Poesías, Antonio Machado

La obra poética del autor español Antonio Machado y Ruiz (1875-1939) fue apareciendo bajo los siguientes títulos: Soledades (1903), Sole­dades, Galerías y otros poemas (1907), Cam­pos de Castilla (1912), Páginas escogidas (1917), Poesías completas (1917) y Nuevas canciones (1925).

Después de la publicación de Nuevas canciones aparecieron, aún en vida del poeta, tres ediciones de Poesías completas, en Madrid, en 1928, 1933 y 1936 respectivamente. La edición de las Obras completas en prosa y verso (México, 1940) reproduce la de Madrid de 1936 con sólo la añadidura de las composiciones referentes a la guerra civil española. A pesar de que estas ediciones circulen y vayan imprimién­dose con el título de Poesías completas, la verdadera edición completa de la poesía de Antonio Machado no se ha hecho todavía. Diversos críticos han publicado estos últi­mos años, en libros y revistas, composicio­nes del poeta que habían permanecido iné­ditas o que habían sido suprimidas por el autor en ediciones posteriores de sus obras. Antonio Machado es objeto, en este mo­mento, de un interés general, en el que no sólo participan los simples lectores de poe­sía, sino también los investigadores y eru­ditos. Perteneciente a la llamada Genera­ción del 98 (v.), su obra es la versión poética de los temas, de la actitud espiritual y de la conciencia de los hombres que la integraron.

Comparada con la de los dos grandes poetas de su tiempo, Miguel de Unamuno y Juan Ramón Jiménez, la obra de Machado es quizá la única que se nos presenta con un carácter unitario y como poseedora de un sentido también único y esencial. La influencia del Modernismo (v.) literario, que tanto había de pesar en los primeros tiempos de Juan Ramón Jiménez (v. Poesías), y del Simbolismo (v.) habían de concretarse en Machado sólo en alguna forma de expresión y en algunas metáforas aisladas. Las primeras poesías de Machado aparecieron en las revistas «Electra», «He­lios», «Alma Española», etc. En las compo­siciones del primer período del poeta (que había de recoger en Soledades y en Soleda­des, Galerías y otros poemas) se advierte una clara influencia de Bécquer. El mismo Machado, en una ocasión, llama «rimas escritas» a sus poesías. Esta influencia ini­cial de Bécquer ha permitido a los críticos precisar con toda claridad la raíz román­tica de la obra de Antonio Machado.

El poeta mismo afirma preferir a Bécquer por­que la poesía de este autor carece en abso­luto de retórica. Esta actitud antirretórica es mantenida por el propio Machado no sólo en su poesía, sino también en sus tra­bajos de crítica literaria (cfr. Juan de Mairena (v.), Reflexiones sobre la lírica. El libro «Colección» del poeta andaluz José Moreno Villa (1924)—en «Revista de Oc­cidente», n.° XXIV (1925)—y Notas sobre la poesía — publicadas en 1951 en el nú­mero 19 de «Cuadernos Hispanoamerica­nos»—). Ahora bien, de las coincidencias entre los dos poetas sevillanos convendría distinguir (como ha intentado ya algún crí­tico) lo que pudiera constituir una influen­cia concreta de Bécquer sobre el poeta del 98 (se ha señalado el origen becqueriano de la preferencia en Machado por la palabra «sombra» y por el adjetivo «polvoriento», y la sugestión que sobre él ejerció la leyenda de Bécquer «La corza blanca», v. Leyendas), de lo que en realidad pudiera ser simple coincidencia en una actitud romántica y en la utilización de tópicos propios del Roman­ticismo (así el gusto por la vaguedad y la evocación, la exaltación del misterio y del ensueño, la quimera, etc.).

Machado, pues, no siguió por las sendas del Modernismo ni del Simbolismo (movimiento éste que in­fluyó decisivamente en su hermano Manuel, v. Poesías), y se mantuvo constantemente alejado de escuelas y confesionalismos lite­rarios. Machado se vincula a la tradición poética que él cree eterna. Así lo expresa en un verso del poema «Retrato», con que se inician los Campos de Castilla: «Corté las viejas rosas del huerto de Ronsard». Y a continuación se interroga a sí mismo sobre su actitud literaria: «¿Soy clásico o román­tico?» La solución a esta pregunta debía proporcionarla el propio Machado por boca de Juan de Mairena al afirmar que prefería la «manera clásica de ser romántico». La posición antirretórica del poeta aparece formulada en este mismo «Retrato» cuando compara el «verso» a la «espada», y afirma que ésta es «famosa por la mano viril que la blandiera,/no por el docto oficio del for­jador preciada».

Debido a esto, Machado no comulgó con los poetas posteriores a su generación, con los poetas de la «poesía pura», y él mismo confirmó su actitud en las palabras de introducción a sus poemas en la famosa antología de Gerardo Diego. Por su parte, los poetas de la generación de la «poesía pura» tampoco vieron en Ma­chado al maestro, como lo vieron en Juan Ramón Jiménez. La nueva retórica de estos poetas — la retórica de la «poesía pura», la retórica del surrealismo y la retórica de influencia gongorina — tenía que repugnar a Machado tanto como cualquier otra retó­rica vieja. No obstante, el poeta de Nuevas canciones estaba muy cerca de la actitud folklórica de García Lorca (v. Canciones, Poema del cante jondo y Romancero gitano) y de Rafael Alberti (v. Poesías), de los romances de Gerardo Diego (v. Poesías), etc. Para Machado el complejo poético es sim­plemente «una honda palpitación del espíritu».

Para el poeta existe una diferencia radical entre poesía cerebral y poesía intui­tiva (y llega incluso a teorizar sobre la técnica de creación, sobre las imágenes que él llama «intelectuales» y las «intuitivas»), y según él sólo ésta, la intuitiva, es autén­tica poesía: «El intelecto no ha cantado ja­más, no es su misión. Sirve, no obstante, a la poesía, señalándole el imperativo de su esencialidad». Todo esto han de sintetizarlo Abel Martín y Juan de Mairena, mezcla de retóricos, filósofos y poetas, en cuya actitud cifra Machado el ideal de vida y de poesía. Y es que en el poeta las cosas, para ser cantadas, han tenido, necesariamente, que ser vividas antes. Machado nos da siempre el escenario de la emoción, es decir, la cir­cunstancia vital en el espacio y en el tiem­po. De ahí su «temporalización de la lírica» —en la que tanto han insistido los críticos— y su afirmación de que poesía es «diálogo del hombre con el tiempo».

La expresión, al llevar inherente las circunstancias, el color del ambiente y del momento que determi­naron la emoción o la acompañaron, con­sigue plasmarlas de una manera más di­recta, más real y más auténtica. Todo esto explica el fervor de Antonio Machado por Jorge Manrique, el poeta más «témpora- lista» de la Edad Media española. Algunos estudiosos de la obra de Antonio Machado han señalado tres períodos en su poesía: 1) la conquista de la simplicidad; 2) la etapa soriana, momento en que el poeta encuentra su patria espiritual; 3) el período de su vida en Andalucía, durante el cual el poeta vive aún espiritualmente en Soria («extranjero en los campos de mi tierra/ —yo tuve patria donde corre el Duero…—»). Ahora bien, estos tres períodos, en la obra de Antonio Machado, no sólo pueden dis­tinguirse desde un punto de vista crono­lógico, sino que corresponden a tres dife­rentes interpretaciones de los temas.

Quizá ninguna otra poesía está construida con menor número de temas y motivos que la poesía de Antonio Machado. A la vez estos temas tienen en su obra una gran persis­tencia, alterada sólo por el tiempo, por la visión del poeta a través de los años. El principio romántico de su poesía nos intro­duce en una de las constantes de la poesía machadiana: el sueño, típico del Romanti­cismo (especialmente del alemán y del francés). Para el poeta vivir es «soñar nuestro sueño», y en esto coincide con Unamuno, si bien en el autor vasco este tema adquiere dimensiones de carácter metafísico. Este sueño nace de la soledad romántica («converso con el hombre que siempre va conmigo»). El sueño de Antonio Machado llega incluso a personificarse, alguna vez, en su demonio, y de ahí el origen de sus sueños buenos y malos; y llega también a crear un pasado, el «pasa­do apócrifo» — como lo llama el mismo poeta—.

Desde sus primeros poemas («El pífano de Abril lento decía :/Tu corazón verdece,/tu sueño está ya en flor, y el son plañía/de la campana: Hoy a la som­bra crece/de tu sueño también, la flor sombría», dice en «Preludio» del libro Sole­dades) hasta los últimos («un túmulo de piedra y sueño», pide para García Lorca) vemos la constancia del tema y cómo la vida toda se convierte en sueño: las aves, el agua, los árboles, las rocas, sueñan tam­bién, («Campos de Soria/donde parece que las rocas sueñan», «Alamedas del río, verde sueño/del suelo gris y de la parda tierra»). Todo en él es soñado, el pasado, la vida, la tierra, el amor, el río, la luna, el mar, etcétera. Y para Machado sueña también España, simbolizada en la «Castilla mise­rable» («Castilla visionaria y soñolienta», «¿Espera, duerme o sueña?»).

De ahí po­demos partir hacia la consideración de otro de los temas del poeta: el paisaje. A ello quizá también sea posible hallarle una raíz romántica. Por lo menos, sus pro­pias palabras así lo parecen confirmar: un «simple amo** a la naturaleza que en mí supera infinitamente al del arte». Pero de lo que podría parecer una simple concep­ción romántica del paisaje (el «paisaje como estado del alma»), característica de sus pri­meros libros, pronto habrá de elevarse el poeta a una visión histórica de la tierra castellana, visión ésta que identifica total­mente a Machado con sus compañeros de generación. El descubrimiento del paisaje castellano (el más esencial de España, «las llanuras bélicas y páramos de asceta») constituye uno de los mayores méritos de la generación del 98. Entre la muda topo­grafía y la pupila de estos autores se inter­pone el ensueño y la historia.

Ante la tie­rra meditan ellos su pasado, su presente y su futuro. Y cada uno de ellos lo hará de diferente manera: Machado lo sueña, Unamuno lo interpreta en función de la historia y de la psicología, Azorín lo actua­liza, etc. Sobre este paisaje pesa el recuerdo del Cid, de Santa Teresa, de San Juan, de Don Quijote…, es decir, todo lo que cons­tituye su historia, y debido a ella esta tierra se ha convertido en paisaje, posee ya un sentido. Ahora bien, esta historia es en la actualidad sólo un fantasma, es la muerte, y de ahí deriva el tragicismo de estos auto­res, su visión de España. Por esto Machado puede exclamar: «Tierra inmortal, Castilla de la muerte». Sobre la tierra, sólo Dios y la presencia del hombre, del hombre arcaico, o «intrahistórico», como lo llama Unamuno en Paz en la guerra (v.).

Por esto el paisaje machadiano es a menudo un paisaje teológico y el hombre que lo habita no tiene otro límite que Dios y la tierra («¡Las figuras del campo sobre el cielo!»). Pero esta tierra tiene también una vida («¡tierras pobres, tierras tristes,/ tan tristes que tienen alma!»), de la misma manera que sus hombres viven una trage­dia. La vida de la tierra y la tragedia de sus hombres nos las ha retratado el poeta en La tierra de Alvargonzález. Dentro del tema del paisaje y de la visión de Castilla por Machado hay que colocar los poemas que se refieren a Soria, donde la expresión del poeta cobra mayor intensidad lírica. La tierra de Soria (los «Campos de Soria») es, para el poeta, la potenciación de Es­paña, y así lo manifiesta claramente: «Cin­co años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada… orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano…»

Machado subió a Soria a soñar su sueño de España, de la misma manera que antes también había subido Bécquer y, años después, su­birá Gerardo Diego. En esta ciudad ha hallado el poeta su patria espiritual, y aun cuando la abandone tendrá siempre el corazón en ella. La Castilla real de ahora será después reconstruida imaginativamente en su lírica. En la. poesía de Antonio Ma­chado hallamos otros temas no menos cons­tantes que los expuestos hasta ahora. Así el tema de la fuente, que llega a ser el sím­bolo de su vida y de su dolor: «Hay amores extraños en la historia,/de mi largo camino sin amores,/y el mayor es la fuente,/cuyo dolor anubla mis dolores», «Me dijo el agua clara que- reía,/bajo el sol, sobre el mármol de la fuente :/si te inquieta el enigma del presente/aprende el son de la salmodia mía/ …Tu destino/será siempre vagar, ¡oh pere­grino/del laberinto que tu sueño encierra!/ Mi destino es reír: sobre la tierra,/yo soy la eterna risa del camino».

El agua es unas veces símbolo del dolor y otras lo es de alegría, pero es siempre símbolo de algo eterno. Junto al tema de la fuente y del agua hay los temas de paisaje, el tema de la tarde y del crepúsculo: «Era una tarde de un jardín umbrío/…Las fuentes melan­cólicas cantaban», «Noble jardín, pensé, verde salterio/que eternizas el alma de la tarde», «…espera/la clara tarde bajo el cielo puro», «Las ascuas de un crepúsculo morado», etc. No menos importante es el tema de la soledad, de manifiesto origen romántico: «La soledad, la musa que el misterio/revela al alma en sílabas preci­sas», «Converso con el hombre que siem­pre va conmigo», etc. La soledad del alma del poeta llega a simbolizarse en forma de paisaje: «Yo he visto mi alma en sueños…/ Era un desierto llano/y un árbol seco y roto/hacia el camino blanco». También el recuerdo ,es una de las constantes en nues­tro autor.

En el fondo de su poesía hay siempre su infancia: «Mi infancia son re­cuerdos de un patio de Sevilla/y un huerto claro, donde madura el limonero». Dentro del simbolismo machadiano — como ha ad­vertido Dámaso Alonso — este limonero será el símbolo constante de la infancia. Pero no es sólo la infancia de Machado el único período de su vida que se convierte en recuerdo. También Soria y el amor que vivió en aquella ciudad han de convertirse, tras la muerte de Leonor, en/recuerdo y, por lo tanto, en poesía. He aquí cómo en 1932 evoca el poeta su primer encuentro con Leonor: «Con su plena luna amoratada sobre la plomiza sierra de Santana, en una tarde de septiembre de 1907, se alza en mi recuerdo la pequeña y alta Soria». Y aña­de: «Soria pura, dice su blasón. Y ¡qué bien le va este adjetivo!… Soria… Sobre un paisaje mineral, planetario, telúrico, Soria, la del viento «redondo» con nieve menuda, que siempre nos da en la cara, junto al Duero adolescente, casi niño, es pura y nada más».

Antes a Soria la había llamado el poeta «mística y guerrera», pero ahora es «alta y pequeña» y sobre todo es «pura», puesto que la visión heroica ha dado lugar al recuerdo amoroso. Los ele­mentos del antiguo paisaje están ahora en­tendidos en función de la nueva situación lírica del poeta («No todas vais al mar, aguas del Duero»), y el corazón del poeta está allí, en la «alta», «pequeña» y «pura» Soria («Mi corazón está donde ha nacido,/ no a la vida, al amor, cerca del Duero»), y junto al mar de Andalucía hay sólo el mar y la gran soledad del corazón del poeta: «Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar». Conviene advertir que en Ma­chado el tema del amor está siempre tra­tado de paso, pero ello es ya suficiente para que impregne totalmente su poesía. En otros momentos de su obra (especial­mente en Abel Martín) este tema aparece bajo la forma de la ausencia.

Numerosos son los críticos e investigadores que en estos últimos años se han dedicado al estu­dio de la poesía de Antonio Machado, y entre ellos podemos consignar a Dámaso Alonso, Carlos Clavería, Pedro Laín Entralgo, Guillermo de Torre, Ramón de Zubiría, Fernando Lázaro, José Luis L. Aranguren, Julián Marías, Carlos Bousoño, José Luis Cano, José M.ª Valverde, etc., lo que constituye una prueba evidente del valor de la poesía machadiana y del interés que actualmente siente el público de habla es­pañola por este poeta, uno de los más pu­ros de toda su historia literaria.

A. Comas