Nacido en Barcelona, Eduardo Marquina (1879-1946) es un caso notable de poeta catalán que se adaptó a una lengua y a un espíritu que no eran los vernáculos. Su obra poética se produce en los años mozos: Jesús y el Diablo, poema.
Barcelona, 1899 (en colaboración con L. de Zulueta); Odas, 1900; Las vendimias, 1901; Églogas, Madrid, 1902; Elegías, 1905; Vendimión, 1909; Canciones del momento, 1910; Tierras de España, 1914; Juglarías, 1914. Marquina no deja de tener relación con el Modernismo (v.), pero presenta notas originales —- inspiración optimista, contención clásica, temas patrióticos y familiares — que le apartan de él. Marquina tenía una profunda y enraizada cultura grecolatina, que le sirvió de contención frente al Modernismo, al que no se cierra de modo total, pero lo filtra a su antojo. Sus primeros libros, sobre todo Églogas (1902), lo contienen casi íntegramente; pero en ellos encontramos también cierto sentido escenográfico que después desaparece. En Elegías es ya una realidad la plenitud de estilo de Marquina.
Su temática se adscribe a las cosas familiares y sencillas; a la vida del campo y a la evocación de las grandes gestas hispánicas, que han de ser tema predilecto de su teatro. Sus versos se distinguen por su corrección idiomática, su empaque, su retórica y su sentido de Castilla, de la que se convierte en uno de los más encendidos cantores. La visión de las cosas de Marquina es serena, íntima. Canta el amor y el dolor, el mar y la montaña, con una retórica noble y austera. Marquina tiene un sentido religioso muy arraigado que le lleva a un concepto panteísta de la naturaleza amoldado a una concepción burguesa y casera de las cosas. En este punto Marquina se aparta del Modernismo que según Juan Ramón Jiménez «era el encuentro de nuevo con la belleza, sepultada durante el siglo XIX por un tono general de poesía burguesa».
La lírica de Marquina es siempre digna, aunque a veces tienda al prosaísmo. Está impregnada, además, de optimismo mediterráneo. Para él la fuerza cósmica del mundo es el amor: «La tierra es toda vida/y el mar es todo amor./En el mar hay escondida/una fuerza más grande que la vida;/la tierra es criatura y el mar es ‘creador». Ante la mujer amada, espejo de virtudes cristianas, el poeta prorrumpe en un salmo de amor: «¡Dios te bendiga, amor, porque eres bella! / ¡ Dios te bendiga, amor, porque eres mía!/¡Dios te bendiga, amor, cuando te miro! / ¡ Dios te bendiga, amor, cuando me miras!». Más tarde, el teatro, principalmente en verso, le hizo olvidarse de su expresión lírica, cuya presencia, sin embargo, es evidente en su obra dramática.

