Poesías, Clément Marot

Según la cronología establecida por los más acreditados estudio­sos de Clément Marot (1496-1544), poseemos tres ediciones de sus poesías hechas por el propio autor. La primera, publicada en 1529 con el título de Adolescence Clémentine, es una colección de piezas de la pri­mera juventud, «coups d’essai», como él modestamente las llama, y entre ellas se hallan algunas de sus mejores composi­ciones.

En 1538 publicó la primera edición completa de sus obras, dividida en dos partes, «Adolescence» y poesías posterio­res. La tercera colección es de 1544 y apareció pocos meses después de su muerte, dividida por su voluntad en tres partes: «Adolescence», «Suite al’Adolescence», «Re­cu eil»; esta clasificación se conserva en las ediciones sucesivas, hasta 1800, en que se comenzó a ordenarlas por géneros: epís­tolas, baladas, rondós, sermones, epigra­mas. La división deseada por el autor tiene el mérito de servir de comentario a su vida a través de su poesía.

Amores por grandes damas y por mujeres del pueblo, acusaciones, fugas, encarcelamientos, se reflejan en sus epístolas, entre las que son famosas la dirigida a León Jamet, en la que narra con gracia desenvuelta la fábula del león y del ratón, para solicitar ayuda con ocasión de su primer arresto bajo la acusación de impiedad; las epístolas a Fran­cisco I, del que fue más amigo que corte­sano: la de Ferrara para justificarse de las acusaciones hechas por sus enemigos, es­pecialmente por la «ignorante Sorbone», a cuyo portavoz Sagon dirige una hiriente epístola, atribuida, para mayor vergüenza de los «sorbonniqueurs», a su propio criado Fripelipes, en la que Huet y Sagon, que se alaban alternativamente, son comparados a «deux vieux asnes qui s’entregrattent». Notable por su gracia ligera es la epístola al rey «pour avoir esté dérObé».

En las baladas, en el rondó, en los epigramas, se suceden los cumplimientos, recuerdos ga­lantes, estocadas a los adversarios. Sus desenvolturas de lenguaje son ocurrencias divertidas, no groserías (véase la balada de los Frères Lubin, la «Contre celle que fut mon amie», los epigramas a Dolet). Su galantería está más hecha de ingenio que de sentimiento. Los sermones cierta­mente no tienen gran elevación moral, sino que expresan su honradez popular y su buen sentido. Pero si el sentimiento reli­gioso no alcanza tonos dramáticos, de­muestra sin embargo que la fe alentaba en el corazón de Marot. Está siempre pre­sente en él el concepto de la dignidad del poeta como artífice; Marot fustiga a los «rithmasseurs» y da sensatos consejos, en verso, a sus discípulos. Tuvo gran éxito en su tiempo y suscitó las iras de la Sor- bona su traducción poética de los Salmos de David, en la que extrañamos el énfasis, que a veces cae en lo grotesco, y la in­comprensión del valor bíblico, del mismo modo que quedan incomprensibles las alu­siones de circunstancia y los «Proverbes énigmatiques» y los frecuentes «coq-à- l’âne».

Marot señala el paso del Medioevo al Renacimiento; conserva de la poesía medieval alguna personificación simbólica («Bel accueil», «Fol Espoir», etc.), algún vir­tuosismo rítmico, ciertas inversiones alam­bicadas de frases, pero todo ello con una agilidad de espíritu que recuerda a los cuatrocentistas toscanos. Algo debe a su cultura latina, e imita y traduce a Ovidio, conoce a Petrarca, toma de los italianos el soneto; pero por temperamento continúa a Villon y a Rutebeuf, en tanto que algo suyo se encontrará más tarde en La Fon­taine y en todos los poetas agudos, ingenio­sos y discursivos de Francia. El siglo clá­sico, tan severo con el arte aristocrático de Ronsard, lo admiró por su elegante humo­rismo.

B. Través

Lo que les falta a Marot y a su escuela es la fuerza, el vigor, el color, la eleva­ción, la gran imaginación. (Sainte-Beuve)