Poesías, Edgar Allan Poe

[Poems]. Bajo el título de Poemas, Edgar Allan Poe (1809-1849) pu­blicó en 1831 una colección de poesías que, además de Al Aaraaf (v.), apenas revisado, y de Tamerlán .(v.), al que hizo alguna que otra modificación y adición, contenía seis nuevas composiciones.

«El valle de la inquietud» [«The Valley of unrest»] es una descripción en dos tiempos de un pequeño valle: «antes» este valle sonreía silenciosa­mente; sus habitantes habían partido a la guerra, dejando su pueblo a las nítidas es­trellas que, por la noche, desde sus torres azules, velan las flores con las que de día se entretiene perezosamente la viva luz del sol. «Ahora» todo ha cambiado: parece como si un viento de inquietud agitara todas las cosas y que sólo el aire permaneciera inmóvil; los árboles tiemblan como si se estremecieran de frío, y no es que el viento los mueva; no es tampoco el viento el que empuja las nubes en el cielo inquieto de la mañana a la noche, oscureciendo con su sombra las violetas parecidas a ojos huma­nos, los lirios que lloran sobre una tumba sin nombre.

Es una de las primeras poesías en las que Poe afirma vigorosamente su personalidad; en la descripción del valle, que antes sonreía en su paz y ahora está herido por un escalofrío de misteriosa in­quietud, el simbolismo se disuelve en pura visión poética. Igualmente simbólica es «La ciudad en el mar» [«The City in the sea»]. Lejos, en el mar, existe una extraña ciudad en la que todos sus habitantes están muer­tos, los malos y los buenos, donde templos y palacios son muy diferentes de los nues­tros y alrededor de los cuales «las melan­cólicas aguas se extienden resignadamente bajo el cielo».

Esta ciudad, en la que la muerte ha alzado su trono, no está ilumi­nada desde lo alto sino desde abajo, y por una luz que surge del tenebroso mar y cen­tellea sobre los palacios, las torres y las cúpulas; los seres y las sombras se funden de una manera perfecta, de tal modo que todo parece suspendido en el aire y, entre tanto, desde la torre más alta la gigantesca muerte lo contempla todo. Las puertas de los templos y de los palacios están abiertas y dejan entrever fabulosas riquezas; pero las aguas a su alrededor están inmóviles, y ni la más leve oleada agita aquel desierto de vidrio.

Bastará, con todo, un pequeño mo­vimiento para que la ciudad se hunda entre las olas y, engullida por el mar, descienda hasta el más profundo infierno, el cual se inclinará para saludarla. Es fácil descubrir en este poema la alegoría sobre el invencible poder que habrá de dominar el universo cuando este mundo humano quede sepul­tado en la sombra y en el olvido; entre tan­to, el simbolismo toma forma en una visión fantástica a la que el silencio dominante le da cierto carácter irreal; en la inmovili­dad y en la quietud se estremece el presen­timiento del movimiento final, y el destino que espera es tanto más espantoso por cuanto es desconocido.

«La durmiente» [«The Sleeper»] es, por el contrario, la primera poesía de Poe en la que la identificación entre la belleza y la muerte, motivo cons­tante en su obra, se expresa en una forma apacible y sin tormento, sostenida como por un anhelo de inmortalidad. Estamos en una medianoche del mes de junio: la mística luna derrama sobre la tierra un fresco rocío, que goteando sobre la tranquila cima de la montaña, se insinúa musicalmente en el adormecido valle. Las flores cabecean dulcemente; el lago, semejante al Leteo, parece dormido en un tranquilo sueño. Todo duerme, y duerme también la hermosa Irene: el aire nocturno entra riendo por la ventana abierta de su habitación, mueve los cortinajes del lecho y se posa caprichosa­mente sobre los párpados cerrados bajo los cuales duerme su alma escondida.

¡Oh, si su sueño se mudara en el sueño de la muerte! Ella sería entonces acogida en un sepulcro del antiguo bosque, en un sepul­cro remoto y solitario, contra cuya puerta esculpida, ella, de niña, había tirado pie­dras, estremeciéndose al escuchar el fúnebre eco que despertaban. La inspiración de «Israfel» le viene al poeta de un versículo del Corán (v.): «El ángel Israfel, las fibras de cuyo corazón son un laúd y que posee la más dulce voz de todas las criaturas de Dios». Este ángel mora en el cielo; y la leyenda narra que las estrellas interrum­pen sus himnos, la lima se sonroja de amor y el relámpago y las Pléyades se paran a escucharlo; y todos afirman que el ardiente fuego divino de las canciones de Israfel proviene de la fibra viva y tensa de su ma­ravilloso instrumento.

Pero Israfel vive en el cielo, «donde los pensamientos son pro­fundos por necesidad, donde el amor es una divinidad adulta, donde las miradas de las huríes tienen destellos de aquella luz que nosotros adoramos en las estrellas»: he aquí por qué sabe cantar con tan apasionado fer­vor. En el mundo en que nosotros vivimos, en cambio, la dulzura se alterna con el amargor, las flores son simplemente flores y la felicidad perfecta es solamente una som­bra de la divina. Quizá si Israfel viviese sobre la tierra sus canciones no serían tan hermosas, y si el poeta estuviera en su lugar, sabría ciertamente arrancar de su lira las notas más apasionadas.

En la poe­sía de Poe, toda ella transida de dolor y de muerte, este breve poema significa un pa­réntesis de pura y divina alegría: Israfel es el signo de aquella belleza poética per­fecta, de aquel mundo todo él encendido de alegría e inflamado de pasión al que el poeta tendía con todas sus fuerzas, in­tentando vanamente librarse de la condena y de la limitación de su enfermiza natura­leza humana. «A Elena» [«To Helen»] es una invocación en la que la contemplación de un hermoso rostro femenino transporta al poeta desde el exilio terrestre a la patria ideal. «Tu hermosura — dice a Elena — es como una antigua barca nicea que conduce al viajero cansado hasta las orillas de su patria, después de errar largo tiempo por los mares de la angustia; tu clásica belleza me ha conducido hasta Grecia y Roma; pareces una estatua colocada en la horna­cina con una lámpara en la mano; Psiquis, venida desde las regiones que son una tierra santa».

En «Un Peán» [«A Peaan»] se dirige a un muerto, a una feliz difunta, desaparecida en la flor de su vida, pero no lo suficientemente pronto, ni lo suficiente­mente hermosa, ni tampoco con gesto de­masiado tranquilo; sentado sobre el féretro, su prometido canta un antiguo peán que la ayudará en su vuelo «a través de las grises moradas». En este libro el arte de Poe acen­túa su forma simbólica y depura su meló­dica armonía; se manifiesta en estos nuevos poemas el melancólico éxtasis de un alma a la que la contemplación de la belleza hace entrar en una comunión voluptuosa y do­liente con lo eterno y con lo infinito.

A. P. Marchesini

Su excentricismo y su total falta de ins­tinto lo convierte en presa de una desorde­nada y mecánica sensibilidad para los efec­tos, asociaciones de sonido y combinaciones de rimas, sin ninguna raíz en la pasión. (D. H. Lawrence)

Al escribir sus poemas, Poe sabía escu­char solamente su propia alma turbada y ofrecemos su único y verdadero don, el don de la música de las palabras. Esta música no está exenta de discordancias y pequeñas caídas en lo vulgar, incluso en las obras más perfectas, como The Conqueror Worm o The Haunted Palace. Llega a la más alta perfección en aquellos momentos en que dejan de actuar las cualidades que Poe reputaba intelectual y conscientemente como artísticas. Cuando intenta «decir» algo cae en el melodrama o en lo inexpresivo. Sólo cuando se abandona pasivamente a su es­tado de ánimo, su acento es puro y quizá llega a ser inmortal. (L. Lewisohn)