Poesías, de Vladimir Vladimirovitch Maiakovski

La obra de Vladimir Vladimirovitch Maiakovski (1894- 1930) es, sin duda, la más ilustre y repre­sentativa de toda la literatura soviética.

Nacida con la Revolución de Octubre, en ella enraízan violentamente todas las nue­vas esperanzas; pero la vinculación a la política, a pesar de ser total, parece tener lugar en Maiakovski de un modo muy na­tural y, finalmente, haber enriquecido su arte, suministrándole los mitos y las vi­siones que reclamaba esa grandiosa voz, ruda y a menudo grosera, pero auténtica, de las masas modernas. Ligado estrecha­mente al movimiento futurista y redactor del manifiesto de éste, Maiakovski da se­ñales desde sus primeras obras, escritas en­tre 1913 y 1915, de un talento original. Gra­cias al futurismo puede burlarse jocosa­mente de todas las reglas de la prosodia y de la sintaxis y, frente a la poesía de los simbolistas, expresar su gusto por el realis­mo empleando palabras corrientes, a veces incluso vulgares o sacadas del argot.

A tra­vés del repertorio verbal de sus amigos, Maiakovski busca, apasionada y sincera­mente, antes que nada, acercarse a la mul­titud, hacerse comprender por el mayor nú­mero posible de hombres. De aquí ciertos poemas suyos de una simplicidad infantil: «Escucha, pues,/Si alumbran las estrellas/ Es porque alguien lo necesita/Porque es verdaderamente indispensable / Que, sobre los tejados, cada noche/Alumbre por lo menos una estrella». Desde entonces estalla también la violencia que se derrama por toda su obra; insulta a los burgueses que suspiran por las «boites» nocturnas mientras los soldados caen en el frente. El extenso poema El nublado en pantalones [Oblakov stanckh] es sin disputa el más interesante de cuantos escribió en este período prerrevolucionario (1915): la anarquía viril se manifiesta aquí tanto en el estilo, popular y al mismo tiempo rico en poderosas imá­genes poéticas, como en la inspiración cí­nica y blasfema.

Como casi todas las obras de Maiakovski, también ésta posee un cierto valor autobiográfico, aunque su autor, para escandalizar mejor a los «burgueses», asu­ma con predilección aires de mala persona, dada a la manía de la blasfemia; fullero en el juego, que explota a las mujeres y que no obstante posee un tierno corazón que sabe elevar fogosamente las quejas de sus deseos carnales. Pero los terribles acon­tecimientos de octubre brindan a Maiakovs­ki temas en armonía con su fiebre; desde entonces imprimirá a la gesta revoluciona­ria toda la pujanza de una pasión personal. Jamás se siente coartado por la idea de hacer poesía política («de propaganda» nos dirá él mismo), e incluso en las piezas de circunstancias sabe desplegar un lirismo pleno de libertad y originalidad. En Miste­rio bufo (v.) [Misterija Buff, 1918], bajo la forma de un poema dramático, cuyas re­presentaciones alcanzaron gran éxito en los medios obreros, nos brinda un fresco heroi­co y satírico de la época revolucionaria. El tono combativo y provocador se acentúa más en Ciento cincuenta millones (V.) (1919-1920), extenso poema en donde hace mofa del mundo burgués en la persona de Wilson, presidente de los Estados Unidos, símbolo de las potencias capitalistas que buscan aniquilar a la nueva República y que el poeta dibuja como un propagador de microbios.

Pero el Iván ruso lo resistirá todo: «Rusia entera es un solo Iván». El poeta se exalta ante la idea de que todo el pueblo en masa se expresa en su obra («150.000.000 es el número de obreros de este poema… 150.000.000 hablan por mi boca»). El libro termina con la evocación de un futuro en el que todos los pueblos bendecirán a cuantos cayeron por su feli­cidad. Entre los poemas estrictamente ins­pirados por el entusiasmo o los requerimientos de la política destaca el himno de 30 versos dedicados a la gloria de Vla­dimir Ilich Lenin [Vladimir I’lič Lenin, 1924], escrito el día siguiente de la muerte del revolucionario, y el poema titulado ¡Adelante! [Khorošo], compuesto en 1926- 1927 para el aniversario de la Revolución de octubre. Se trata de la historia de los heroicos disturbios de 1917, de las dificul­tades por que pasaron los soviets y de la victoria progresiva del comunismo, que Maiakovski nos cuenta en fulgurante trans­figuración.

En este poema lleno de entu­siasmos y de optimismo revolucionario el autor, una vez más, expresa la confian­za depositada en el porvenir de su pueblo: «Los demás países tienen cien años;/Su historia,/un ataúd podrido./El mío sólo es un adolescente». Maiakovski creaba así un nuevo género que hace de él el maestro de todos los poetas comunistas; pretendió adaptar su arte a precisas necesidades po­líticas  y su convicción era tan ardiente que apenas puede apreciarse nunca la coac­ción, el freno que el objetivo práctico que se busca impone a su inspiración. Él fue también el instigador de la «poesía de prensa», muy extendida hoy día en la U. R. S. S., e incluso no desdeñó componer versos publicitarios para ayudar a la venta de productos del Estado. Así, por ejemplo, para anunciar ciertos biberones («Bibero­nes parecidos/No existen ni existirán/Se mamará en ellos hasta una avanzada edad»), o una marca de tabaco («Leda, tabaco sa­broso y ligero/que soportarían los pulmo­nes de una mariposa»). La constante pre­ocupación política no le impide a Maiakovski escribir obras más personales, en donde, siempre de un modo punzante, confiesa sus amores desdichados, rebeldes o desespera­dos y una cierta aspiración religiosa hacia un cambio radical del hombre interior. En Yo amo [Ljubov, 1922] evoca su infancia y juventud, con sus primeras prisiones.

A propósito de aquello (1923), poema amo­roso, es la obra de la que Maiakovski se sentía más satisfecho. En ella el poeta se imagina convertido en oso bogando sobre el Neva sobre una especie de balsa de hielo, para ver, de súbito, en un puente, al Hom­bre, al mismo Hombre que aspira a nacer en él. El oso querría socorrerlo, pero su deseo es imposible, porque la sociedad se desinteresa del hombre. La obra aparece impregnada de una gran decepción, de la angustia de ver subsistir al «hombre viejo» en el propio seno de la joven sociedad comunista. Y el amor protesta con todas sus fuerzas: «Me opongo a eso, odio eso con todo mi encono/Eso, el pasado de esclavo hundido en nosotros,/Eso, el enjambre de mezquindades que se deposita,/Que con­tinúa sedimentándose en nosotros/¡Hoy to­davía, bajo el régimen de la bandera roja!» La trágica inspiración de este poema tal vez constituya la clave explicativa psico­lógica de su suicidio, algunos años después.

Poeta político, amoroso, dramático (su pri­mera obra, Vladimir Maiakovski, estaba destinada al teatro), infantil (puso texto a numerosos libros de estampas) y publicita­rio, Maiakovski da en su obra la impresión de una personalidad extraordinariamente poderosa. Su aspiración a erigirse en la inmensa voz de la masa comunista le hizo cargar con todos los defectos y cualidades del poeta popular: en todo momento afirma su .vigor, dilata su inspiración a la medida del mundo entero y de la historia y sabe transformar las realidades más prosaicas en mitos preñados de entusiasmo y de amor, pero también, como contrapartida, para hacerse más accesible, vulgariza voluntaria­mente el lenguaje poético, jamás vacila en valerse del argot y cae en una anarquía que hubiera sido mortal para cualquier otro poeta menos vigoroso e inspirado. Al reaccionar contra el simbolismo pecó también por exceso, cayendo en el polo opuesto, y aunque su gigantesca figura domine el panorama de la poesía rusa contemporánea, es dudoso que pueda ejercer una auténtica influencia.

Su obra corresponde a una época determinada: la de la Rusia anár­quica, desmesurada, embriagada de todas las audacias y esperanzas de los primeros tiempos de la Revolución. Tanto por su forma como por sus temas, Maiakovski es el auténtico poeta revolucionario, que vul­nera todas las reglas y crea deliberada­mente versos libres, basados únicamente en el número de los acentos tónicos, sin la menor preocupación por las sílabas no acentuadas. Esta libertad integral le permite adaptarse, mediante magníficas metáforas, a todas las transformaciones de un mundo en efervescencia. Con la ruidosa e irra­zonada alegría del niño feliz ante la mudanza hogareña, Maiakovski nos rinde el testimonio más elocuente de los desórdenes del siglo XX. [Trad. castellana de Lila Gue­rrero en Obras escogidas, vols. I y II (Bue­nos Aires, 1957-58)].