Poesías Francisco Villaespesa

La historia poé­tica de Francisco Villaespesa (1877-1935), que acompaña el paso de la lírica española desde la oratoria de Hugo al Modernismo de Rubén Darío, se desarrolla sobre una trama meramente sentimental, con una voz más inclinada hacia una dulce elocuencia que a una modulación rica en música per­suasiva.

Desde las primeras experiencias (Intimidades, 1898; Flores de almendro, 1899; Tristitiae rerum, 1906; Canciones de camino, 1906; El patio de los arrayanes, 1908; Las horas que pasan, 1909; La fuente de las gacelas, 1916; Andalucía, 1911, etc.) a las últimas tentativas (La copa del Rey de Thule, Los conquistadores, 1925; Torre de marfil, etc.), Villaespesa demuestra una calidad descriptiva e idílica que algunas veces busca la angustia romántica y trágica del «poète maudit», pero sus símbolos y sus temas llegan demasiado a menudo de allen­de los Pirineos impregnados de un aire francés que recuerda de la manera más ingenua e inocente a los poetas del «Chat noir», el opio y el ajenjo, o la caza deses­perada de los siete pecados capitales, la evasión hacia unos raros paraísos artificiales decorados con una luna española.

«Es tu hora sombría, ¡oh Baudelaire!» Pero junto a Baudelaire se levanta el pálido espectro de Musset, y con él la musa verde se torna rojo sangre, sangre bebida de un tirón en una vieja taza donde está grabado el rostro de la amada, como ya Byron bebía en un pulido cráneo y Poe, lírico noctámbulo, en la copa de cristal de Bohemia. Villaespesa hereda, por tanto, la confusión del aparato romántico, añadiéndole la insistencia de una repetición declamatoria y excesiva, mez­clándolo a menudo con un macabro gusto pasional, con frecuentes alusiones a cruces, calvarios, getsemaníes y otros sanguinarios biblismos.

Esto ocurre después de «La poe­sía de las cosas» y las «Horas de tedio», en las «Ilustraciones bíblicas», que no carecen de la inevitable «trunca cabeza del Bau­tista» y la lasciva danza de Salomé bajo la roja luz de las antorchas reales. Tampoco faltan en este inventario de todas las expe­riencias del siglo XIX la Grecia serena, la miel ática y el mármol parió (cfr. «Melan­colías de otoño»); y estos escenarios, estos paisajes y todos estos objetos están sumergidos en la luz de la más romántica de las lunas, una luna que ilumina bosques y estanques, que hace sufrir y alivia a los amantes, que persigue a los cisnes y arranca suspiros.

M. de Micheli