Poesías, Arnaldo Fusinato.

Arnaldo Fusinato (1817-1888), cuando en 1853 reunió sus composiciones, las clasificó él mismo en jocosas, sentimentales, satíricas o políticas; y esta división fue después conservada siem­pre.

Sirve de prefacio un canto burlesco, en que Fusinato, mientras aplaca sus musas para incitar a las «gentiles lectoras» a sus­cribirse a prorrata para la adquisición de los doce fascículos que constituían la pri­mera edición, reafirma la intención moral y civil de su canto que «a veces hace el loco, sonríe y juega,/pero bajo el hábito empuña el látigo/y con su sardónica risa vivaz/le place entregar el pellejo al vicio».

El ob­jeto de su sátira, en el cual algunos ven la influencia de Guadagnoli, fue sobre todo la sociedad contemporánea atacada en sus debilidades; la mujer pálida, romántica que a pesar de echar de menos a los antiguos caballeros errantes se adaptó a las exigen­cias modernas y hace sucesivas experien­cias amorosas hasta que, al perder la flor de su juventud, sumerge sus ensueños y sus pecados en las prácticas religiosas; el joven y compuesto petimetre que después de sus cien indispensables aventuras piensa en buscar esposa cuyos «cien ducados/sal­den las heridas de los tiempos idos»; los congresos científicos, que no servían sino para organizar jiras y espectáculos gratui­tos para los participantes en ellos.

A veces el propio poeta o sus amigos ofrecen mo­tivo para poesías humorísticas, como cuan­do bajo el pomposo título de «Una impresión otoñal» cuenta un incidente que le ha ocurrido jugando a la pelota, o bien cuando con los «Tres amigos» hace la biografía de otros dos poetas coterráneos. Entre las más conocidas están «El médico por contrata», que relata en tono entre conmovedor y burlesco la fatigosa vida de un médico de aldea, y el «Estudiante de Padua», compo­sición en tres partes probablemente inspi­rada en las Memorias de Pisa de Giusepp Giusti, que reproduce con soltura y brío la alegre vida de los estudiantes de Padua, cu­ya universidad él también frecuentó. Bajo la denominación de cantos sentimentales se hallan las narraciones en verso, franca ex­presión de un tardío romanticismo.

«Linda la pobre» narra la historia de una joven que después de haberse encontrado con la mira­da de un rico y altanero joven que, «a ca­ballo de un oscuro corcel», pasa por debajo de su mirador, y después de haberse enamorado de él perdidamente, halla fuerzas para rechazar sus declaraciones de amor; él huye lejos, y cuando vuelva un día, para obtener el consentimiento de su amada, deberá fingir que ha quedado súbitamente en la miseria. «Las dos madres» cuenta lo que le pasa a una madre enloquecida por el dolor causado por la muerte de una hija, y a otra madre que, hallándose por ca­sualidad en un manicomio, ha de ceder a lo menos por una noche su pequeña a la demente para que ésta conserve la ilusión de haber recuperado la suya.

En este camino de lo patético Fusinato llega hasta las for­mas de romanticismo macabro, como «Sor Estrella», la bella y piadosa monja, que asistiendo al conde Ubaldo Buondelmonte, «gran vasallo del ducado» de los Sforza, siente con terror que un vínculo amoroso la ata al enfermo, de manera que cuando, restablecido, el caballero le declara repen­tinamente su pasión, ella no puede sino huir aterrorizada de aquella revelación pe­caminosa y refugiarse en la oración. Más tarde la muerte parece que ha puesto fin a su sufrimiento, pero Ubaldo vuelve súbitamente a su tumba para ver por última vez el rostro de la mujer amada, cava febril­mente la fosa y la encuentra sólo en estado cataléptico.

En ella afluye de nuevo la vida al contacto con el aire, y con la vida el recuerdo de sus padecimientos. Presa del delirio, cree estar vistiéndose sus ropas nupciales y ansia reunirse para siempre con Ubaldo, y en el paroxismo del dolor esta­lla en carcajadas. Una noche, bajando de los Alpes, un mulero encontrará entre las nieves el cadáver de la pobrecita monja y lo enterrará en la «parte más desierta del humilde cementerio». Las poesías patrió­ticas parten ocasionalmente de los acon­tecimientos que Fusinato iba viviendo con apasionamiento.

Así las famosas fiestas en celebración del primer centenario del epi­sodio de Balilla, que habían sido permi­tidas por Pío IX a los habitantes de la Romagna, hallan eco en la «Iluminación de los Apeninos»; el entusiasmo, la duda y finalmente el desconsuelo de los italia­nos por los acontecimientos de 1848 y 1849 son sucesivamente celebrados en el «Canto de los insurgentes», «El pueblo a Carlos Alberto» y el «Prófugo»; pero sobre todo en aquella «última hora de Venecia», im­provisada en el momento en que fue de­cidida la rendición de aquella República, y cuyos fuertes acentos desgarradores la aproximan a las mejores poesías de Berchet. Más a menudo Fusinato prefirió el tono satírico inspirado por la poesía de Giusti, pero más ligero.

T. Momigliano