Poesías, Friedrich Schiller

No sólo el drama, sino también la poesía tiene en la obra de Friedrich Schiller (1759-1805) una gran­dísima importancia. Poeta «sentimental» por excelencia (según su propia terminología estética), en todo su desenvolvimiento lírico tiende a oponer al desbordante «pathos» de las primeras efusiones juveniles el con­tenido de la expresión y de los sentimien­tos, tal como se revela por una parte en su producción liricofilosófica de la madurez, y por otra en la forma lírica más afín al drama, es decir, en la balada.

Son fundamentales en su producción poética los años 1785, en que trabó conocimiento con Christian Gottfried Körner y su círculo intelectual, y 1794, con la amistad de Goethe; estos dos años dividen su produc­ción en tres períodos: hasta 1785, de 1785 a 1794 y después de 1794; siguiendo este cri­terio publicó Körner, después de la muerte de Schiller, las poesías de éste en tres vo­lúmenes. Schiller mismo cuidó personal­mente de dos ediciones, cada una en dos volúmenes: la primera de 1800-1803, la se­gunda de 1804-1805. En ambas el primer volumen contenía los mejores frutos de su musa, mientras que el segundo estaba de­terminado por necesidades económicas y contenía un grupo heterogéneo de poesías, a menudo mal ordenadas.

A partir de 1803 tenía en proyecto una edición de lujo para Cotta, en la que dividía sus poesías en cuatro libros, según sus géneros: Canciones, Baladas, Poesías filosóficas y Epigramas, proyecto truncado por la muerte, pero que se cumplió luego en la gran edición «Sä­kularausgabe» de sus obras. Todo cuanto es característico de la lírica juvenil de Schil­ler está contenido en la Antología del año 1782 (v.), primer volumen de poesías pu­blicado por él. No está todavía logrado en ellas el equilibrio entre la pasión y la ten­dencia ética; el estilo aún oscila entre Klopstock y Wieland, entre Haller y Bür­ger, pero anuncia ya una fuerte indivi­dualidad de índole patética. Allí se encuen­tran poesías elegiacas, satíricas, exaltacio­nes de amistad y de amor; entre éstas, en el centro de la antología, la poesía «A Lau­ra».

Entre 1882 y 1885 la producción lírica es escasa, predominando sobre todo la dra­mática. Sin embargo, hay tres notables poe­sías que cierran el ciclo de la lírica juvenil y constituyen el paso a la lírica filosófica: «Librepensamiento de la pasión» [«Freigeisterei der Leidenschaft», 1794], más tar­de titulada «La lucha» [«Der Kampf»], cuyo tema es el desgraciado amor del poeta por Charlotte von Kalb, la cual, separada de él para casarse con un hombre al que no amaba, le confesó una vez más sus sen­timientos; el episodio personal origina la representación poética de la trágica lucha entre los derechos de la pasión y el deber de la renuncia. La segunda es «Resigna­ción» [«Resignation», 1784], en la que el hecho individual deja todavía mayor sitio a la paráfrasis, mediante atrevidas imáge­nes, de una idea general: ¿Qué le ocurre al hombre que ha vencido la pasión? Si lo ha hecho por especulación y para ser re­compensado en el más allá no es más que un engañador engañado: «Ninguna eternidad nos da lo que no hemos sabido coger en el momento».

De 1785 tenemos, finalmente, el famoso «Canto a la alegría» [ «Lied an die Freude»]: es de los primeros tiempos de la amistad con Chr. Gottfried Körner, y desde la alegría de aquella amistad per­sonal el poeta se eleva al principio univer­sal de que la alegría, como el amor, es una ley del mundo. Tanto por su forma — alter­nando las voces solas con coros —, cuanto por su contenido’, el himno fue elegido por Beethoven como texto para su Sinfonía nú­mero 9 (v.). En 1788, entregado de lleno a sus estudios científicos, filosóficos e histó­ricos, Schiller inició su producción de «Lí­rica filosófica» [«Gendankenlyrik»], forma de lírica del pensamiento y de especulación poética, es decir, de fusión entre filosofía y poesía, que constituye una de las carac­terísticas de la literatura clásica alemana desde Goethe, Schiller y Hölderlin hasta Nietzsche.

En Italia se le puede comparar en parte la poesía de Leopardi. La de Schil­ler, elevadísima de tono, tiende a despojarse de todo cuanto es contingente para expresar lo que es eterno. La primera gran poesía filosófica es «Los dioses de Grecia» [«Die Götter Griechenlands», 1788], grito de nostalgia por la perfecta belleza y ar­monía de los griegos, que él asegura que se perdió irrevocablemente en la época cristiana, en la que todo aquel mundo poético de los antiguos dioses cae frente a la afir­mación de la verdad de un solo Dios. El himno, que por primera vez revela el culto del poeta por la antigüedad clásica, está escrito en estrofas rigurosa y armoniosa­mente compuestas. Habiéndolo criticado el conde Stolberg por su concepción pagana, Schiller responde, en 1789, con otra gran composición: «Los artistas» [«Die Künstler»], en la que afirma que el camino de la belleza conduce también a la moralidad, y que la obra de arte, con su simbólico ropaje, refleja la verdad y la eficacia ética, pues conjuga los sentidos con el es­píritu expresando una idea divina.

La pri­mera parte, reelaborada después por con­sejo de Kórner, muestra precisamente la influencia elevadora y civilizadora del arte sobre el hombre; la segunda parte desarro­lla históricamente esta idea en las grandes épocas de la Antigüedad, el Renacimiento, la Ilustración, mostrando que sólo a través de la belleza y de la armonía estéticas se acerca el hombre a Dios; el poeta, por tanto, desempeña la noble misión de un sacer­dote. Siguieron luego unos años de silencio para la musa lírica de Schiller, pero al final del período dedicado a la composición de las obras filosoficopoéticas, en 1795, vol­vió Schiller a la poesía con una riquísima producción de lírica filosófica, inspirada por el intercambio de ideas con su amigo Goethe y por los escritos estéticos recién terminados conforme al espíritu kantiano.

Lo que distingue a esta lírica es precisa­mente la idea que, explícitamente formu­lada o no, domina siempre la imagen poé­tica. Las primeras de estas poesías exaltan la belleza y su fuerza redentora, las si­guientes tratan de la historia del desarrollo de la humanidad. «La poesía de la vida» [ «Die Poesie des Lebens» ] exhorta a no olvi­dar, en la búsqueda de la verdad, la belleza de la apariencia, «La fuerza del canto» [«Die Macht des Gesanges»] exalta el poder de la música, que eleva al hombre a la «dignidad del espíritu», llevándolo a la inocencia de la más pura felicidad. «Pegaso bajo el yugo» [«Pegasus im Joch»] es un intermedio humorístico, que representa el contraste entre la poesía alada y la pe­destre prosa. En «La distribución de la Tierra» [«Die Teilung der Erde»] Júpiter asigna un puesto en el Olimpo al poeta, que llegó demasiado tarde a la distribución de la tierra, absorto como estaba en la con­templación de la belleza celeste.

La más subjetiva en este grupo es «Los ideales» [«Die Ideale»], en la que el poeta dice adiós a las exuberancias de la juventud; de todas sus atrevidas aspiraciones sólo con­serva dos valores: la amistad y su impulso constante por afirmarse; pero se resigna, pues el reconocimiento de su propia limita­ción es también una fuente de fuerza. «El ideal y la vida» [«Das Ideal und das Le- ben»] era considerada por Schiller como su mejor poesía: mientras en el reino de los dioses reina la eterna armonía, el hombre ha de escoger entre la «felicidad de los sentidos y la paz del alma»; para no per­derse en la sensualidad, ha de volverse hacia el ideal; pero en tanto • que en el reino del ideal existe la armonía entre la voluntad y la ley, en la vida es preciso combatir para resolver el antagonismo; el que vence en esta lucha llega a la armonía perfecta, como Hércules, acogido en el Olimpo.

La poesía «Dignidad de las muje­res» [«Würde der Frauen»] es un fruto poético del ensayo estético «Gracia y dignidad» (v. Ensayos estéticos): el fin de la mujer es enseñar al hombre, a menudo ex­traviado en el ímpetu de la acción, y aten­der a las leyes de la vida mediante su sentido de la medida; a ella incumbe supe­rar el desacuerdo entre el sentido y la ra­zón, entre libertad y disciplina, con una fusión armónica de la gracia y de la digni­dad. Aunque trate de ser un homenaje a su joven esposa Lotte, el poema tiene un tono pedagogicoburgués que provocó las ironías de los románticos. «El niño que juega» [«Der Spielende Knabe»] consta de cinco dísticos, cristalinos en su metro clá­sico: representan al niño al que la madre conserva a resguardo de las crudas realida­des de la vida y en el que revive el ele­mento ingenuo y divino, la naturaleza intacta de la Arcadia.

Una llamada suspi­rante al imperativo categórico kantiano, al que también están sujetos los habitantes del cielo, es a su vez «El lamento de Ceres» [«Die Klage der Ceres»]. La composición más célebre en este género es «El paseo» [«Der Spaziergang»], en metro elegiaco; tomando pie de un paseo de Stuttgard a Hohenheim (1794), el poeta desenvuelve una especie de historia de la agricultura, desde la selva virgen hasta la refinada artificiosidad del parque rococó, que despierta la nostalgia de la sencillez de la naturaleza, restablecida a través de la obra humana en el parque inglés. Con este desarrollo relaciona el poeta el de la sociedad humana, desde el estado de naturaleza hasta las gran­des creaciones de la civilización, y a las aberraciones de ésta, y alcanzan finalmente el retorno a la sencillez de las leyes natu­rales mediante el consciente restablecimien­to de la armonía entre la naturaleza y el hombre, por lo que vuelve a sonreír en el mundo «el sol de Homero». Wilhelm von Humboldt exaltaba este poema como un compendio poético de la historia universal.

También «La fiesta de Eleusis» [«Das Eleusische Fest», 1798] desarrolla la historia de la civilización humana con imágenes y sím­bolos de balada, con acentuada simpatía por la civilización clásica. La misma simpatía se expresa en otro paseo por las ciudades antiguas, «Pompei und Herkulanum», en la que pone de relieve la tarea que la joven generación tiene de volver a vivificar las nobles formas del pasado clásico. «La niña extranjera» [«Das Mädchen aus der Frem­de»] presenta a la poesía ofreciendo sus dones a los pastores, esto es, a las almas sencillas, y el mejor de ellos a los amantes. «Espera» [«Erwartung»] es una poesía im­presionista, cuyas armoniosas estrofas están de acuerdo con la idea de la belleza eter­na, en la que tiene fe aquel que espera. La forma preferida, aunque no sea exclu­siva de la lírica filosófica, es el metro clásico, el hexámetro y el dístico; este úl­timo, en su dualismo de hexámetro y pen­támetro, tan bien caracterizado por Schil­ler en su epigrama «El dístico», responde perfectamente a la naturaleza dialéctica del pensamiento filosófico de Schiller.

De esta forma nacen las Xenias (v.) polémicas, en colaboración con Goethe, para el Almana­que de las musas (v.), de 1797, «las zorras de las colas encendidas en el país de los filisteos», en las que pone en berlina toda la insulsa literatura contemporánea. Más tranquilas y más genéricas son las «Tablas votivas» [«Voltivtafeln»], otra colección de poesías en dísticos, en los que a ruego de Goethe «están representados con gran no­bleza, libertad y atrevimiento, las grandes relaciones de la cultura humana». Pero la poesía más popular de Schiller es la de las Baladas (v.), que con su libre estructura constituyen un paso hacia el realismo. El 1797 es el gran año de las baladas, publi­cadas en 1798 en el Almanaque llamado «de las baladas»; en los cinco años siguien­tes se les agregaron otras. Al período de las baladas sigue, por fin, el de los poemas filosóficos de los últimos años, a los que acompañan, como concesión a la sociedad de Weimar, algunas poesías de ocasión («Canción del ponche» [«Punchlied»], «Fa­vor del momento» [«Gunst des Augen­blicks»], «A los amigos» [«An die Freun­de»]).

Las últimas poesías filosóficas renun­cian al metro clásico para adoptar una es­trofa de canción más simple y musical, a excepción de la «Nana» [«Nanie», 1799], que está en dísticos elegiacos, bellísima y puesta en música por Brahms; en ella los dioses lloran también la caducidad de la belleza, que no pueden perpetuar en el mun­do de aquí abajo. «Las palabras de la fe» [«Die Worte des Glaubens»], una de las poesías más notables, afirma su inquebran­table fe en la libertad, en la virtud, en Dios, y es importante por su contenido filosófico, que muestra cómo el kantismo determina la superación del escepticismo. Paralela a ésta, pero menos lograda, es «Las palabras de la ilusión» [«Die worte des wahns»], que afirma la vana ilusión de encontrar sobre la tierra libertad, virtud y Dios; son valores que jamás encontramos en ningún sitio, fuera de nosotros mismos.

Muy po­pular es la graciosa y breve pieza «Espe­ranza» [«Hoffnung»] ; el hombre siente que ha sido creado para algo mejor y no cesa de esperar ni aun en la muerte: «Hasta en la tumba planta… la esperanza». La poesía de pensamiento de Schiller ha alcanzado su más completa y elocuente expresión en la Canción de la campana (v.), que, en su estructura polifónica, es sin duda la com­posición más grandiosa de la lírica oratoria en alemania. [La totalidad de la produc­ción lírica de Schiller traducida en verso castellano por diversos autores está publi­cada en dos volúmenes bajo el título de Poesías líricas coleccionadas y en gran parte traducidas por Juan Luis Estelrich (Madrid, 1907). Existe, además, una selección anto­lògica de poesías de Schiller en la colec­ción «Poesía en la mano» (Barcelona, 1940)]. C. Baseggio-E. Rosenfeld

La efectiva productividad de Schiller está en el ideal; en este aspecto puede decirse que no tiene igual ni en la literatura ale­mana ni en otra alguna. Mejor que otros, podría comparársele a Byron, pero éste le su- pe\ra en conocimiento del mundo. (Goethe)

La deficiente vena poética queda compen­sada por los conceptos que con ella expresa, y la escasa intimidad de la forma, por la cla­ridad del dibujo y por su límpida elocuen­cia. Poesía didáctica, y por lo tanto, no verdadera poesía, pero cuya aparición nadie lamenta, y que, tal como podría ser y es, ha prestado y presta servicios. (B. Croce)