Con este pseudónimo firmó su obra la poetisa chilena de origen vasco Lucila Godoy Alcayaga (1889-1956). En 1914 le fueron premiados, en unos Juegos Florales de Santiago, sus tres «Sonetos a la Muerte», canto de dolor y de amor sin esperanza por el novio suicida.
En 1923 publica en los Estados Unidos su primer libro de poemas, Desolación, que ha sido reeditado varias veces. Un año más tarde, y en Madrid, aparece un segundo volumen, Ternura. Finalmente, en 1938, edita, en Buenos Aires, Tala, su tercero y último libro, reimpreso en 1947. Gabriela Mistral es un poeta de acento genuino y entrañable. Parte de su no muy abundante producción está dedicada a los niños — fue maestra rural durante quince años —, y tal vez sea éste el aspecto más conocido y celebrado de su obra. Sin embargo, su verdadera personalidad se revela, sincera, poderosa, conmovedora, en cantos de raíz hispánica con resabios indios, por los que circula como una obsesión el motivo de la muerte o un sentimiento doloroso, casi agónico de la vida.
Nos preguntamos si Gabriela Mistral es un poeta místico en el sentido clásico de la palabra. Su Dios es por un lado el señor de las venganzas sobrehumanas y por otro ofrece la dulce y casera blandura del amigo de María y de Lázaro. El ruego de la poetisa es a menudo protestatario, y entonces implora la piedad divina en plegarias minadas por una sorda rebeldía. Somete al Señor a interrogatorios procaces; su voz angustiada y afanosa — exigente — pide misericordia y paz para quienes se lanzaron más allá de las tres Iglesias: «¿Cómo quedan, Señor, durmiendo los suicidas?…/¿No hay un rayo de luz que los alcance un día?…/¿Para ellos solamente queda tu entraña fría,,/ sordo tu oído fino y apretados tus ojos?» Con todo, el grito se templa luego con ternezas o con entregas incondicionales al Amado: «Yo te he gustado como un sorbo, Señor», exclama.
Y habla de las «felpas hondas» del dulce mirar de Dios y de su pecho que ha sido «almohada» para ella. Pero pronto vuelve a su desesperada angustia, y desde la cruz de su desolación impreca: «Padre mío que estás en los cielos/^ por qué te has olvidado de mí?» o, resentida, dice a su Creador: «Te olvidaste del rostro que hiciste/en un valle a una triste mujer». Alternando con las acres invocaciones que conminan a Dios al perdón y a la paternal solicitud hacia los míseros humanos, la poetisa se complace y se demora en la expresión casi delirante del amor divino y humano — por los niños y las madres sobre todo—, inmersa en extraordinarios deliquios. Encontramos a menudo en sus estancias la más íntima y gloriosa exaltación del trastorno amoroso, de los movimientos de la pasión cordial, de los inefables pruritos que suscita la afinidad de las almas y el sentimiento puro de la amistad.
Pero no olvidemos que las gracias de la vida y las delicias del amor son casi siempre celebradas en función del dolor subsiguiente y del hado inexorable que arrebata a las almas a un más allá ignoto, amenazador. La obsesión de la muerte es en la poesía de la Mistral un patético pesar, un furioso deseo de vida plena y poderosa en el goce de la inagotable fortuna que podría haber sido nuestra sangre mortal. Añoranza del paraíso o imperiosa espera de la tierra prometida. Hay en su obra, muy visible, un sentimiento de maternidad frustrada, de soledad de mujer. Vagaba la poetisa por el mundo cuando nació una niña en su valle nativo de Elqui. Gabriela recibió la noticia: el matrimonio amigo le rogaba que quisiera ser madrina de la nueva criatura.
Ello dio ocasión a un poema maravilloso: «La carta esponjada me llega/ de aquel vagido: y yo la abro y pongo/el vagido en mi cara…/Ahora les escribo los encargos :/No me le opriman el pecho con faja./Llévenla al campo verde de Aconcagua,/pues quiero hallármela bajo un aromo/en desorden de lanas, y como encontrada…/Me la dejarán unas noches/a dormir conmigo…/Dormiré con mi cara tocando/su oreja pequeña/y así le echaré soplo de Sibila». Como ha dicho un crítico, Gabriela Mistral fue una madre sin hijos, una «madonna» sin niño, una mujer solitaria con muchos y fervorosos amigos. Sintió y amó profundamente a España. De Cataluña dijo, en un poema inolvidable: «La tierra es fuerte como Ulises,/el mar es fiel como Nausica».
Pero por encima de todo, Gabriela Mistral fue un alma henchida de poesía que alcanzó a expresar noblemente, con vigor varonil o con la más femenina ternura, en un castellano sabio y de prodigiosa intuición, castizo y a la vez rezumante de sustanciosos jugos criollos. Gabriela Mistral, incansable viajera, que ocupó cargos consulares en distintas ciudades de América y Europa, es autora, además, de numerosas crónicas o cartas periodísticas (por ella llamadas «recados») de fuerte sabor y originalidad. Su obra ha sido traducida al francés y al inglés. En el año 1945 le fue concedido el premio Nobel de Literatura.
J. Oliver

