Poesías de Esenin

La poesía del escri­tor ruso Esenin (Sergej Aleksandrovič Ese­nin, 1895-1925) es, con la de Maiakovski, la más notable del período que sigue inmedia­tamente a la Revolución de Octubre.

Desde un principio se integró en el movimiento general de reacción contra el Simbolismo (v.), en pro de un retorno a lo concreto y natural, objetivo que perseguían igualmente los gru­pos «akhmeísta» y «futurista», amén de los poetas rurales (Klionev y Klytchoy). con los que se debe relacionar a Esenin. Desde sus primeras poesías (1916), Esenin se afir­ma como el auténtico cantor de la natura­leza y de las dulces y primitivas alegrías de la campiña rusa. Nuestro poeta no era en modo alguno un literato que buscase remo­zar su inspiración a través de un contacto poético con el mundo rural, sino un autén­tico campesino, dotado de una facilidad prodigiosa, lindante con la genialidad. El valor de su arte estriba en principio en la espontaneidad.

Ninguna cultura, ninguna regla viene a domeñar ni a debilitar su emoción, que se brinda al nivel del lenguaje corriente. Sin embargo, no se trata única­mente de folklore o de tipismo local; la riqueza de imágenes y colores sólo era para Esenin la expresión facilísima y natural de su corazón identificado con el alma del «mujik» y con la de la tierra, que refleja la suya. El don de revelar la naturaleza, de hacerla viva a través de un lenguaje humano, transfigurándola literalmente a impulsos de un ingenuo hilozoísmo, raramente se ha mani­festado nunca con la fuerza que en alguno de sus poemas, como Transfiguración (1919). Como arte de magia, el campo, el sol, las aguas, la luna, se identifican con todas las pasiones, del corazón humano.

Imposible imaginarse tal logro si Esenin no hubiese estado dotado del extraordinario talento de dar vida a las imágenes más asombrosas. Esenin no retrocede ante ninguna audacia, comparando a la luna que se refleja en el estanque con una rana de oro, escuchando el «ladrido de las nubes», siguiendo la cur­va del sol que «como una rueda, ha rodado tras los montes azules», o bien evocando el viento arremolinado que «alza las ramas del abedul como unas faldas». Este empleo de metáforas — bastante insólito en la tradi­ción rusa — se revela incesante en Esenin, pudiendo reprochársele incluso un abandono desmedido al juego de las imágenes, amén de censurársele algunas de gusto muy du­doso.

Pero así es su lenguaje genuino, ins­tintivo, que emplea incluso cuando trata de hablarnos de los problemas del alma o de la inteligencia. En este sentido y pese a todo, Esenin se revela un poeta «simbolista»; pero esta tendencia, acusada especialmente en la producción de su primera época, es originariamente religiosa, no literaria: una pujante fe panteísta anima por entonces al poeta, que ve en todas las cosas presencias familiares, seres amados y la sombra de un dios inmenso, difuso y tutelar. Con la mis­ma simplicidad que habla de la «aurora que en el tejado se lava el hocico con la pata como un perrillo», reconoce: «Rezo ante los rojos amaneceres, me confieso con el arro­yo». Sin duda, sorprenderemos en Transfi­guración, a través de un cierto mesianismo, el eco de los acontecimientos revoluciona­rios.

Pero este eco no se alimenta de las nuevas doctrinas, sino de la vieja y eterna esperanza del campesino ruso, en la espera de un nuevo dios expresada de modo infan­til, en el marco rudimentario de los traba­jadores de la tierra: «Un nuevo visitante viene hacia nosotros. Una yegua corre por las nubes» y «arriba, en el bosque, la luna parirá un cachorro de oro». La revolución sólo significa, pues, para Esenin una especie de desquite del campo sobre la ciudad, un retorno a la existencia libre y campestre, a los goces idílicos. El poema Inonia (v.) marca una evolución. Esenin, sin renunciar a su arte de creador de imágenes, da seña­les de una nueva fiebre, de una voluntad de enfrentarse con el mundo entero, de revolucionar el universo; audacia — pronto degenerada en pura efervescencia verbal — que no acaba de esconder la turbación de su corazón.

Conflicto con su naturaleza re­ligiosa, desraizamiento, soledad difícilmente soportable que el poeta trata de olvidar entregándose en el poema a todas las fan­tasías, trastocando las leyes del mundo, de la lógica y de la sucesión de las imágenes: «Mi boca escupe el cuerpo de Cristo… Al­zaré mis manos hasta la luna y la cascaré como una nuez… Partiré en dos a nuestra madre la tierra como un panecillo de oro». Decepción de la revolución, impotencia para adaptarse a las grandes ciudades, desquite buscado a través de un puro juego de pala­bras. El malestar del poeta irá en aumento reflejándose en las obras del último período. Del campesino sólo queda la rebeldía, pero una rebeldía estéril. Esenin se transforma en el cantor de la bohemia literaria, sepa­rado, contra su voluntad, de la vieja Rusia tradicional, un poeta tabernario, dado a los siniestros sarcasmos: «No siento tal vez más piedad de mí mismo que de los perros vagabundos. Este camino me ha traído rec­tamente a la taberna…» «Apúnteme ese ejército de botellas/me hacen falta todos esos tapones para taponar bien mi alma…» En su colección Moscú tabernario (v.) ya se separa definitivamente de’ los poetas rurales.

Y no obstante, sigue siendo su anarquía naturista, su escarnecido sueño de la existencia sencilla y rústica, lo que nutre el furor desesperado del País de los cana­llas (v.), poema dramático escrito en 1922- 23 que no llegó a verse terminado y del que sólo se publicaron algunos fragmentos en vida del autor. Impresiona, sin duda, la impotente y feroz tristeza que rezuman sus últimas obras, pero hay que reconocer que los’ poemas de esta época carecen ya de la frescura de los primeros y que el oleaje de las bellas imágenes se nos ofrece aquí me­nos rico y continuo. La ciudad mató real­mente al poeta rural. Pese a su importancia, la obra de Esenin carece de sazón; en ella nos encontraremos con maravillosas prome­sas que las circunstancias políticas y una transformación del mundo a la que el poeta jamás pudo habituarse impidieron madurar. Esenin perdura y perdurará como gran crea­dor de imágenes. El éxito de que goza su obra todavía entre la juventud rusa de­muestra su admirable vitalidad.