Poesías de Marcabrú

De este trovador gascón, cuya actividad parece haberse des­arrollado entre 1130 y 1148, los cancioneros nos han conservado cuarenta y tres poe­sías, de las cuales algunas son verdadera­mente notables por su frescura y sinceridad. Muy graciosas algunas «pastorelas».

Sin embargo no es éste el género donde más se ejercita el poeta, cuyo verdadero dominio es el de la sátira y la invectiva. «Extraño profesor de moral» fue definido Marcabrú, cuya indignación y disgusto por el vicio y la corrupción se expresan con extraordinaria violencia y en términos siem­pre rudos y a menudo groseros, y a veces hasta cínicos. Marcabrú se distingue neta­mente de los poetas corteses; mejor dicho, se opone a ellos de un modo decidido y consciente. La concepción cortés del amor, como la expresaran sus predecesores — Ebles II de Ventadorn, Guillermo IX — y era materia de la poesía de su contempo­ráneo Jaufré Rudel, es objeto de su implacable condena (v. Poesías de Guilhem de Péitieu).

El amor por las damas gentiles, que los trovadores definen como «fina amors», como «amor veraia», y representan con los colores más seductores, como sen­timiento escogido, noble y ennoblecedor, lo considera Marcabrú como un sentimiento sustancialmente inmoral, como es efectiva­mente si miramos la cruda realidad despo­jada de sus velos poéticos: como adulterio o como algo que, por lo menos, inevitable­mente conduce al adulterio y a sus nece­sarias consecuencias, el bastardeamiento de las sangres más nobles y la disolución de la sociedad: «Hoy día cada marido hace el galán y todo hombre hace el amor a la mujer del vecino, que le devuelve la aten­ción con la misma moneda. Abandonadas, las mujeres se consuelan; traicionadas, se vengan. En vano las encerráis y las man­dáis vigilar. Tendríais que vigilar a los mismos guardianes; ya que, más bien que dejar de engañaros, vuestras mujeres os engañarán con aquéllos.

Así, el mundo está lleno de bastardos, y mientras creéis que estáis abrazando a vuestro hijo, abrazáis seguramente al hijo de un rufián». Mar­cabrú emite su juicio sobre la sociedad aris­tocrática, denunciando la profunda inmoralidad de la nueva moda del amor cortés que lleva inevitablemente a la corrupción de las costumbres. Por otro lado Marcabrú es profundamente misógino y siente una pro­funda aversión hacia el amor. «Carestías, epidemias y guerras — proclama — no hacen en este mundo el daño que hace el amor… Amor, cuando no muerde, lame más áspe­ramente que un gato… Quien negocia con amor se junta al diablo; no necesita de otro palo para que le peguen… Amor se parece al rescoldo que se mantiene bajo las ceni­zas y acaba por incendiar las vigas y el techo; y quien es acosado por el fuego no sabe adónde escapar…» No hay que asom­brarse por tanto al oírle decir: «Yo soy Mar­cabrú, que nunca amó a ninguna mujer y que nunca fue amado por ninguna».

La poe­sía de Marcabrú es extremadamente oscura y difícil, en lo relativo a la forma: pode­mos decir que nuestro trovador fue el crea­dor de lo que se llamó el «trobar clus», la poesía que es sistemática y delibe­radamente difícil, hermética. Este «trobar clus» nace de la aplicación, también en la poesía vulgar, de la técnica retórica del «estilo trágico» para definirla con un tér­mino dantesco, es decir, del estilo sublime, del grande «genus dicendi», y se realiza tanto mediante el empleo de palabras raras y escogidas, como por medio del uso de una construcción elaborada y complicada del discurso poético. El mismo Marcabrú reco­noce que muy sabio ha de ser el que con­siga comprender sus palabras, una tras otra, ya que él mismo se encontraría bas­tante cohibido si le pidiera alguien que aclarase .su oscuro significado.

Y Diez con­fesaba que de las poesías de Marcabrú no lograba comprender más que una cuarta parte. Nuestro trovador, de todos modos, fue muy hábil en el empleo de su técnica hermética: espíritu fantástico y de pode­rosa imaginación, rudo forjador de voca­blos, de expresiones vigorosas y de extra­ñas imágenes, logra de un modo admirable representar lo pintoresco y lo cómico: sin embargo, en ocasiones también sabe encon­trar acentos en . que vibran tonos grandio­sos o solemnes.

A. Viscardi