, escrito en la forma creacionista de Imagen y Manual de espumas; y la felicitación a Juan Larrea, «San Juan, Poema sinfónico en el modo wagneriano», que en su composición y estructura puede ser considerado como un preludio de la Fá­bula de Equis y Zeda. La obra poética de Gerardo Diego presenta vertientes y colora­ciones diversísimas, pero todas ellas ricas en valores poéticos: clásico y tradicional, por un lado, en su exigencia de forma, en su admirable utilización del soneto y del romance; revolucionario, por otro, en sus poemas creacionistas; y en el fondo de todo siempre un rigor, una arquitectura en la forma y en el contenido de los versos.

De los poetas de su generación — una de las épocas decisivas de la historia de la poesía española, que él contribuyó a definir en su Antología —, Diego es quizás el más litera­rio, el que de una manera más consciente sabe vincularse a la tradición de la poesía española, o bien apartarse de ella totalmen­te. Y éstos son los extremos que hallamos en su obra. Esta profunda dualidad la expli­ca el poeta en el prólogo a Primera antolo­gía de sus versos (publicada en «Colección Austral» en 1941): «…he puesto en cada uno de mis libros y de mis estrofas la máxima autenticidad de emoción… la convicción más profunda ha presidido todos mis es­fuerzos». El poeta distingue en su obra dos aspectos o «intenciones»: «La de una poesía relativa, esto es, directamente apoyada en la realidad, y la de una poesía absoluta o de tendencia a lo absoluto; esto es, apoyada en sí misma, autónoma frente al universo real del que sólo en segundo grado procede.

Esta última, naturalmente, es más difícil y ocupa dentro de mi obra una superficie menos extensa. Pero si más difícil, no es en mí menos constante — véanse las fechas — ni menos ‘humana’… Yo puedo asegurar que no hay en mi poesía de estirpe tradicional piezas que superen ni quizás igualen en acumulación y hondura de ex­periencia vital, en desgarro y temblor de alumbramiento, a, por ejemplo, «Gesta», «Nubes», «Quién sabe»… o al «Desenlace» de la Fábula de Equis y Zeda…». Gerardo Diego, tras esta justificación de carácter ín­timo de la dualidad de su estilo, recurre a los ejemplos insignes de Góngora, Strawinsky, Bela Bartok y Picasso. Pero como en el caso de Góngora — y quizás de los otros artistas aludidos —, la diferencia de estilos en Diego es más externa que interna, obe­dece más a criterios de orden formal que a valores exclusivamente poéticos.

Por otra parte, los poemas creacionistas del autor — especialmente los primeros — tienen una gran unidad de contenido, una lógica o ar­quitectura conceptual que choca un poco con su disposición tipográfica. Ello aparece claramente en los tres libros Imagen (Ma­drid, 1922), Limbo (escrito en 1919-1921) y Manual de espumas (Madrid, 1924), a pesar de que estos libros progresan en orden a un conocimiento de las teorías y de la téc­nica creacionista, pues en el último — se­gún ha declarado Diego — llega a fundir distintos temas. En ellos un lirismo cordial y fácilmente comunicable pasa a través de las formas suger entes del creacionismo. Hasta Biografía incompleta Diego no unirá a la arbitrariedad de la forma la de los conceptos e imágenes. Imagen, pues, junto con Limbo y Manual de espumas abren la etapa creacionista del poeta.

El creacio­nismo, aparecido en el momento de la revo­lución vanguardista, pretendía ser un movi­miento esencialmente constructivo. Partien­do de la potencia creadora del lenguaje, su fundador, el autor chileno Vicente Huidobro (v. Poesías) — a quien el poeta francés Reverdy discutió la paternidad del movi­miento — quería dar a la poesía una eficien­cia total: «Crear poemas a la manera que la naturaleza crea árboles». El creacionismo, que en el fondo obedece a los mismos mó­viles que los otros movimientos de van­guardia, significa teóricamente la reacción más completa contra la actitud imitativa en poesía. De ahí su arbitrariedad, su uso extraordinario de imágenes y metáforas. El cambio de valores que presupone el crea­cionismo de Diego lo ha descrito admirable­mente el profesor Valbuena al comentar el poema «Angelus»: «El cuadro postromán­tico del paisaje a la hora del ángelus se ha convertido en una naturaleza muerta de Picasso».

La obra de Gerardo Diego queda como una decisiva contribución de la poesía española a la literatura vanguardista. Y contrapuntada con esta poesía hallamos la otra, no menos constante, de tendencia clá­sica y tradicional, representada por Versos humanos (Madrid, 1925), Viacrucis (Santan­der, 1931), etc. Diego participó activamente en la conmemoración del centenario de Gón­gora, 1927 — fecha decisiva para su genera­ción—. En Góngora veían aquellos poetas un caso ejemplar y paralelo al suyo. Aquel mismo año publicó Diego su «Epístola a Rafael Alberti» (toque de alerta a la joven poesía ante el centenario) y la Antología poética en honor de Góngora. Pero su con­tribución más positiva fue la Fábula de Equis y Zeda (escrita de 1926 a 1929 y pu­blicada en México en 1932), donde, imitando la forma narrativa de las fábulas mitológi­cas, Diego crea un «delicioso casi pastiche» —   al decir de Dámaso Alonso — en que la arbitrariedad de conceptos e imágenes llega a su punto culminante.

La poéticamente afortunada ciudad de Soria es también uno de los temas de la lírica de Diego (Soria), lugar donde él también, como Bécquer y Machado, ha subido «a soñar». El poeta la llama «mía», y nos invita a mirarla «en los grises espejos» de sus ojos y a evocar a aquellos poetas. Pero la Soria de Diego es más literaria, es menos austera,, que la de Antonio Machado, y por esto el poeta la llama «esta Soria arbitraria». Dejando aparte otros libros, como Hasta siempre, Poemas adrede, La Suerte o la Muerte, Versos Divinos, etc., no porque carezcan de valor, sino porque continúan actitudes como las comentadas hasta ahora, debemos fijar­nos en dos libros importantes. El primero es Alondra de verdad (empezado en 1926 y publicado en 1941), conjunto de sonetos sobre música, temas de amor, de paisaje, etc.

La excepcional técnica de Gerardo Diego queda de manifiesto en sonetos como «Gi­ralda», en que lo conceptuoso se une admi­rablemente a la agilidad de imágenes; «In­somnio», en que sabe a la amada por su sueño, como «las naves por el mar»: «Tú por tu sueño y por el mar las naves»; «Ante las torres de Compostela», donde el ansia de crecimiento de las torres compostelanas es comparada a la esperanza del poeta; «Cuarto de baño», en que la imagen doméstica del cuarto de baño se une al tema mitológico del nacimiento de Venus; «La gracia», en que se compara este don sobrenatural a una herida en el alma pro­ducida por una estocada de Dios, el gran «Diestro», etc. Finalmente cumple conside­rar Ángeles de Compostela (escrito en 1936 y publicado en 1941), donde el poeta evoca, junto a los gloriosos ángeles del Pórtico de la Gloria, Razias (que «en gigas y foliadas/ euritmias del Altísimo rezumas»), Uriel («serafín del número de oro»), Urján, etc., y al Apóstol, a los poetas, Macías, Rosalía, Valle-Inclán, etc. La obra de Diego se nos aparece como una de las más ricas y com­plejas de la poesía española actual. A. Comas

Gerardo Diego, voz de una apasionada vibración central y única, de tonos y modos variados, extravagante y tradicional, se en­cuentra a sí mismo, con pleno derecho, con exacta precisión, cuando sus extraordina­rias dotes, su ternura bien enraizada, su hi­riente intuición, su técnica tan ágil como arriscada, para la que ya no hay obstáculos, le sirven para expresar, para condensar o adelantar, depurándolas, emociones o ideas que duermen ya, turbias, o que pueden nacer nítidas en el multitudinario corazón del hombre… esa alondra de verdad ha de cantar jubilosamente en el cénit de muchas almas. Y que me crea mi Gerardo: bien está, necesaria fue la poesía-límite de Góngora; bien están, necesarios han sido los atrevi­mientos modernos en busca de una poesía absoluta…, poesía real y a la par poesía ab­soluta. (Dámaso Alonso)