Poesías, Juan Vilarás

Las poesías representan la parte más notable de la producción literaria, publicada póstuma (1827), del epirota Juan Vilarás (1771-1823), que estudió medicina en Bolonia y Padua, y vivió en Janina como médico del hijo de Alí Babá.

Espíritu escéptico y mordaz, em­papado de ilustracionismo racionalista y embebido de cultura italiana, su defensa teórica y práctica de la lengua griega vul­gar hace que se le considere, en cierto sen­tido, como el primero de los escritores griegos modernos. Escribió poesías de amor en su primera juventud (eco del setecientos canoro y sentimental); más tarde la repro­bación de los vicios humanos le impulsó a desfogar en sus cantos satíricos su tempe­ramento inspirado y agudo. En sus poesías amorosas, unas veinte en conjunto, se dis­tinguen dos grupos.

Uno, en que es evi­dente la influencia italiana (baste recordar a Vittorelli), canta y desarrolla temas de amor en cancioncitas ligeras con los modos y los tonos de Arcadia; en el otro, las poe­sías, quizás más frescas, efunden un sen­timentalismo ligero y juguetón en versos decapentasílabos pareados, en la forma, y a menudo en los movimientos y en los temas, del dístico popular y popularesco. De sus poesías satíricas algunas tienen carácter epigramático, otras son sencillamente joco­sas, aspiran a reír y hacer reír, como aque­lla en que se describe una fracasada as­censión en globo. La mayoría tienen un tono velado y bonachón de sátira, y no tienden tanto, como hemos dicho, a descri­bir tipos humanos, a la manera de Teofrasto y La Bruyère, cuanto a atacar a este o aquel vicio humano, y hasta este o aquel vicioso (el embustero, el pedante, el envi­dioso, el borracho…).

El mismo tempera­mento satírico se concreta en las veinte fábulas en verso que también se nos han conservado y que en parte son una repeti­ción de los temas tradicionales, en que al viejo Esopo se añaden como modelos los fabulistas más recientes, e invenciones fe­lices del mismo Vilarás. Es graciosa la fá­bula, dedicada a los filósofos, del gato que después de vanos esfuerzos renuncia sabia­mente a indagar el misterio de su propia imagen reflejada en el espejo.

B. Lavagnini