Gran señor como Guillermo IX de Poitiers (véase Poesías de Guilhem de Peitieu), en cierto sentido se le parece por la índole y el tono de su lírica.
También Raimbaut, como Guillermo, cifra todo su deleite en la música y en la poesía y se complace en hacer gustar a sus amigos — a los que, como Guillermo, llama compañeros — los frutos de su ingenio. Pero, entre las casi cuarenta poesías del sire d’Orange que los cancioneros nos han conservado hay sólo una que pueda ponerse junto a los «gabs» y las «plaisanteries», que son parte importante de la obra de Guillermo, y esta única poesía, que juega repetidamente con un equívoco obsceno, corresponde, probablemente, a los comienzos de la actividad de Raimbaut. Y no es que su poesía no aspire, a lo menos, a ser brillante e ingeniosa; al contrario, el poeta se alaba muchas veces de su ingenio.
Pero el carácter de este ingenio es siempre elevado, aristocrático, alejado casi siempre de la jocosa grosería juglaresca, aunque, como el propio poeta nos dice, sus contemporáneos llamasen a Raimbaut «juglar». Y, de todas maneras, el ingenio de Raimbaut no podemos nosotros apreciarlo del todo, porque no conseguimos entender el sentido de gran parte de sus versos; también Raimbaut es seguidor del «trobar clus» (v. Poesías de Marcabrú). Raimbaut, antes que otra cosa, es un virtuoso de la forma; un poeta funámbulo, ha sido llamado, que con sorprendente habilidad maneja el idioma y la técnica.
Usa las «rimas ricas», las rimas derivativas; emplea una sabia alternancia de rimas que repite, en lugares fijos, las mismas combinaciones; hace figurar la misma palabra, o un derivado de ella, en cada verso de la copla, o en cada copla, en el mismo lugar; construye todas las coplas sobre «palabras rimas» que son, para todas las coplas, siempre las mismas, anticipando así la técnica ásperamente difícil de la «sextina»; hace uso de comparaciones singulares y de hipérboles atrevidas. Pero bajo este brillante ropaje hay poca cosa; el mundo interior de Raimbaut es, en general, bastante pobre.
La medida de su arte puede ser dada por aquel «vers» suyo que el propio poeta no sabe definir y llama «no sai que s’es», no sé lo que es; en el cual, al final de cada estrofa, la poesía se disuelve y se cambia en prosa: documento expresivo de la exasperante búsqueda de novedades formales extrañísimas que es característica de los trovadores, que, prodigiosamente hábiles, pero no inspirados, juegan, desenvueltos,, con las palabras y con las rimas.
A. Viscardi

