Las poesías de Juan de Tassis o Tarsis, conde de Villamediana (1582-1622), fueron recogidas en un volumen póstumo (Obras, Zaragoza, 1629), cuyo texto, en las diversas ediciones del siglo XVII, es poco correcto y además muy incompleto.
Hay que añadirle muchas poesías llegadas a nosotros en diversos manuscritos y atribuidas al poeta, algunas de las cuales parecen ser auténticas. Además de la Comedia de la gloria de Niquea y de la Descripción de Aran juez, escritas con fines cortesanos, en colaboración con Góngora, el volumen contiene varias fábulas mitológicas y poesías líricas: sonetos, silvas, liras, redondillas, glosas, letrillas, endechas y romances. En las fábulas (Faetonte, Apolo y Dafne, el Fénix, Europa), Villamediana sigue la tradición renacentista de la «fábula» de gran estilo, que en aquel mismo tiempo su grande y admirado amigo Góngora exornaba con galas inusitadas. En la fábula al estilo de Ovidio, Villamediana se muestra más moderado que Góngora; aunque a veces recurra a neologismos — latinismos, italianismos — y a acumulaciones de efectistas esplendores.
Pero la verdadera personalidad de Villamediana ha de buscarse en sus poesías líricas, entre las que se distinguen, por su perfección y por su singular intensidad, las «redondillas» y los sonetos. Las «redondillas» tratan generalmente de motivos amorosos, de desengaños o de amargas experiencias. La estrofita castellana de cuatro versos es tratada por Villamediana con maestría de virtuoso y con malicia mordaz, ya que busca en la oposición de las rimas y en la disposición simétrica de la frase el apoyo rítmico para la antítesis, las paradojas y las sentencias de un corazón enamorado. En ningún caso cae esta forma de poesía en el juego de ingenio, como ocurre tantas veces con sus contemporáneos.
El fuego de la imaginación y del sentimiento es, en Villamediana, auténtico fuego, y sus «redondillas» y sus «endechas», lo mismo que sus versos de «arte mayor», queman, porque arden en vivas llamas de pasión, y son perfectos, porque el poeta posee el raro don de sintetizar y de pulir la frase, hasta llegar a una inolvidable desnudez. En los «sonetos» la variedad de temas es mayor. Tenemos sonetos religiosos, morales, fúnebres, heráldicos, satíricos, amorosos. Villamediana es uno de los más perfectos sonetistas españoles, y su estilo es inconfundible. A medio camino entre un culteranismo decorativo y un conceptismo sentencioso, entre la poética de Góngora y la de Quevedo, Villamediana se sitúa en el lugar justo y profundiza hasta encontrar la imagen diamantina que nos revela los abismos insondables de un alma perdida en el éxtasis del amor.
Atraen y conmueven sobre todo los sonetos amorosos, que quedan impresos en la memoria con su sonora y conmovedora modulación. Pero desde el punto de vista formal no son menos felices muchos de los sonetos morales, religiosos, galantes o patrióticos. Para completar la figura poética de Villamediana es preciso añadir la poesía satírica o epigramática, tan popular hasta su época, como para perdurar durante siglos junto a la grandeza de la inspiración más elevada y espiritual. La mordacidad de Villamediana ha llegado hasta nosotros acuñada en la moneda suelta de sus epigramas y de sus sátiras — de atribución a veces insegura—, maravilla de ingenio y de ligereza.
G. Diego

