Poesías de Plácido

La obra poética del cubano Gabriel de la Concepción Valdés (1809-1844), más conocido por su pseudó­nimo Plácido, carece de originalidad. Nece­sita un modelo al cual seguir siquiera de lejos. Pero cuando acierta en este género de poesía de reminiscencia, es insuperable.

Su romance «Xicotenca», digno del Siglo de Oro español, es el ejemplo más famoso, al que bien puede agregarse el de sus letrillas eroticodescriptivas. Es maestro en el arte del soneto, como lo prueban «Muerte de Gessler», «A Grecia», «A Polonia». Con fre­cuencia parece empeñarse en mostrar su peligrosa facilidad, que en los casos más afortunados, como en su leyenda romántica «El hijo de maldición», lo conduce a va­riados ejercicios de versificación. Encarce­lado por las autoridades coloniales españo­las y condenado a muerte, su vida termi­na trágicamente, envuelta en una leyenda — deshecha por la crítica — según la cual compuso en sus últimos momentos varios poemas, algunos de los cuales fue recitando camino del suplicio.

Estas composiciones, entre las que suele citarse especialmente la «Plegaria a Dios», manifiestan la entrega a un sentimiento de religiosidad externa que permanece en el plano de la resignación y de la reiteración de su inocencia. Sólo por excepción deja de ser poeta propenso a la retórica y a las resonancias del arte español de la época que llegaban hasta él. Sólo raras veces, como en el soneto «El juramento», inspirado por el odio a la tira-., nía; o como en el titulado «Lo que yo quiero» o «A una ingrata», expresión di­recta de un cálido erotismo en que la crí­tica quiere ver influencia de lo ancestral.

R. Lazo